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De Huancayo a la sierra de La Libertad: la historia de Hoover, el Lobo, un niño que trabajó en una mina informal

“En mina cada día mueres un poco”, dice el protagonista de esta historia, la cual muestra la oscuridad del trabajo infantil en el Perú.

Una cena que consistía en un puñado de canchita tostada, un vaso de agüita de hierba, y la necesidad de irse a la cama temprano para no sentir hambre.

Una madre que dormía casi a medianoche y se despertaba a las tres de la mañana con el fin de salir a vender desayunos en los mercados de Huancayo, acompañada de sus hijos, quienes le ayudaban a cargar las ollas llenas de caldo de gallina, chicharrón colorado y mondongo.

Su sazón era muy reconocida.

Un padre que trabajaba en el sur del país, al cual veían tan solo 30 días al año, ya que no gozaba de los derechos laborales, que en el Perú, son un privilegio de pocos.

Una familia que se quedó sin nada a causa de la inflación durante el gobierno del presidente Alan García, y  que sufrió con severidad los años del terrorismo.

Una madre que dormía casi a medianoche y se despertaba a las tres de la mañana con el fin de salir a vender desayunos en los mercados de Huancayo, acompañada de sus hijos

Y, a pesar de todo, las ganas inquebrantables de salir adelante ardían como candela.

Esa era la historia y el hogar de Hoover o, como lo llamaban sus amigos y familia, el Lobo.

Una fiera

Hoover no aparentaba su edad real. A sus 13 años, media casi 1.70 metros, presumía una barba frondosa y era fornido, a pesar de su mala de alimentación.

Junto a sus hermanos mayores, siempre tomaban las oportunidades que se les presentaba para salir adelante y llevar un pan a casa. Una de esas propuestas fue ir a trabajar al norte del país.

En 1993, cuando al Perú lo gobernaba Alberto Fujimori y en las radios El meneíto de Natusha no dejaba a nadie quieto, Hoover Vargas Sayas, al lado de sus 2 hermanos mayores, empezó a trabajar en una mina informal que colindaba con los pueblos de Buldibuyo y Llacuabamba, a 3 horas de Tayabamba, en la sierra de La Libertad.

Lobo ingresó a pesar de su corta edad. Los únicos requisitos que le exigieron fue que consiga, por su cuenta, sus implementos.

“Quieres trabajar, consíguete implementos y entras”, recuerda que le propusieron. Aceptó.

El equipo que necesitaba consistía en un casco de seguridad, botas, respirador, entre otros; que rara vez podía conseguir.

“Muchas veces no tenías tus implementos y entrabas a la mina con gorra de lana, zapatillas y sin respirador. Nos poníamos un trapo húmedo en la nariz y entrábamos con una lámpara de carburo, que es como un mechero”, detalla.

La ventilación, el polvo, el gas que producen los explosivos y el monóxido de los equipos se licuan para crear un cóctel letal. El peligro era evidente y acechaba a los trabajadores y mucho más a un adolescente, cuya necesidad de proteger a su familia, le había arrebatado su infancia.

“Quieres trabajar, consíguete implementos y entras”, recuerda que le propusieron. Aceptó. El equipo que necesitaba consistía en un casco de seguridad, botas, respirador, entre otros; que rara vez podían conseguir.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), más de un 1 millón de niños trabajan en la minería en el planeta.

Riesgo laboral

Bajo tierra, el calor y el frío se alternan en un infierno de polvo y explosiones. Los niños trabajadores de las minas arriesgan su vida y su salud cada día porque manipulan sustancias químicas que pueden estallar en cualquier momento, cargan pesos que agotan sus fuerzas, y usan maquinaria y herramientas que pueden causarles graves heridas.

El trabajo en las minas es un riesgo físico y psicológico, que no tiene recompensa ni reconocimiento.

La OIT advierte que la falta de leyes, escuelas y asistencia social en las zonas donde se ubican las minas y canteras agrava la situación para los niños, quienes no tienen oportunidades ni esperanza. El ambiente de violencia y desesperación los empuja al abuso del alcohol, las drogas y la prostitución, que deterioran su salud mental y emocional.

La seguridad y bienestar en el trabajo está ligado al campo social. En sectores como la minería estas obligaciones se agigantan porque es una actividad de alto riesgo.

