Niños jugando a las escondidas en grupo, jóvenes peloteando en la losa deportiva, adultos mayores conversando en el parque, vecinos en fiestas del barrio, familias subiéndose al carro para ir de paseo y vecinos caminando en calma por los pasajes. Memorias enmarcadas dentro de un escenario que tenía como fondo a los grandes bloques de viviendas multifamiliares de los proyectos ochenteros.
Sin embargo, con el pasar de las décadas, esos recuerdos fueron reemplazados por niños solitarios jugando con tablets, jóvenes bebiendo con música desde una terraza, adultos mayores protestando por el cuidado de los parques, vehículos estacionados sobre un jardín y vecinos intranquilos en el pasaje, cuidando de no estar siendo asechados. Imágenes nuevas de una sociedad que se ha transformado y que ha tenido que reajustarse al espacio que ofrece la vivienda colectiva.
Antes, los proyectos de viviendas multifamiliares se diseñaban como conjuntos habitacionales no solo compuestos por edificios de departamentos; sino, también, con mucha área verde, losas deportivas y juegos infantiles, estacionamientos agrupados, protagonismo de vías peatonales, espacios previstos para comercios e incluso parroquias sectoriales.
Esta visión respondía al contexto político y a la idiosincrasia de la época. Por un lado, siendo momentos influenciados por los regímenes militares peruanos, el Estado tenía mayor interés y participación activa en la ejecución de proyectos de esta envergadura.
Antes, los proyectos de viviendas multifamiliares se diseñaban como conjuntos habitacionales no solo compuestos por edificios de departamentos; sino, también, con mucha área verde, losas deportivas y juegos infantiles.
Y, por otro, se trataba de épocas donde no había masificación de los medios virtuales, donde no había incremento de la inseguridad, donde no había tantas opciones de consumismo. En otras palabras, tiempos donde una persona se tomaba con mayor tranquilidad la vida.
Sin embargo, en la década de los noventa, durante el paso de las tecnologías analógicas a las digitales y la expansión global, las alternativas de trabajo se intensificaron, los grandes comercios llegaron, las importaciones se agilizaron, la oferta del automóvil y de las motos se diversificó, las familias jóvenes aumentaron y los robos en la vía pública se incrementaron.
Las personas tuvieron que adoptar una actitud más reactiva y acelerada para sobrevivir ante un ritmo de vida más vertiginosa que demandaba la ciudad.

Cambió la forma de vivir. Los ciudadanos adquirieron electrodomésticos programables que les ahorraban tiempo valioso en casa, desaparecieron los estudios porque bastaba con una computadora al lado de la cama, la mesa del comedor pasó a ser también espacio de tareas escolares.
Cada familia empezó a tener su automóvil; los videojuegos se volvieron un medio de entretenimiento de los hijos; vieron opciones de recreación fuera de casa: pubs, cines, discotecas, restaurantes e, incluso, las cabañas rurales; evitaron pasar mucho tiempo en parques por riesgo a ser asaltados. Conseguir un refugio asequible empezó a ser un objetivo.
Leer más: Reflexiones de un arquitecto docente
Es así que la demanda de una vivienda básica, visualmente atractiva y con opciones de crédito, se convirtió en una problemática de interés para el sector inmobiliario. Este cambio, coincidiendo con la reforma fujimorista, dio promoción a la inversión privada de empresas donde el Estado pasó a un rol de regulador normativo y, en algunos casos, de financiador parcial.
Los conjuntos habitacionales, que se integraban con la ciudad a través del espacio público, fueron reemplazados por los multifamiliares de carácter privado y exclusivo.
Dos realidades en Trujillo: Los Pinos y El Cortijo
Comparemos dos proyectos habitacionales de diferentes épocas: El conjunto residencial de Los Pinos (Covirt) y el condominio Andalucía de El Cortijo.
El primero fue promovido por el Banco de la Vivienda del Perú a mediados de 1970 y, el segundo, por la empresa Livit a mediados del 2010. La concepción, por tanto, corresponde a los dos contextos temporales que previamente he ilustrado.
En Los Pinos, la disposición de los edificios de departamentos es en bloques, rodeando las áreas de parques, losas deportivas y juegos infantiles. Como si el espacio íntimo abrazara al espacio público. La orientación de los departamentos es hacia el interior del conjunto, con vistas estimulantes hacia la vegetación, con superficies cubiertas con grandes árboles que invitan al descanso, con bodegas próximas en el primer nivel, y con mayor protagonismo de la peatonalidad, pues los estacionamientos agrupan los vehículos en un solo sector, disminuyendo el área de pistas.
El primero fue promovido por el Banco de la Vivienda del Perú a mediados de 1970 y, el segundo, por la empresa Livit a mediados del 2010. La concepción, por tanto, corresponde a los dos contextos temporales que previamente he ilustrado.
Aunque, también, las circulaciones peatonales del conjunto están conformadas por callejones de iluminación artificial tenue, que ha obligado a los vecinos a colocar cámaras de vigilancia en su afán de protegerse; y los espacios públicos, abiertos a todo tipo de personas, quedan vulnerables a bebedores y drogadictos, arrojadores de basura y asaltantes, lo que ha ocasionado respuestas como tranqueras, cadenas, rejas y otros elementos de acceso restringido.
Andalucía empezó por cambiar el nombre de residencial al de condominio. Y este está organizado con edificios enfrentados donde hay mayor presencia de área pavimentada que de área verde (esta última únicamente conformada por césped y algunos árboles enanos). Como si estuviesen compartiendo el suelo, pero sin intenciones de socializar más de lo necesario.
Leer más: Una casona, dos hermanos, una constructora y un arquitecto
Hay una losa deportiva, sin embargo, es de césped artificial, un pequeño sector de parrillas que se alquila previamente y ninguna zona para reunión de junta de vecinos. Hay mayor área de estacionamientos y el cemento cubre mayor espacio para la circulación de autos, motos y camiones de mudanzas, que son más frecuentes. Se contempló una piscina familiar, según las fotos del render, pero no se ha ejecutado.
En seguridad, tiene mayor equipamiento: alarmas contra incendio, escaleras de evacuación, luces artificiales potentes, muros con cerco eléctrico en todo el perímetro, ingreso restringidos con rejas y control mediante caseta de portería conectada a cámaras de vigilancia. Es decir, es como un fuerte donde, una vez que ingresa el último ocupante, se cierra para los desconocidos.

