El mundial tiene buena pepa
El mundial de fútbol tiene buena pepa porque habrá menos robos. En los países clasificados, los índices de criminalidad callejera suelen desplomarse —al menos, el tiempo que tarda un partido—, porque pillos y policías estarán pendientes del resultado, antes que de mancillar al prójimo. Daniel Montolio y Simón Planells-Struse fueron quienes documentaron cómo el fútbol puede alterar momentáneamente el comportamiento delictivo.
Y no solo favorece la tranquilidad ciudadana, sino que diversas investigaciones, como la de Dirk Bethmann, demuestran que, después de que una selección avanza sorpresivamente de ronda, el país experimenta su vitalidad. Un repunte en la tasa de natalidad besa las redes, tal como Corea del Sur luego del mundial donde fue sede.
Además, pocas manifestaciones generan debates tan intensos como el fútbol. Para algunos, como Albert Camus, este deporte es una escuela capaz de enseñar valores y responsabilidades, y que no hay lugar en el mundo donde el hombre sea más feliz que en un estadio de fútbol. Y aunque Jorge Luis Borges vociferaba que el fútbol es popular porque la estupidez es popular, Mario Vargas Llosa lo consideraba una religión laica de nuestro tiempo, capaz de congregar a millones de personas en torno a sentimientos e identidades compartidas. «El fútbol es una religión en busca de dios», complementa el español Manuel Vázquez Montalbán.
El mundial de fútbol tiene buena pepa porque, a pesar del dinero a su alrededor, es, como escribió el argentino Jorge Barraza, «demasiado deporte para ser solo negocio”.
El mundial de fútbol tiene buena pepa porque es la evidencia del entendimiento humano y el valor de las instituciones. La FIFA, esa empresa multinacional, tiene más países socios que la ONU y, lo mejor de todo, la obedecen. No es limpia ni impoluta de corrupción, pero su objeto social funciona, porque todos quienes quieren ser parte de esta fiesta se someten a sus órdenes, designios y caprichos, como la pobre Haiti que no podrá usar su camiseta oficial.
Sin embargo, el mundial de fútbol tiene buena pepa porque, a pesar del dinero a su alrededor, es, como escribió el argentino Jorge Barraza, «demasiado deporte para ser solo negocio”.
En esa misma línea, Marcelo Bielsa menciona que el dinero nunca fue lo que lo vinculó al fútbol, sino las emociones intensas y la sensación irrepetible de competir, ganar e, incluso, soñar que obtiene del balompié. Asimismo, advirtió que si el negocio se vuelve más importante que el juego, el fútbol pierde su esencia, porque los aficionados no son consumidores inertes, sino que sienten, sufren y celebran.
Este mundial tiene buena pepa porque se juega en América y en tres países. Siento que es más democrático, más incluyente y abre una puerta para que, quién sabe en un futuro cercano, Perú se junte con sus vecinos y… vale la pena soñar.
También es buena pepa porque es un espectáculo para todos los sentidos. Cada cuatro años vemos a genios que representan a sus países, que con sus gambetas, skills y regates deslumbran, y hacen que nuestra pupila se expanda, cual flor en primavera. Un deleite que alcanza su clímax cuando, de vez en cuando, aparece ese atrevido que rompe los esquemas y se lanza a la cancha por el puro goce de la libertad.

Este goce visual será aderezado con la despedida de leyendas como Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Neymar Jr y Luka Modrić. Será un último acto para que otros tomen la batuta. Ver esta transición deja un hermoso mensaje: el talento, el esfuerzo y la creatividad siempre se renovarán. Nada desaparece, todo se transforma.
Asimismo, es buena pepa porque a la selección se integra al jugador número doce, el que sopla los vientos para fortalecer a su equipo, el que rezaría por un milagro en el minuto de descuento, el que abrazaría a Roberto Baggio luego de aquella final, porque rara vez el hincha dice que hoy juega su equipo, más bien dice: “Hoy jugamos”. Eduardo Galeano lo expresa con fervor en El fútbol a sol y sombra.
Esta conexión quedó en evidencia durante los días de pandemia del 2020, pues la ausencia de este jugador impactó en la sicología y el físico de los futbolistas. Sin el apoyo de los espectadores, su rendimiento empeoró, según investigaciones. Los niveles de euforia que empujan a los jugadores a los picos de adrenalina y dopamina disminuyen por esta carencia; por eso, la afición, también, juega su partido.
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El mundial tiene buena pepa porque siempre se elevará una figura rutilante —¿será, otra vez, Messi?—; siempre lacerará una decepción —¿Argentina? con la maldición del campeón—; una sorpresa —¿un africano o asiático? ¿Y si es Ecuador?—; un goleador; un VIP; una revelación; un duelo que marque una época —¿será una final infartante?—; una atajada imposible —¿el nuevo milagro del torneo?—; o un error arbitral que incendie el debate en las redes.
