InicioYakuEl barro y la vidaEl ciclón Yaku sigue golpeando: un camarote y unas fotografías apenas

El ciclón Yaku sigue golpeando: un camarote y unas fotografías apenas

Una mujer ingresa a su vivienda —tapada de lodo— para intentar rescatar sus cosas. Solo recupera una cama. Un fotógrafo la inmortaliza en esa búsqueda. La imagen traspasa fronteras. Nueve meses después, fotógrafo y fotografiada se encuentran.

Silencio.
Un silencio largo.
Un silencio largo delante de cuatro fotografías. Un silencio largo delante de cuatro fotografías que ilustran y recuerdan la tragedia provocada por un raro ciclón.
Luego una voz a punto de quebrarse.

-Solo esto me sirve -dice esa voz a punto de cortarse.

“Solo esto” es un camarote, ese mueble de dos camas. Y la voz a punto de quebrarse es de Jeyny Dávila Silva, 32 años, el pelo suelto, sin maquillaje o eso parece, blusa de colores, nacida el 11 de abril de 1991, aries, madre de tres hijos. Una sobreviviente.

El camarote es de lo poco que rescató de su vivienda que fue arrasada por el desborde de una quebrada que se activó por las lluvias del ciclón Yaku, ese inusual fenómeno que apareció, después de 40 años, en marzo del 2023 en el océano Pacífico, frente a la costa norte del Perú, y que dejó pérdidas por 1300 millones de soles.

Y la voz a punto de quebrarse es de Jeyny Dávila Silva, 32 años, el pelo suelto, sin maquillaje o eso parece, blusa de colores, nacida el 11 de abril de 1991, aries, madre de tres hijos. Una sobreviviente.

Esa cifra es dura, obtusa. El Estado la explicó de la siguiente manera: daño de 659 kilómetros de carreteras (332 millones de soles), 351 canales de riego (186 millones), 216 puentes (674 millones) y 82 kilómetros de redes de agua (14 millones).

Además, 5 establecimientos de salud (30 millones), 56 colegios afectados (13 millones de soles), 2,510 viviendas inhabitables (42 millones) y 1666 viviendas destruidas (28 millones), en una de ellas vivía Jeyni.

Esas maderas son tan poco para una familia de cuatro miembros, que hasta las ocho de la noche del 10 de marzo del 2023 poseía lo necesario en su vivienda en el sector Wichanzao, en el distrito La Esperanza.

Y unos minutos después lo perdieron todo, excepto el camarote que acababa de comprar Jeyni, y en el cual dormían dos de sus tres hijos.

En la fotografía más impactante de las cuatro que tiene delante, ella está con el barro hasta el cuello, empujando hacia arriba una pieza de la litera.

Viste una blusa que una amiga le prestó la noche anterior y que, en ese momento, ha cambiado de color: de blanco a marrón. Jeyni recuerda ese detalle y ríe.

En la fotografía, su rostro, también, es distinto. Es una cara que condensa toda su fuerza: ojos cerrados y dientes incisivos y colmillos expuestos. El pelo sigue suelto.

Parece que gritara; sin embargo, la fotografía no emite sonidos, pero sí mensajes. 

Esa foto fue portada del diario La Industria, el más importante de la región La Libertad, y, gracias al TikTok, traspasó fronteras.

-Me dio un poco de vergüenza -confiesa, también, entre risas.

Es una imagen en ángulo picado; el que sirve para transmitir situaciones de desamparo, inferioridad, subordinación, simpatía, lástima o inseguridad.

Sin embargo, en la famosa imagen de Jeyni no se ve a una mujer doblegada, sino a una que lucha con todas sus fuerzas; una mujer que pelea contra una tragedia, que, como tantas desgracias en el Perú, pudo evitarse.

Vive en un sector mal hecho de Trujillo, que siempre sufre las consecuencias de las lluvias, pero ninguna autoridad se ha interesado en proteger. Sucedió en 1998, en el 2017 y en el 2023. Y volverá a ocurrir.

Vive en un sector mal hecho de Trujillo, que siempre sufre las consecuencias de las lluvias, pero ninguna autoridad se ha interesado en proteger. Sucedió en 1998, en el 2017 y en el 2023. Y volverá a ocurrir.

La fotografía es una forma de guardar la vida (Susan Sontag) de detener el tiempo (Matt Hardy) y de narrar la vida (Augst Sander). Para Jeyni Dávila, la fotografía que ella protagoniza es una herida que le genera orgullo, pero, también, tristeza.

“Me siento orgullosa de mí misma, porque se ve —en la foto— el esfuerzo que realizo, el sacrificio. Eso me hace sentir bien, pero también, me pongo triste por lo que se vivió”, dice. Esta vez no ríe. Aprieta los labios y sacude con delicadeza la cabeza.