Es un acto criminal que un trabajador ingrese a un túnel sin sus equipos de protección personal (EPP) y, que, además, manipule explosivos, muchos de los cuales son conseguidos en el mercado negro.

Todo ello, sumado a que, por lo general, este personal no está registrado en planilla de una empresa.  

El temor en la mina

El olor a carbón y explosivos, el frío abrasador y la preocupación por sacar adelante a su familia mantenían despierto a Hoover, quien siendo aún un niño le temía a ese oscuro socavón al que era obligado a entrar todas las noches, junto a sus hermanos William, de 17, y John de 22 años.

Al ser el único de edad escolar, regresaba a Huancayo en época de colegio para terminar sus estudios. Con el poco sueldo que recibía, compraba los útiles escolares que necesitaba.

Culminó la escuela y regresó al oscuro y peligroso socavón.

Demonio

“El trabajo infantil perpetúa la pobreza, la ignorancia y la violencia”, escribió Gabriel García Márquez. Sin embargo, es un camino para las familias en situación de vulnerabilidad; pero esa vía obstaculiza la educación y con ello la movilidad social, lo que contribuye a reproducir el círculo vicioso de la pobreza.

“Los niños tienen derecho a jugar, a estudiar, a soñar, a ser felices. No al trabajo forzado, a la violencia, al abuso, al abandono”, exigió Rigoberta Menchú, líder indígena guatemalteca y premio Nobel de la paz.

El Banco Mundial (BM) aseguró que 65 000 niños trabajan en las mineras informales en Ecuador, Perú y Bolivia, a pesar de ser una labor prohibida.

Lobo vivía en Huancayo y para llegar a su centro laboral viajaba casi 4 días. Desde Huancayo hacia Lima. Luego a Trujillo, de allí a Tayabamba. Para finalizar, se subía a un camión o cisterna o volquete que se dirija a la mina.

Si el viaje es el camino, es evidente que el Lobo estaba expuesto al peligro, incluso, lejos de los socavones.

La superación

Hoover, al terminar la secundaria, se dedicó a trabajar a tiempo completo. Para ese entonces ya se había hecho de muchos conocidos, y tanto él, como sus hermanos, se ganaron un nombre en el mundo de la minería en la sierra de La Libertad.  

El Banco Mundial (BM) aseguró que 65 000 niños trabajan en las mineras informales en Ecuador, Perú y Bolivia, a pesar de ser una labor prohibida.

Se esforzó con tesón para lograr estudiar una carrera técnica en el Centro Tecnológico Minero (Cetemin), gracias a la sugerencia de uno de los ingenieros que le ofreció un puesto como supervisor.

Esta labor sería formal y le brindaría todos los beneficios laborales. Para ello, necesitaba el grado de estudio superior.

Los amigos que perdí

En los campamentos, Hoover compartía habitación con otros 5 compañeros, mientras ahorraba para permitirse estudiar.

El primero de los eventos más importantes en la formación de Lobo fue el accidente, en el que fallecieron dos de sus compañeros. No quiere mencionar sus nombres por respeto.

La empresa, al ser informal, ahorraba la mayor cantidad de dinero en lo que es el ámbito más relevante en el mundo de la minería: la seguridad.

 “Se derrumbó el área donde estábamos trabajando y los dos compañeros murieron aplastados”, recuerda y suspira. Tenía 18 años.

Hoover Vargas, al centro, junto a compañeros de trabajo en una mina de Quiruvilca, La Libertad. (Foto: archivo familiar).
Hoover Vargas, al centro, junto a compañeros de trabajo en una mina de Quiruvilca, La Libertad. (Foto: archivo familiar).

Esta escena fue muy difícil para él y más porque eran sus socios de habitación y de guardia, con quienes compartió largas conversaciones sobre sus sueños, esperanzas y, más que nada, miedos.

“Es muy difícil, es muy difícil ver morir a tus amigos”, añadió. ¨Este fue uno de los momentos más impactantes de mi vida, porque yo no había visto morir a nadie nunca”, comparte.

En los últimos diez años —2012-2022— han muerto 405 trabajadores en el sector minero. La extracción de recursos naturales es el campo laboral más peligros en el Perú, le sigue la industria manufacturera con 290 y construcción con 268.

