Votar tiene buena pepa 👍🏼
Votar tiene buena pepa porque la democracia, aunque es pesada y caótica, sigue siendo el sistema de gobierno menos malo. Parte de la idea de que todos somos iguales bajo el sol y aborrece la noción de que el poder de concentre en una sola persona o grupo. La participación del pueblo obliga a escuchar diferentes voces, visibilizar desacuerdos y convivir con decisiones que uno no esperaba, y gracias a ello, incluso, la persona más común influye en las decisiones.
Votar tiene buena pepa porque te da poder. Los políticos, quienes por cinco años no solo te olvidan, sino que te hacen la vida imposible; ahora te buscan, te seducen, te engríen… les importas. No es una alucinación de poder, como canta La Sarita, sino la supremacía tangible de que en democracia el pueblo es el jefe.
Además, votar tiene buena pepa porque permite que las personas participen en decisiones que terminarán afectando su vida. Es una forma de hacerse escuchar y de asumir un papel activo en la democracia. “Un hombre sin un voto es un hombre sin protección”, escribió Lyndon B. Johnson, expresidente de Estados Unidos, quien promulgó leyes para eliminar las barreras, como los exámenes de alfabetización, que impedían a los afroamericanos ejercer su derecho al voto
Votar tiene buena pepa porque es una palabra homófona. Se pronuncia igual que ‘botar’. Me gustan ese tipo de palabras hermanas que comparten sonido con significados distintos, porque obligan al esfuerzo y ese es un acto revolucionario en estos tiempos de facilismo.
Votar tiene buena pepa porque David Lloyd George tiene razón: «Las elecciones, a veces, son la venganza del ciudadano. La papeleta es un puñal de papel». Un vendetta contra los partidos políticos quienes creyeron que el respaldo popular estaría siempre presente pese a sus supuestas cuestionables acciones dentro del gobierno.
Es interesante cómo una simple variación en la escritura puede cambiar por completo el sentido de un término, como una coincidencia que parece casi intencional: al votar, de algún modo también se ‘botan’ opciones y se elige un camino entre varias rutas, eso le da a la palabra una gracia especial.
Votar es buena pepa porque el proceso electoral, incluso cuando parece un circo, obliga a los ciudadanos a mirar de frente a quienes quieren gobernar. Los debates terminan como una mezcla extraña de propuestas interesantes, relatos claramente armados para apelar a la empatía, ataques personales, trapitos sucios al aire, acusaciones de corrupción y momentos tan absurdos que terminan como memes.
Incluso, dentro del caos electoral hay una audiencia que observa, cuestiona, critica y descubre quién realmente tiene idea de lo que hará y quién es su primera chamba.

Votar tiene buena pepa porque David Lloyd George tiene razón: «Las elecciones, a veces, son la venganza del ciudadano. La papeleta es un puñal de papel». Una vendetta contra los partidos políticos quienes creyeron que el respaldo popular estaría siempre presente pese a sus cuestionables acciones.
APP, Somos Perú, Podemos Perú Libre, entre otros, representan ese castigo. Dejaron de ser partidos políticos y se convirtieron en entes sin forma, por lo que merecían ser expectorados de la escena política. «Un voto es más fuerte que una bala de fusil», expresó Abraham Lincoln.
Votar tiene buena pepa porque trae consigo algo histórico; el ser un pacto con el proceso de construcción de un futuro, y un agradecimiento a aquellos que lucharon porque sea posible. Hubo épocas cuando no todos podían votar; mujeres y sectores marginados quedaron fuera durante años. Muchos de ellos lucharon para convertirlo en un derecho y no en un lujo reservado para unos pocos. Renunciar a elegir por pura indiferencia sería como heredar un reloj milenario y dejarlo tirado porque da flojera usarlo.
Votar tiene buena pepa porque parte de una idea sencilla: cada ciudadano conoce una parte distinta de la realidad, enfrenta diferentes problemas y tienen sus propias prioridades. Cuando todas esas voces se reúnen en el proceso de elección, se construye una decisión que refleja de mejor forma el pensamiento común. Es la base de la sabiduría de las multitudes que postuló Aristóles y que luego el Marqués de Condorcet y Francis Galton desarrrollaron hasta llegar a la inteligencia colectiva.
Y aunque un solo voto parezca insignificante entre millones de personas, las cosas importantes casi nunca cambian gracias a héroes solitarios. Hasta en Avengers: Endgame la victoria ocurre por acumulación de acciones individuales. Y en Bichos también lo plasmaron. Las hormigas que vivían aterradas por los saltamontes descubrieron algo simple: siempre fueron mayoría. El voto funciona de forma similar, una sola persona parece insignificante, pero millones de ciudadanos organizados pueden cambiar el rumbo entero de un país.
Votar tiene buena pepa, porque si miramos la otra cara de la moneda, dentro de Joker se ofrece una clara representación de lo que puede ocurrir cuando predominan la apatía y el abandono social. En Gotham la desigualdad, la indiferencia y la falta de atención a los problemas públicos están a la orden del día.
Arthur Fleck no aparece de la nada, es producto de una sociedad y de políticos que dejaron que los problemas crecieran en demasía. Votar no resolvería todo en un instante, pero sí construiría una vía directa para exigir gobiernos que atiendan las carencias y problemáticas que están presentes, antes de que la frustración colectiva explote.
Votar tiene buena pepa porque representa una de las mayores responsabilidades que posee un ciudadano. A través de un acto tan sencillo, como marcar una cédula, las personas pueden impactar en las decisiones que afectarán aspectos tan cotidianos como la educación, el transporte, la economía o la seguridad. Es una oportunidad para participar activamente en la construcción del futuro; después de todo, como dice la famosa frase de Spider-Man, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, y pocas formas de poder ciudadano son tan directas como el voto. (Un elogio de Giovanni Castillo Arroyo.)