El mundial es buena pepa porque la euforia de un gol no solo sacude los corazones de los aficionados, sino a la misma Tierra. «Lo sublime dinámico», lo llamó Kant. Se ha demostrado que una anotación crucial, para clasificar a una siguiente fase, puede activar los detectores sísmicos, pues la energía cinética de cincuenta mil hinchas saltando al unísono genera una onda que se propaga por la tierra, y la hace temblar. (Una alabanza de Giovanni Castillo Arroyo).
El mundial no tiene buena pepa
El mundial no tiene buena pepa porque te obliga a alegrarte por triunfos ajenos mientras pierdes las batallas con el gobierno de turno.
Cuando muchos de nosotros nos encontramos viendo por televisión o streaming un mundial que pasa a miles de kilómetros de distancia, nuestros políticos ya habrán cometido algún desbarajuste en lo que queda de nuestra nación o el Organismo de Procesos Electorales (ONPE) se le corre el lapicero y cuenta mal los votos. Este es una de los efectos del pan y circo que explicaba el romano Juvenal en sus tiempos y se aplica totalmente a los nuestros.
El mundial es mala pepa porque, incluso, cuando trato de explicar su lado malo, este no asume la responsabilidad de sus propios actos. No se odia al fútbol, se odia al hincha, como aclaraba Umberto Eco. Es el aficionado el que termina por causar todos los enfrentamientos, desorden para que al final te cuenten sus desgracias como si de fútbol todos estuvieran obligados a entender.
Jorge Luis Borges, sin lugar a duda, no entendería nada de lo que se muestra en estos actuales coliseos romanos. El fútbol no le interesó porque carecía de aquella estética que llama la atención solo a los genios. Por ello, sentenció, sin ningún indicio de tartamudez: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”.
El mundial no tiene buena pepa porque es el terreno ideal para que la FIFA extienda su tiranía, como la prohibición que dictó contra Haiti para que no utilice su camiseta oficial, la cual lleva una ilustración de una histórica guerra de su independencia. El emblema infringe la normativa que niega mensajes y símbolos políticos.
El argentino, también, planteó que al final a nadie le interesa el fútbol, pues inconscientemente lo que nos importa es que los nuestros se antepusieron sobre otros —simplemente el resultado— y no que un futbolista ejecutó una técnica increíble o protagonizó una jugada memorable. Esta es la explicación corta del porqué el juego mágico, con las fintas y técnicas de ensueño, está en decadencia y el fútbol directo va ganando adeptos.
El cineasta y escritor italiano Paolo Pasolini planteó una icónica dicotomía: el fútbol europeo se juega en prosa (táctico, colectivo, basado en resultados y esquemas) y el fútbol sudamericano en poesía (individualista, enfocado en el regate y la genialidad).
El mundial es mala pepa porque esconde rivalidades no deportivas. George Orwell explicó que si un deporte es serio no tiene nada que ver con el juego limpio, pues esconde el odio, los celos, un toque de anarquismo y el placer de la violencia. Si alguna vez estás condenado a sentarte en una tribuna de un estadio de fútbol, no vas a ver un simple e inofensivo deporte, simplemente, verás “la guerra sin los disparos”.
Si hasta este momento, aún hay algún lector con pasión por el fútbol, le explicaré con números que el mundial no es factible para nadie, incluso para los dichosos países que se pelean por albergarlo.

El mundial no tiene buena pepa porque es un gasto innecesario que muchas veces no tiene retorno. En Qatar 2022 se gastó una cifra extraordinaria de 220 000 millones de dólares, mientras que los ingresos se quedaron muy por debajo de lo esperado: menos de 17 000 millones de dólares. Sin lugar a duda, el fútbol es un deporte extremo con altos índices de riesgo —económicos, claro—.
El mundial no tiene buena pepa porque hace zombis a sus aficionados y los obliga a cometer actos irrazonables con tal de gozar de noventa minutos y agregados de placer incierto. Uno de los grandes ejemplos es el hincha Israelita, quien alentó a la bicolor en varios partidos en Rusia 2018 y terminó endeudado hasta las greñas. Pagó sí y solo sí luego de que recibió amenazas de embargo.
El mundial no es buena pepa porque eventos como este le dan más importancia al fútbol que a la cultura misma. Todos dejan de ver la grandeza humana para otear un juego efímero. El futbolista se vuelve más famoso que los inefables escritores y me dan ganas de reírme junto a Facundo Cabral de los hinchas ofuscados por un resultado pasajero. Él disfrutó del fútbol de Colombia y Argentina cuando los rioplatenses fueron goleados por cinco tantos en las eliminatorias a Estados Unidos 94.
El mundial no tiene buena pepa porque es el terreno ideal para que la FIFA extienda su tiranía, como la prohibición que dictó contra Haiti para que no utilice su camiseta oficial, la cual lleva una ilustración de una histórica guerra de su independencia. El emblema infringe la normativa que niega mensajes y símbolos políticos.
Por precaución, solo por si la enfermedad mundialera se vuelve contagiosa, reflexionaré sobre los expulsados de Estados Unidos antes de que comience el mundial, el exceso de reglas en el fútbol, el final de sus mejores exponentes y terminaré yendo a donde no se hable de fútbol. (Una diatriba de Franklin Oblitas).


