InicioFruta de exportaciónCalín Bocanegra: el titán del criollismo peruano que resiste a todo

Calín Bocanegra: el titán del criollismo peruano que resiste a todo

El director de la recordada peña Pilsen Trujillo cumple 56 años de vida artística. A pesar de las enfermedades que lo aquejan, el artista sigue vigente.

En la casa de Calín Bocanegra se almuerza antes de la una de la tarde. Es marzo y afuera, en Trujillo, el sol rebota contra el piso ocre del callejón. Adentro, se sirve sopa de casa. Es una sopa baja en condimentos. Luego, sale un arroz chaufa tibio y amoroso. El postre es durazno en almíbar y galletas de soda.

Calín está sentado en la cabecera y empieza a recordar: a pasar por el corazón.

Evoca la vez, cuando llegó, con la Peña Pilsen Trujillo, a una presentación a Salaverry y solo tocaron unos minutos. “Estuvimos a la hora pactada, pero nos hicieron esperar, esperar, esperar, y salimos justo cuando se iba a cumplir la hora de contrato. Cantamos dos temas y nos fuimos”.

Entonces, el maestro de ceremonia, un amigo, los bautizó como la peña Speed. Calín pronuncia con un claro inglés esa palabra y ríe.

También, trae al presente las imágenes cuando integraba la banda de músicos del colegio San Juan y participaron en un recordado concurso nacional de bandas en la plaza mayor de Trujillo. Ganaron. Levantaron por los aires al director de la agrupación y rompieron una farola.

Evoca la vez, cuando llegó, con la Peña Pilsen Trujillo, a una presentación a Salaverry y solo tocaron unos minutos. “Estuvimos a la hora pactada, pero nos hicieron esperar, esperar, esperar, y salimos justo cuando se iba a cumplir la hora de contrato. Tocamos dos temas y nos fuimos”.

Recibieron de premio un viaje a Tarapoto. El colegio fleteó un avión para congraciarlos con esa visita a la selva.

Su hija Paola dice que su papá no se molesta por nada. Luego lo contempla y habla casi bajito para decir que está joven, sano y buenmozo. “Solo falta que se consiga una novia”, añora entre bromas.  “Pero una peruana”, ataja.

Calín escucha y calla. Sigue comiendo lento, pero seguro. Es un señor antiguo de esos que ya no nacen.

En la televisión, instalada en el comedor, YouTube lanza una salsa noventera. “Necesito un amor que me comprenda”, canta Antonio Cartagena.

Calín Bocanegra

Luego, el criollo, recuerda la vez cuando iba a tocar con la peña Pilsen Trujillo en el cuartel del Ejército, en la avenida América. Pidió que le inviten una cerveza y le alcanzaron una botella de la competencia. Armó una guerra con las armas de un monje.

Conversó pausado con el jefe de la milicia, con quien lo unía una amistad a prueba de balas. Él ordenó que reemplacen las botellas de todas las chanchas —recipientes donde se congelan las cervezas— con Pilsen Trujillo.

“Muchos subalternos se molestaron feo, pero yo hacía mi trabajo”, evoca.

Antonio Cartagena ha terminado de cantar y Calín sigue aún con su chaufita amoroso. Hay platos que son nuestro retrato.

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Víctor Carlos Bocanegra Aguilar nació en Otuzco el 28 de setiembre de 1950. A los tres meses lo trajeron a vivir a Trujillo. El centro histórico fue su barrio. Luego se mudó a Daniel Hoyle y, finalmente, a la quinta Montalván, en la avenida Perú.

Tocó en la banda del Colegio San Juan. Este 2025 cumple 56 años de vida artística. Empezó en 1969. Allí se convirtió en Calín Bocanegra. En 1982 fundó la peña Pilsen Trujillo. En 1985 la peña Calín Bocanegra.

Calín Bocanegra
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Su mejor época como criollo ha sido desde los 90 hasta el 2010. “Muchas presentaciones”, apuntala el artista. De ellas, recuerda un concierto que ofrecieron en Arequipa, en un club superexclusivo, superelegante. No los querían dejar entrar. No los recibieron bien.

“Así es esta gente. Caballero, hay que mostrarle lo que nosotros somos”, se dijo. Se enfrentaron a un público frío y hasta segregador, y terminaron seduciéndolo, a tal punto, que les tiraron flores. Literal.

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En el mundo de la música peruana, no hay mayor redundancia que un criollo viva en un callejón.

En este Trujillo actual, no hay mayor redundancia que ese callejón, antes con una reja libre de candados, ahora esté vigilada por cerrojos y la mirada preocupada de sus vecinos.

Por eso, el jueves 20 de marzo del 2025, a plena luz del día, Calín Bocanegra, el emblemático director de la peña Pilsen Trujillo, debe salir hasta la entrada para recibir a su visita y cerciorarse de que la reja quede bien cerrada. 

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En ese momento, una mujer, conocedora de su talento, lo intercepta y lo abraza, como se abraza a un ídolo. Es rubia, vive en el extranjero y le pregunta si está tocando y atendiendo en su restaurante.

Calín contesta que no.

