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Accidente en Moyobamba: ¿Por qué no existe una palabra para definir en qué se convierten los padres cuando un hijo muere?

Doce personas perdieron la vida en una tragedia de carretera, entre ellos 5 escolares de Vice, Piura, quienes iban a la selva de viaje de promoción.  

Un hijo es la esencia misma de la vida. Un hijo es la razón de un padre. Un hijo es el centro que da plenitud al corazón de una madre. Un hijo es la encarnación de sueños, sacrificios y amores. Un hijo simboliza la continuidad y el legado de la historia de una familia.

Pero ¿qué sucede cuando sus sueños se apagan? ¿Cuándo su vida se interrumpe de manera abrupta? ¿Dónde quedan los momentos compartidos, las discusiones alrededor de la mesa, las charlas que nacían al final de una ardua jornada? ¿Y qué pasa con los consejos que los padres ofrecían o aquellas opiniones que con poca experiencia los hijos entregaban?

La ausencia deja preguntas que martillan sin fin porque no tienen respuestas.

Posiblemente, no exista un dolor más desgarrador que la pérdida de un hijo. Decir adiós a quien procreaste es una experiencia que desafía el orden natural de la existencia humana.

Es un vacío que trasciende las palabras y que marca el alma con una herida que parece no cerrarse jamás.

Posiblemente, no exista un dolor más desgarrador que la pérdida de un hijo. Decir adiós a quien procreaste es una experiencia que desafía el orden natural de la existencia humana.

Cuando se pierde a un hijo, se pierde la vida, pierdes tu vida.

“Y en secreto, decirte que la vida misma me indica el camino a seguir para que sea un poquito más fácil seguir viviendo”, escribió Claudia Chamorro en su libro Tiempo de vivir.

Porqués sin respuestas

Quinto año de secundaria simboliza un final y, al mismo tiempo, un inicio. Es el umbral hacia nuevos horizontes, nuevos caminos por explorar y recorrer. Es la evidencia de que la vida son capítulos, ciclos, transformaciones.

En esta etapa, el estudiante vuelve la mirada al pasado para reconocer cada paso dado, cada desafío superado, y luego se enfoca hacia el futuro, con la firme determinación de alcanzar cada sueño que un día se planteó.

No es un secreto que, al culminar la etapa escolar, los estudiantes en el Perú suelen mantener viva una tradición entrañable: planificar un viaje que les permita compartir sus últimos días como compañeros de aula.

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Aquel momento no solo marca el cierre de un capítulo importante; sino, también, la transición hacia nuevos rumbos, ya sea como universitarios, trabajadores o el camino que elijan recorrer.

Así fue como la promoción de quinto grado, sección ‘C’, del colegio San Jacinto de Vice, en Piura, tomó la emotiva decisión de planear un viaje a Moyobamba, conocida como la Ciudad de las Orquídeas, en donde no solo compartirían vivencias inolvidables; sino que también inmortalizarían los mejores momentos de su etapa escolar.

No obstante, lo que prometía ser una experiencia imborrable se transformó en un episodio trágico que marcó sus vidas para siempre.

Un 23 de noviembre, la ilusión y el entusiasmo que colorearon los días previos a una prometedora aventura se desvanecieron de manera abrupta.

Leer más: Tragedia en Moyobamba: escolares aseguran que chofer realizó maniobra temeraria antes de caer a barranco

Un autobús interprovincial de la empresa Móvil Bus, que transportó a 58 pasajeros —entre estudiantes, docentes y padres de familia del colegio San Jacinto—, protagonizó un accidente en la carretera Fernando Belaúnde Terry, a la altura del caserío El Triunfo, en el distrito de Moyobamba, provincia de San Martín.

El suceso marcó profundamente a la comunidad. Doce personas perdieron la vida, entre ellos cinco escolares, y más de treinta sufrieron heridas.

Entre quienes fallecieron, se encuentran los dos hijos de Alicia Días Carhuapoma, docente del colegio San Jacinto de Vice, de la ciudad de Piura. Los menores de 17 años y de 2 años, cuya partida resuena con particular tristeza.

Vehículo de Movil Bus en el que viajan escolares de Piura. siete familias perdieron a sus hijos.
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Nadie está preparado para enfrentar una pérdida. Así como no existe un manual que instruya sobre cómo criar a un hijo, tampoco hay un libro que enseñe a apaciguar el dolor que provoca perderlo.

Ante ello, no existe consuelo posible. Cada palabra de aliento se pierde en el vacío, incapaz de llenar el abismo de dolor.

Pues en la mente de los padres resuena una interminable lista de preguntas sin respuesta. ¿Por qué no fui yo quien partió primero? ¿Por qué tomamos esas decisiones? ¿Por qué hicimos ese viaje? ¿Por qué murieron si sus vidas apenas comenzaban? ¿Por qué…?