La muerte como impulso

Después de esa fatalidad, Hoover tenía miedo de que algo de esa magnitud pudiera pasarle a él o a sus hermanos. Un socavón se podía derrumbar en cualquier momento. 

El desorden económico de la minería informal se produce ya sea en extracción y beneficio, al utilizar métodos no convencionales que afectan directamente la seguridad y la salud de los operarios.

Este suceso lo lleva a trabajar con ahínco para lograr estudiar la carrera técnica.  Así fue, después de casi 3 años de ahorrar, se matriculó. Gracias a sus conocimientos del oficio, terminó su formación de manera exitosa.

El hermano: otro dolor

El segundo evento que marcó su vida fue el fallecimiento de su hermano mayor, John.

El mayor de los Vargas sufría de policitemia, una enfermedad que causa infartos o embolias pulmonares. Las ciudades de altura son un factor de riesgo para estos pacientes.

John sufrió una crisis, mientras trabajaba. En ese entonces, cargaba sobre sus hombros todas las operaciones del socavón. Si a ello se suma el poco descanso laboral, la lejanía de centros médicos y la ignorancia de sus hermanos, quienes no sabían lo que implicaba esta enfermedad, se creó el contexto adecuado para una tragedia

Hoover la llama su mayor pérdida.

John dejó dos hijos, quienes pasaron al cuidado del resto de la familia Vargas.

El enemigo es un virus

El tercer y último suceso trágico ocurrió en el 2020, durante la emergencia sanitaria desatada por la covid-19.

Hoover, al trabajar desde tan joven en minería ilegal, y ahora con 42 años había estado expuesto a todo. “Con esa precariedad de no usar implementos, existe una enfermedad profesional, la enfermedad del minero”, menciona.

La neumoconiosis de los mineros de carbón (NMC) es una enfermedad pulmonar causada por la inhalación prolongada de polvo mineral. Neumoconiosis significa pulmón polvoroso.

El mayor de los Vargas sufría de policitemia, una enfermedad que causa infartos o embolias pulmonares. Las ciudades de altura son un factor de riesgo para estos pacientes.

Los mineros están en riesgo de desarrollar este mal debido a la explosión continua del carbón, el silse, asbesto u otros minerales presentes en los yacimientos.  

La inhalación repetida de estos polvos causó en Hoover daño pulmonar progresivo. Al contagiarse de covid-19, sus pulmones funcionaron tan solo al 45 %.

“En mina todos los días mueres un poco”, martilla el Lobo, al recordar el miedo que sentía al enterarse que había salido positivo en covid-19, esa enfermedad que paralizó al mundo.

Un virus, todos los miedos

“No podía respirar, yo sentía que me moría”, recuerda, mientras sus hijos lo veían postrado en la clínica que les quitaba sus ahorros.

No percibía ningún olor ni sabor y ya se había resignado a no volver a sentir esa sensación de la comida recién preparada o el perfume de sus hijos, y no poder disfrutar del sabor de los platos de su madre que tanto le gusta.

Hoover Vargas, el Lobo, está de pie en la boca de un socavón de una mina en Perú. (Foto: archivo familiar).
Hoover Vargas, el Lobo, es una historia viviente del trabajo esforzado en las minas del Perú. (Foto: archivo familiar).

Ese miedo lo llevó a cuestionar todo el daño que le había infringido la minería; pero ahora sabe que ese sacrificio valió la pena.

Logró sacar adelante a su familia. Sus hermanos menores ni siquiera recuerdan qué es el hambre. Y pudo darles a sus hijos una buena calidad de vida.

Los Vargas aún trabajan en minería, esta vez con todas las de la ley. Sus años en la informalidad, los hizo conocer el peligro que corrían, tanto ellos como el resto de su familia.

Hoover logró, junto a su hermano William, darles la oportunidad de estudiar carreras profesionales a sus 3 hermanos menores y forjar un futuro para todos sus hijos. La minería les había quitado mucho, pero también les brindó una oportunidad de salir adelante.

Escribe Zisary Ramos Terry*


*Esta texto fue elaborado en el curso de Introducción al Periodismo del programa de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Privada Antenor Orrego.

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