Cierra la reja y camina lento por el callejón hacia su casa, donde funcionaba, solo los lunes, el local que servía un inolvidable shambar, un eterno cabrito, un insuperable cebiche de cangrejos; y él animaba con valses, polkas, marineras, etc.

En ese momento, una mujer, conocedora de su talento, lo intercepta y lo abraza, como se abraza a un ídolo. Es rubia, vive en el extranjero y le pregunta si está tocando y atendiendo en su restaurante.

Ahora ya no están las mesas ni la música ni la cocina ni el ambiente hechicero de antes. “El recuerdo de lo que fue. La certeza de lo que ha sido”, escribió Eloy Jáuregui. “No hay nada más frágil que el equilibrio de lugares hermosos”, complementa Marguerite Yourcenar.

Sin embargo, ese vacío dimensiona los cuadros de la pared, que son apenas un pequeño testimonio de la vida artística de este criollo que quiere decirle al mundo que aún está vigente, a pesar de todo.

Calín es un hombre que lucha contra el olvido. Mira sus cuadros y empieza a contar detalles de cada uno de ellos. Son recortes de periódicos, certificados de reconocimientos, fotografías con amigos en el escenario, con autoridades en palacios, con artistas consagrados en grandes salones, etc.

Calín Bocanegra

Aparece jaranero con sus noventa kilos de su juventud y adultez, los cuales son una desarmonía con sus 55 de estos días, producto de la recuperación de las dos operaciones a las que se sometió en los últimos 6 meses: vejiga-próstata y, en febrero, vesícula.

Calín entiende que el arte es lucha y que tocar el cajón es una forma de desobedecer su presente. Así, camina lento hacia un rincón de la sala y desenfunda uno de sus instrumentos. Aparece una madera marrón, brillosa. “Las cosas también cantan”, escribió Roberto Herrscher. “El sonido de las cosas se manifiesta tal vez (…) cuando alguien las mira con atención”, agrega.

Es el caso de todos los que están en la sala, pero no de Calín.

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Él sabe que la belleza de este instrumento, creado por esclavos, no está en la contemplación, sino en la acción. Conoce que el cajón tiene memoria y le reafirma quién es él.

Entonces, lo golpea y se oye una marinera.
Sigue y sale una polka. Luego, un tondero.
Después, brota un bolero.
Luego, una balada.

Calín sufre de párkinson, excepto cuando toca su cajón. Esa enfermedad que afecta a dos de cada 1000 personas, que es un trastorno del movimiento por falta de dopamina, que se desconocen sus causas, que no es contagiosa ni hereditaria ni tiene un tratamiento efectivo; es un agudo desafío para uno de los criollos más virtuosos del Perú.

Esa enfermedad no lo ha retirado de la música. Los temblores de la mano se apaciguan cuando toca el cajón. Entonces, es un hombre virtuoso sin ningún lastre que atasque su talento.  

Calín Bocanegra

Hay objetos que nos indican quiénes somos, que nos ayudan a construir el mundo. Nuestro mundo. Encima de su cajón, esta mañana de marzo, Calín es un hombre en busca de la felicidad.

Y, también, lo fue hace un par de días, cuando atendió la invitación de su colega Iris Noriega, a quien le faltó un cajonero. “Toqué unas tres horas. Todo muy bien”.

Ahora se alista para acompañar a Roxana Caballero, otra excelsa del criollismo de La Libertad. “A tocar un rato, para no perder la costumbre”, añora Calín.

Roxana Caballero quiere hablar algo de su exdirector; pero está en medio de una presentación artística. También, Edelmira del Rosario, otro titán del criollismo liberteño.

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“Aprendí escuchando y…”

En los puntos suspensivos debe ir escrito “mirando”. Solo que Calín Bocanegra lo dice llevándose los dedos índice y medio a la altura de los ojos.

En la banda de músicos del San Juan tocaba bombo, tarola y platillos. En paralelo, integraba la orquesta del colegio, donde le daba a la batería. Termina la secundaria con nociones de música. Leía partituras.

La peña Pilsen Trujillo, bajo la dirección de Calín Bocanegra, grabó dos producciones musicales en 1994 y 1999.

Varias orquestas lo llamaban para chiviar; tocar tropical, rock, baladas. Entre el año 71 y 72 entra al criollo. El director de la peña Salaverry —Jaime Azañero—, lo invitó a una jarana. El cajonero no estaba tocando bien. “A ver, préstame”, le pidió Calín.

Era la primera vez que se montaba sobre ese instrumento. “Como venía con el conocimiento de la percusión del colegio y de la orquesta, empecé a darle a mi ritmo y me salió todo bien. ‘Tú quedas. Mañana tenemos presentación’, me dijo Azañero”, recuerda.

Solo tocaba cajón. En los 80, en el entonces local La Palizada, en la avenida Mansiche, lo escuchan cantar y lo obligan a hacerlo en público y para el público.

“El percusionista es oído”, apuntala Calín. Y así fue construyendo su historia: tocando, cantando y dirigiendo.

