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Paolo Guerrero regresa a Trujillo, una ciudad que lo marcó en su niñez

De chico, el flamante delantero de César Vallejo visitaba la capital de La Libertad para jugar y, en especial, visitar a sus padrinos. En el 2005, recibió un hato de fotografías de esos momentos y esto fue lo que pasó.*

Paolo Guerrero González recibió con desgano las fotografías. Caminó hacia un costado del vestíbulo del hotel Dann Carlton, el más lujoso de Barranquilla (Colombia), y las miró.

Su cara, alargada por la naturaleza y malhumorada por la impertinencia del momento, cambió. Sus ojos y boca se estiraron hacia atrás y su nariz hacia delante. El más joven futbolista peruano vendido al extranjero sonrió.

Las primeras fotos que acaba de ver, de todas las que recibió, fueron tomadas en Trujillo cuando era un niño.

En una de ellas, aparece cuando tenía dos años, en casa de sus padrinos, en la urbanización Las Quintanas y, en otra, en el estadio de Buenos Aires, en el distrito de Víctor Larco, cuando bordeaba los 10.

Llegar a mostrarle las fotos al delantero del Bayern de Munich fue una conmoción, tuvo encanto y desilusión.

En una de ellas, aparece cuando tenía dos años, en casa de sus padrinos, en la urbanización Las Quintanas y, en otra, en el estadio de Buenos Aires, en el distrito de Víctor Larco, cuando bordeaba los 10.

El jueves 2 de junio, en el aeropuerto Jorge Chávez, cuando la selección se alistaba para viajar a Colombia a recibir los cinco latigazos con aroma de café, me acerqué y le expuse que quería enseñarle las imágenes que me proporcionaron sus padrinos en Trujillo, Juan Wong León y Coty Trelles de Wong.

Se alegró. “Ya, sale”, dijo.

El pacto fue conversar en el hotel.

Llegamos el jueves por la noche a Barranquilla. Guerrero nunca salió de su habitación, salvo para probar bocado. El viernes por la mañana tampoco se le vio. Por la tarde, la selección entrenó. Luego de las prácticas esperé que atendiera a los demás periodistas y lo abordé.

Se acordó del compromiso, pero me dijo que no tenía tiempo. Insistí. “En la noche voy a salir un ratito. Allí te veo”, me contestó y me sentí como el vendedor, quien escucha de boca del cliente: “Yo te llamo”.

Entonces, había que pensar en otro plan.

Del lugar donde entrenó Perú hasta el hotel hay 15 minutos en auto. Nuestro taxi pasó al bus que llevaba a los jugadores y llegamos primero a la concentración.

Paolo Guerrero en la calle

Paolo fue uno de los últimos en bajar. Cuando cruzó la puerta que separa el vestíbulo con la calle, le estiré mi mano con las fotografías. “Éstas son”.

Guerrero sonrió al verse en las fotos, pero mató la ilusión cuando le pregunté qué recuerda de Trujillo.

“Nada”, contestó.

Herido en el alma, le quité las fotos y busqué la del estadio de Buenos Aires.

“Tus padrinos dicen que esta fotografía fue tomada luego de un partido que tu equipo ganó con un gol tuyo”, le dije como quien le habla a un desmemoriado.

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Me arranchó las fotos. “Claro, claro. Sí me acuerdo”. Suspiró. Las miró, aquietó los ojos e intentó unir el cristal roto del recuerdo. “Yo metí el gol”. Sonrió. La fotografía es un arte que se niega a reconocer el pasado del tiempo y nos obliga a revivir a través del acto de la contemplación.

En la imagen tiene diez años. Está con la camiseta de Alianza Lima, club donde se formó y salió rumbo a Bayern de Munich, en una transacción enturbiada por reclamos dirigenciales.

“Claro, claro. Sí me acuerdo”. Suspiró. Las miró, aquietó los ojos e intentó unir el cristal roto del recuerdo. “Yo metí el gol”. Sonrió. La fotografía es un arte que se niega a reconocer el pasado del tiempo y nos obliga a revivir a través del acto de la contemplación.

Aquel día el elenco de los íntimos jugó con un combinado local. Sus padrinos Juan y Coty lo abrazan. Calza unos desteñidos chimpunes negros, la marca de la camiseta es Calvo y su corte de cabello colegial, abismalmente distinto al que luce en el hotel barranquillero, que le ha merecido el adjetivo de metrosexual.

A esa edad, ¿cuáles eran tus sueños como futbolista?, le pregunté. “Jugar en el extranjero en un equipo grande”.