Lo que sufrió fue una calamidad y a pesar del año que está a punto de cumplirse, no ha terminado de suceder, anda por todos lados; en las calles llenas de polvo, en las paredes húmedas, en el llanto de los niños cuando llueve, en la negligencia de autoridades, en el olvido del Estado. 

“El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado”, escribió William Faulkner.

Antes de llegar a casa para salvar a su hijo, Jeyni salió corriendo del trabajo y encontró una ciudad azotada por las lluvias del ciclón Yaku. Era viernes, 10 de marzo.

Como Trujillo es una urbe en medio del desierto que no está diseñada para soportar aguaceros, Jeyni colisionó con el caos: calles convertidas en riachuelos, gente corriendo por todos lados, congestión vehicular y ningún bus al cual subirse.

Minutos antes, su hijo de 12 años la había llamado para advertirle de la dimensión de la tragedia: la lluvia estaba fuerte, los buzones del desagüe habían colapsado y “mami, el agua está ingresado a la casa”.

Minutos después, estaba atrapada en un embotellamiento. Bajó a dirigir el tránsito. “A mí me gusta darles solución a los problemas”, recuerda y ríe.

El vehículo de transporte público avanzó un poco más y de pronto se detuvo: no podía cruzar las inundadas calles y avenidas que tenía al frente. Jeyni bajó en el grifo Los Postes y empezó a correr. Aún, catorce cuadras la separaban de su hijo.

Cuando llegó encontró un barrio que nunca había existido y a sus vecinos rotos y con un miedo que asustaba: miraban quietos como el agua y el barro desbarataba sus viviendas.

Jeymi Dávalos posa con una fotografía en la manos delante de la casa donde vivía, la cual colapsó por las lluvias del ciclón Yaku, en La Esperanza, Trujillo. Foto: Hans Lázaro.
Fotos: Hans Lázaro Asalde.

Le había pedido a su hijo que salga de la casa; pero el muchacho seguí allí. Gritó y, a pesar de los intentos de un grupo de familiares por detenerla, cruzó el violento charco y salvó a su primogénito.

“Lo cargué. Y esto que es grande y pesadito”, vuelve a recordar. Vuelve a reír con su pelo suelto.

El fotógrafo Hans Lázaro Asalde vio por redes sociales que las lluvias de la noche anterior (10 de marzo) habían impactado violentamente varias viviendas del distrito La Esperanza, en la zona norte de Trujillo.

Al día siguiente, empezó a buscar esas escenas. Inició su recorrido en la estación de bomberos y subió hacia el cerro Cabras.

No encontró lo que sus ojos y su experiencia habían considerado visualmente impactante.

Cuando llegó encontró un barrio que nunca había existido y a sus vecinos rotos y con un miedo que asustaba: miraban quietos como el agua y el barro desbarataba sus viviendas.

Preguntó a un mototaxista, quien, por más del doble de la tarifa habitual, lo llevó hasta la altura de la comisaría de Wichanzao. Llegó a la calle Los Jazmines. Entonces, una brisa le advirtió que allí ocurriría algo importante.

Luego de salvar a su hijo, Jeyni lo guareció donde un familiar. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, regresó a su vivienda, pero solo llegó hasta la esquina. Se juntó con sus vecinos, quienes estaban en plan de solucionarlo todo y no solucionaban nada.

Al mediodía, decidió cruzar el lodazal y llegar a su casa. El barro había secado y elevado la calle casi hasta dos metros.

El techo de su vivienda le llegaba a la cintura. Por allí era la única vía para ingresar. Levantó la calamina y encontró un panorama apocalíptico.

Eso que halló es lo que el fotógrafo Hans Lázaro intuyó que iba a ocurrir.

El conocimiento empieza en la intuición o en una visión, corazonada, presentimiento, pálpito. “La intuición tan solo es la suma de todas tus experiencias”, escribió Jo Nesbo, músico y escritor noruego.

El 11 de marzo de 2023, Jeyni Dávila intenta rescatar sus pertenencias en su casa inundada. (Foto: Hans Lázaro).
El 11 de marzo de 2023, Jeyni Dávila intenta rescatar sus pertenencias en su casa inundada. (Foto: Hans Lázaro).

En enero del 2024, Hans Lázaro cumplirá diez años como reportero gráfico. Su aprendizaje ha sido atlético y avasallador.

Con el barro hasta el cuello y apoyada por dos familiares, Jeyni empieza un periplo por aquello que aún se llamaba casa. El congelador no sirve, el equipo de sonido tampoco. El colchón que acababa de pagar está arruinado. Avanza parsimoniosa, porque no sabe dónde pisa.