Votar no tiene buena pepa 👎🏼
Votar no tiene buena pepa porque en tantos años que vamos a las urnas seguimos sin estar contentos con los resultados. En el Perú, sufragamos desde 1822 y se hizo para elegir al primer congreso consituyente. Desde entonces, nadie ha ganado ni ha perdido por completo. La democracia es hermosa hasta que el conteo no es lo que esperamos.
Sócrates tenía razón cuando cuestionaba la democracia y a esa potestad universal de elegir y ser elegido. Aunque muchos se escandalicen con esta afirmación, el filósofo sostenía que las opiniones no tienen el mismo peso ni valor. No somos —ni debemos ser— iguales para elegir. La decisión de una persona preparada no puede igularse con otra que no lo está.
Votar no tiene buena pepa porque nos hace creer que tenemos el poder de decidir el futuro de nuestro país, pero no es tanto así. Una vez, en un referéndum rechazamos la reelección y la bicameralidad, y los congresistas se zurraron en nuestra voluntad; cambiaron la Constitución a su antojo.
Henry David Thoreau decía que las elecciones son parecidas a los juegos, como las damas o como el backgammon. Sin embargo, en este caso arriesgas el destino del país apostando por el mal menor. ¿Qué tan convincente sería un casino donde el premio mayor es ser presidente y si pierdes te vuelves ciudadano? ¿jugaríamos?
Votar no tiene buena pepa en el Perú porque siempre se elige el mal menor. Desde el cáncer y el sida, por el que dudó Vargas Llosa, hasta las comparaciones de Venezuela, el pollo perdido de Castillo, el regreso del fujimorismo y el anticristo del comunismo siempre nos han obligado a caminar por el terrible borde, donde, versó Piedad Bonnett, nunca estamos más solos. Nunca somos más huérfanos.
Votar no tiene buena pepa porque es una palabra homófona y se nos complica mucho ponerse una bota pesada para botar a quien vota. Tenemos a la democracia como si de un Dios se tratase y mientras no nos libremos de su gramática, temo como Nietzche, que jamás nos libraremos de ese Dios cruel que se aprovecha de nuestras ilusiones.
Votar no tiene buena pepa porque a los que les toca ser espectadores desde la periferia de Lima —la gran capital— no se nos toma en cuenta. El país seguirá múltiples rumbos y, desde la ilusión de un pueblo que sueña con ser escuchado, la cruda realidad de un gobierno que los ignora se hará presente al final. Le preguntaremos a Hildebrandt: ¿Y cómo va el gobierno? Lamentablemente, dirá: no veo nada…
Los Nosequién y los Nosecuántos tendrían más trabajo, sin duda, en el escenario electoral actual. La lista que armaron en su noventera canción Las torres no tendría un final visible en cuanto a nombres que derrumbaron las bases de la torre de una nación en construcción.
Votar no tiene buena pepa porque, a la buena o a la mala, puedes terminar siendo miembro de mesa. No importa si no saliste sorteado. Imagina que llegas temprano al local de votación y tu mesa no se ha instalado porque una sarta de manganzones no fueron a cumplir con su deber cívico. La autoridad te puede obligar a la fuerza a que te sientes y empieces a contar votos.

—Mal tiempo para votar— eso es lo que diría yo si fuera el presidente de la mesa donde sufraga José Saramago, premio Nobel y quien escribió una obra cumbre sobre ciegos. Él sonreiría por el comentario y se retiraría después de anotar la mesa electoral número catorce en su libreta de dos páginas. Al final de la jornada, los conteos habrían acabado y antes de escuchar los resultados cruzaría los dedos para que mi sueño de un setenta por ciento de votos en blanco se hagan realidad. Lamentablemente, la suerte, como el amor, viene y se va.
Votar no tiene buena pepa en el Perú porque siempre se elige el mal menor. Desde el cáncer y el sida, por el que dudó Vargas Llosa, hasta las comparaciones de Venezuela, el pollo perdido de Castillo, el regreso del fujimorismo y el anticristo del comunismo siempre nos han obligado a caminar por el terrible borde, donde, versó Piedad Bonnett, nunca estamos más solos. Nunca somos más huérfanos.
Leer más: La Buena y la Mala Pepa: el calor
Imaginemos, como Yuval Noah Harari, que un campesino se queda dormido unos quinientos años, se levanta con la ilusión en los ojos y se dirige feliz a votar ¿Sería más escuchado que ahora? Probemos de nuevo, unos mil años hacia adelante y, esta vez, imaginemos que su partido preferido gana las elecciones ¿Esta vez si lo escucharían? Probemos una última vez, pero con una receta distinta. El campesino viaja en el tiempo quinientos años atrás. No se necesita explicar qué pasaría ahí y mucho menos mil años antes.
Este contexto electoral me produce una somnolencia que pronto me adormecerá y en el proceso soñaré con un discurso de Marco Aurelio Denegri sobre la soportabilidad humana, pero entonces me acordaré que nuestro país no resiste a ningún humano en un cargo durante 5 años y con la pesadilla de otra elección me despertaré asustado.
–¿Qué día es hoy?– preguntaré conmocionado.
–Hoy es la segunda vuelta.
Votar no tiene buena pepa porque es un alcahuete de una farsa. Mario Bunge, el filósofo argentino, planteaba que los seres humanos somos capaces de falsificar casi todo: el oro, la amistad, el amor, la democracia. El Perú —un estado fallido— vive bajo una tiranía, según un informe del New York Times. «No se necesita un dictador para acabar con una democracia». Entonces, votar no sirve ni para mucho ni para poco. (Una crítica de Franklín Oblitas Terrones).