Si a Waldir Sáenz o a Mario ‘Machito’ Gómez les hubieran preguntado lo mismo cuando tenían doce años, máximo habrían respondido que jugar en el primer equipo de su club, después ver si se puede salir al extranjero. Paolo es diferente, por eso su respuesta fue extraña, y las rarezas siempre suscitan más preguntas. “¿No querías jugar en el equipo principal de Alianza?” “Sí, pero mi objetivo era salir al extranjero”.

Por eso se fue al equipo bávaro antes de cumplir los 18 años. “¿Por qué los otros jugadores no piensan igual?” “Yo solo respondo por mí”.

Los impactos visuales de las fotografías sacuden nuestro interior y van seguidos de un análisis profundo de nuestro ser. Si Guerrero no estuviera en el Bayern, ¿me hubiera contestado lo mismo?

Mi compañero y reportero gráfico Freddy Padilla le pidió que le enseñara la foto y lo mirara para captarlo con su cámara digital. Guerrero se negó y buscó entre sus manos otra fotografía. “Con esta”, dijo y miró al reportero gráfico. Clic. Paolo no quiere ser retratado con la camiseta de Alianza Lima.

En la fotografía escogida, Paolo tiene 12 años y está en la casa de sus padrinos. Viste polo manga larga a rayas y un overol azul. Sonríe con los labios estirados. Su mamá –hermana del desaparecido José ‘Caíco’ Gonzales–, también sonríe.

Su madrina Coty luce un vestido celeste de la época y lo coge de los hombros. Por esos años, todavía no era la madrina más feliz de Trujillo.

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Paolo se detuvo en una foto de su fiesta de primer año. Sus padrinos y el hijo de éstos lo rodean. El delantero fue disfrazado con un uniforme blanco de marino y una corona de rey, nada que ver con los pantalones rasgados hasta la cadera, los polos de colores arco iris y las gorras volteadas con los que luce 20 años después cada vez que llega a Lima.

La relación del deportista con sus padrinos trujillanos es intensa. Juan Wong no será Vito Corleone, pero con su esposa siempre se da tiempo para estar cerca de su ahijado.

“Bien. Mis padrinos, bien. Me llevo excelente con ellos”, expresó Paolo en el hotel más lujoso de Barranquilla, esa ciudad distinguida por una canción como “puerta de oro” y que es, en parte, Macondo real de Gabriel García Márquez.

En la fotografía escogida, Paolo tiene 12 años y está en la casa de sus padrinos. Viste polo manga larga a rayas y un overol azul. Sonríe con los labios estirados. Su mamá –hermana del desaparecido José ‘Caíco’ Gonzales–, también sonríe

Los padrinos no se han perdido ningún partido de Guerrero con la selección nacional en Lima. Gritaron de cerca el gol que a fuerza de empuje y pundonor le marcó a Chile.

Vibraron con la madrugadora diana ante Ecuador y se desilusionaron con la diana anulada frente a Uruguay.

Tanto cariño recibe Paolo de sus padrinos, que pensó devolverles algo con una visita en los próximos días. “De repente voy a Trujillo”, prometió.

Guerrero y el recuerdo de un amor

La fotografía nos evoca un tiempo pasado que añoramos. Roland Barthes señala, en su libro La cámara lúcida, que cuando miramos una foto tomamos necesariamente conciencia de que los objetos y los seres por ella representados fueron y existieron (en la forma misma, como los vemos) en un momento del fluir temporal, y abarcaron un espacio semejante al que ocupa nuestro propio cuerpo.

A menudo eso nos produce el deseo de imaginar o crear el desarrollo vital de esos seres, de lo que fueron antes o después de haber sido transformados en imagen.

Entre las fotos que le mostré a Paolo Guerrero hay dos donde aparece con Larissa, una joven alemana que llegó con él a principios de año a Lima y que todo el Perú conoció como su novia, gracias a la exposición que tuvo en los medios de comunicación.

En una de las imágenes, Paolo está abrazado con Larissa, en la playa Agua Dulce de Chorrillos, en Lima. Su madrina y una sobrina de esta los flanquean.

El delantero observó la foto con detenimiento. Llevó su mano a la nariz y la bajó hasta la boca. Se agarró el pelo mojado. ¿Sigues con ella? Movió la cabeza de un lado a otro sin dejar de mirar la imagen de su alemana. “Ya no”, contestó sin soltarse el pelo.


*La versión original de este texto se publicó en junio del 2005 en el diario La Industria de Trujillo. Luego, en el 2007, apareció en el libro Devuélveme tu historia.

César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona" y ahora está a punto de terminar un doctorado en comunicaciones.
César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona" y ahora está a punto de terminar un doctorado en comunicaciones.
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