El cajón peruano es el alma de la música criolla. En los setenta fue incorporado en el flamenco por el famoso guitarrista español Paco de Lucia. En el 2001 fue elevado a Patrimonio Cultural de la Nación. En el 2014, la Organización de Estados Americanos declaró al cajón como “instrumento del Perú para las Américas

En los mejores tiempos, Calín manejaba 30 artistas, entre músicos y cantantes. Además, del grupo de baile afroperuano que, también, regentada la marca de cerveza.

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“Para todas las personas que estamos en el criollismo, Calín Bocanegra es un ícono. Es una persona que nos representa”, dice la cantante Roxana Caballero, en un alto de sus presentaciones sabatinas.

Recuerda que ella no sabía cantar música criolla. Lo suyo era la salsa, cumbia, merengues. Eso era su fuerte. Un día Calín la escucha. “Roxanita, yo quiero que cantes conmigo en la peña”. Palabras que le dieron miedo.

Al día siguiente, Calín la recogió para ir a una presentación. En la movilidad, armaron el repertorio y las tonalidades de las pocas —dos o tres— canciones criollas que Roxana se sabía a medias porque escuchaba a sus padres en casa.

Calín siempre la motivó para que ingrese, en cuerpo y alma, al mundo criollo. Lo logró.

Roxana recuerda que, en uno de sus primeros conciertos, pierde el taco de su zapato cuando subía al escenario. “Señores y señoras, les presentamos a una cantante ‘des-taca da’». Recuerda que Calín pronunció demorándose en cada parte de la palabra, con la pizca del criollo dicharachero para darle vuelta a la pérdida de esa parte importante del vestuario de la joven artista.

Edelmira del Rosario, también ha terminado su jornada. Desde su casa en Salaverry ponderá que con Calín se conocen hace 50 años. Han viajado a varios lugares del Perú y a Panamá como embajadores del criollismo.

“Nuestro viaje clásico era a Otuzco, a la serenata a la Virgen de la Puerta. Calín la pasaba muy bien, porque él era otuzcano y, nosotros nos daba gracia, cuando bailaba con sus amigazas huaino apachurrado o abolerado”.

Doña Edelmira dice que Calín se molesta poco o casi nada. Tiene un carácter superespecial. Roxana Caballero coincide, pero sí recuerda un día que se enojó:

«Estábamos tocando en un aniversario en el valle (Chicama) En plena canción, llegó un mariachi tocando y se subió al escenario. Calín hizo callar a la peña y dijo ‘¡Vámonos!’ Bajamos, y subimos a la Mazamorra —o sea, a la combi de Calín— y nos fuimos. Ahí fue la primera vez que lo vi muy molesto por la falta de respeto de los mariachis. Después nada que ver. Calincito siempre está en buena onda, hasta el día de hoy».

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En su libro El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl considera que las personas debemos aceptar y convivir con el conocimiento pleno de que la vida es una licuadora de emociones, con permanentes cuestas, amigables líneas rectas y caídas dolorosas.

La clave reside en no claudicar frente a cualquier circunstancia, enfocarse en todas las cosas por las que merece la pena vivir. “El hombre no inventa el sentido de su vida, sino que lo descubre”, dice Frankl.

Doña Edelmira dice Calín se molesta poco o casi nada. Tiene un carácter superespecial. Roxana Caballero coincide, pero sí recuerda un día que se enojó.

El argentino Ernesto Sábato cree que todo lo que nos pasa en la vida es útil, incluso y, sobre todo, lo malo: “El sufrimiento es más didáctico que la felicidad. Sufrir enseña mucho. Enseña a comprender y ser compasivo con los otros”.

Calín Bocanegra sabe que el “deber de un artista es mantenerse vivo”. Y por “vivo”, dice el escritor William S. Burrough, quiere decir despierto, peligroso, inquieto.

En el 2013 falleció su esposa Rita Bolaños, la artífice del restaurante que atendía en su vivienda. Una mujer talentosa en la cocina y de un carisma y don de gentes inigualable.

Hace 8 años, uno de sus cuatro hijos, Pocho, murió en México. Era músico. Acompañaba a Tania Libertad. Tenía 41 años.

Cuando Calín habla de ellos se tiñe del color “de los patios de las casas tranquilas en las tardes de enero cuando llega el verano”.

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A pesar de su fragilidad, Calín Bocanegra está lleno de vida. Es evidente que en él se ha agitado «el más peligroso de los sentimientos: la esperanza». El criollo espera —y va— hacia un momento mejor. Se esfuerza por tocar, por estar vigente.

Calín Bocanegra

Este 2025, está cumpliendo 56 años de vida musical. ¿Harás algo especial por ese aniversario? No, responde, cuando revisa un atado de fotos de ese pasado generoso y glorioso del que fue protagonista.

Luego complementa con un mensaje verbal y no verbal: «Si alguien me quiere hacer algo…» y empina los hombros. No parece desinterés, sino desafío.

El francés Nietzsche afirma que quién tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo. Calín Bocanegra sabe la situación en la que se encuentra: un artista vigente. Quiero que sus amigos lo sepan, que Trujillo y el Perú lo sepan.


César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona"; en el 2023, "No todo se queda en la cancha". Terminó un doctorado en comunicaciones.