Encuentra el camarote. Se cree que la cama de dos pisos fue inventada por lo egipcios, quienes la usaron para alojar a sus huéspedes y a sus soldados. Es ideal para optimizar espacios, por eso son comunes en barcos, cuarteles y prisiones.

En la actualidad, son ideales para los dormitorios de varios niños, como los hijos de Jeyni, quien, recuerda, arrancó del barro la estructura y empezó a rescatarla. 

La levantó con todas sus fuerzas para sacarla por el techo. Hans Lázaro la ayuda. Atrapa una esquina del armazón y con la otra mano dispara una ráfaga de cinco tomas.

Minutos después, revisa con algo de calma el material. Hay dentro de él una satisfacción que se materializa en su voz interior: esto vine a buscar.

Toda tragedia tiene rostro. En el 2017, el Niño costero lo encarna, Evangelina Chamorro, la mujer que emergió de una corriente de lodo, en Lima. El dolor de la guerra de Vietnam la representó la niña Phan Thi Kim Phuc, quien corre desnuda para huir de una bomba de napalm (gasolina gelatinosa) lanzado contra su aldea.

La guerra de Siria, en el 2018, lleva la imagen de Alan Kurdi, el niño que murió ahogado cuando intentaba huir de la barbarie.

La fotografía —apunta Don McCullin— no puede cambiar la realidad pero sí puede mostrarla. ¿Y para qué? Para que seamos más y mejores personas.

Margaret Renkl, periodista del New York Times, cree que, en la actualidad, como hay demasiadas fotos que cuentan el sufrimiento, no nos enfocamos el tiempo suficiente en esas tragedias.

Con el barro hasta el cuello y apoyada por dos familiares, Jeyni empieza un periplo por aquello que aún se llamaba casa. El congelador no sirve, el equipo de sonido tampoco. El colchón que acababa de pagar está arruinado. Avanza parsimoniosa, porque no sabe dónde pisa.

“Pero mientras nos sigan conmoviendo las fotografías icónicas de nuestra época, aunque sea inconscientemente, habrá esperanza. En tanto que las fotografías —y las novelas, los poemas, las canciones, las obras de teatro, las pinturas y cualquier otro tipo de arte que filtre el mundo a través de la imaginación moral— nos enseñen a mirar lo que de otra manera podríamos pasar por alto, existirá la posibilidad de un cambio”, escribió.

-Usted es el fotógrafo, ¿no? -pregunta Jeyni sonriendo cuando ve entrar a Hans Lázaro, quien confirma con la cabeza y le extiende la mano.

Es el último jueves del 2023. Han pasado unos 290 días desde aquella foto y el sector Wichanzao tiene poco del nombre del distrito donde está ubicado: La Esperanza.

Las calles son pura melancolía y los vecinos puro malestar. La casa, donde vivía Jeyni es puro pasado. No tiene ninguna pared en pie y el terreno está cercado por un plástico negro. 

Jeyni es una mujer herida que ríe casi por todo. Ahora está de vacaciones involuntarias, porque el centro comercial, donde trabaja, está cerrado por orden de la Municipalidad Provincial de Trujillo.

El alcalde, por el que ella votó —ríe, ríe, ríe— dictó su clausura por 30 días, luego de que un hombre murió baleado, la noche previa de Navidad, en pleno patio de comidas, en uno de los actos criminales más impactantes de los últimos años en el norte del Perú.

Hans Lázaro junto a Jeyni Dávalos. Ambos comparten una historia de superación y pasíón. (Foto: César Clavijo Arraiza). Yaku
Hans Lázaro junto a Jeyni Dávalos. Ambos comparten una historia de superación y pasíón. (Foto: César Clavijo Arraiza).

-Me llamaron del trabajo -confiesa. Parece que va a compartir otra tragedia.
Silencio.
-Pero, para renovar mi contrato -dice y ríe. Ríe con el pelo suelto.

La colombiana Piedad Bonnett escribió estos versos: “No hay cicatriz, por brutal que parezca, que no encierre belleza (…) Las cicatrices, pues, son las costuras de la memoria, un remate imperfecto que nos sana dañándonos”.

Jeyni conversa con Hans Lázaro con la entereza de quien ha sufrido y la alegría de quien tiene una historia digna de contar.

-Ha sido bien difundida la foto-. Se le escucha decir, como un halago. 

Luego ríe y se acomoda delante de lo que queda de la casa donde vivió, y posa para que Hans le siga tomando fotos.

César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona" y ahora está a punto de terminar un doctorado en comunicaciones.
César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona" y ahora está a punto de terminar un doctorado en comunicaciones.
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