Ambos edificios son como un libro que narra la historia del problema de la vivienda multifamiliar. El primer caso tiene espacios públicos que favorecen las relaciones sociales y área verde para la climatización natural, pero ha tenido que colocar barreras arquitectónicas en un afán de tener mayor control vecinal de estos espacios.
El segundo caso tiene más elementos de control de la seguridad y espacios que son claramente privados, pero ha sacrificado la calidad de los espacios para socialización y ha limitado las áreas verdes a un rol ornamental.
Y es que el tiempo ha creado una brecha más amplia entre personas de diferentes hábitos socioculturales. Aunque aún se preservan ciertas formas de participación comunitaria por el bienestar del barrio, también ahora se opta por priorizar la privacidad dentro de la casa, limitar las reuniones solo a círculos íntimos y cumplir con las obligaciones básicas de convivencia basada en protocolos.
Es comprensible. De hecho, es justo querer un poco de paz en tiempos agitados. Y, definitivamente, las expectativas de confort y seguridad en una vivienda multifamiliar han cambiado por parte de sus principales usuarios.
Tiempos modernos, necesidades actuales
Cabría preguntarnos qué es lo que ahora demandan los residentes según sus propias experiencias y cómo perciben las actuales ofertas que ofrece el mercado inmobiliario.
Para esto, los pobladores deben comunicar sus necesidades a los arquitectos para que estos puedan interpretarlas dentro de los parámetros técnicos y normativos de habitabilidad. Y de esta forma, contribuir a romper el perfil de usuario generalizado que aún manejan la mayoría de empresas inmobiliarias.
He escuchado de residentes que compraron departamentos publicitados como “la casa de ensueño”.
Y ahora quisieran tratamiento acústico en los muros para reducir el ruido de otros departamentos, contenedores para que los propietarios de perros puedan dejar sus desechos sin afectar al parque, lugares pensados explícitamente para realizar reuniones vecinales, estacionamientos señalizados y con circulaciones peatonales definidas, manuales de mantenimiento para saber cómo cuidar el edificio luego de la entrega.

Y es que ahora existe una arquitectura participativa que tiene como principio crear canales de comunicación entre el profesional y el residente durante las etapas de diseño del proyecto.
Para practicarla, iniciamos por aceptar que la sociedad de ahora es mucho más compleja que antes y que, si bien es importante rescatar soluciones de espacios integradores como en los magistrales conjuntos habitacionales del siglo pasado, también hay que considerar las preocupaciones de privacidad y seguridad de las demás partes interesadas.
La arquitectura es humanista, pues, su objeto es el espacio habitado por personas. Por ello, es necesario expandir el abordaje del problema, aunando las soluciones técnicas con la comprensión de la convivencia social. Quizá así, podamos romper estereotipos en la concepción de la vivienda colectiva.