En Vivir sin Diana de Silvia Appel, la autora aborda el desgarrador proceso de duelo y cuestionamiento de una madre tras la muerte de su pequeña hija. “¿Por qué Diana? Tan dulce, tan pequeña, tan pronto”, emerge, entre sus páginas, esta interrogante que refleja la inmensidad de su dolor y la imposibilidad de hallar consuelo.

En busca de una palabra del dolor

No existen palabras suficientes para expresar el indescriptible dolor que acompaña la pérdida de un hijo; una sensación tan abrumadora que literalmente ninguna lengua parece capaz de capturarla por completo. 

La Real Academia de la Lengua (RAE) define como viudo (a) a quien pierde a su cónyuge, y como huérfano a quien pierde a sus padres; pero no cuenta con un término específico que describa aquella experiencia tan excepcional.

Y no es porque no se hayan planteado alternativas.

En 2017, la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer (FEPNC) emprendió una iniciativa con el propósito de que la RAE reconociera un término que expresara el profundo dolor de aquellos que han perdido a un hijo.

No existen palabras suficientes para expresar el indescriptible dolor que acompaña la pérdida de un hijo; una sensación tan abrumadora que literalmente ninguna lengua parece capaz de capturarla por completo. 

De este modo, la organización propuso un término, el cual difundió a través de diversas campañas, con el fin de que la RAE incluyera en su diccionario la palabra ‘huérfilo’, destinada a designar a los padres que atraviesan esta desgarradora experiencia.

Para algunos padres, nombrar las cosas y llamarlas por su nombre les permite afrontar la realidad sin tener que revivir sucesos dolorosos que prefieren mantener congelados en su memoria.

Decir que perdieron a un hijo, con solo emplear ese término, se transforma en una forma de describir una pérdida tan profunda que escapa a las fronteras del lenguaje y se convierte en una forma de expresar una pérdida indescriptible.

Como bien expresaba William Shakespeare en su obra Macbeth: “Dad palabras al dolor. La desgracia que no habla murmura en el fondo del corazón hasta que lo quiebra”.

Aunque el término ‘huérfilo’ lleva años en discusión, su inclusión en el diccionario de la RAE aún no es una realidad.

La institución aclara que su labor no es decidir qué palabras deben incorporarse, sino reflejar las que ya tienen un uso extendido en la sociedad.

Según su criterio, la falta de aceptación generalizada de ‘huérfilo’ lo mantiene fuera de sus registros.

En su sitio web, la academia señala que este neologismo puede sustituirse por ‘huérfano’ en su segunda acepción o, de manera más precisa, «huérfano de hijo(s)». Sin embargo, algunos lingüistas no consideran válida esta adaptación.

El tiempo, la mejor medicina

El tiempo posee un ritmo singular, una cadencia que alterna entre lo sereno y lo tempestuoso.

Nos regala instantes para la risa, el llanto, el grito o el silencio reflexivo, como si en su danza abarcara todas las emociones humanas.

Pero en los momentos de adversidad, su andar se torna lento, semejante al de una tortuga que arrastra las horas y detiene los días.

Los minutos parecen desorientados, y los años, al transcurrir, adquieren una cualidad etérea, cargados de un peso que se siente casi insoportable.

En ese abismo de incertidumbre, el mundo parece contener la respiración, y el tiempo emerge como un enigma fascinante, capaz de sanar las heridas más profundas al mismo tiempo que pone a prueba la resistencia.

En las páginas de Tiempo de vivir, Claudia Chamorro reflexiona con profunda sensibilidad sobre el peso del tiempo: «En este caso el transcurrir del tiempo no es alivio, porque el tiempo lo que hace es marcar aún más esa distancia entre estar y no estar que tanto lastima; el tiempo no necesariamente es sinónimo de olvido».

Libre
El chofer Mario Rosales Bonifacio, quedó en libertad luego de que el juez Andrés Loli Sánchez, del Primer Juzgado de Investigación Preparatoria de Moyobamba, rechazó la solicitud presentada por la Fiscalía Provincial Mixta de Jepelacio, que solicitó 4 días de detención preliminar.
Rosales sufrió una fractura en la pierna derecha, pero se encuentra fuera de peligro.

El sufrimiento carece de una duración establecida, pues cada persona lo vive de manera única y a su propio ritmo. Por ello, resulta fundamental que familiares y amigos brinden su apoyo durante este proceso, en el cual ofrezcan compañía y comprensión.

Habrá instantes en los que los padres, inmersos en su dolor, deseen abrir su corazón, expresar sus emociones y compartir sus pensamientos.

En esos momentos, el entorno cercano debe estar dispuesto a escuchar con empatía y permitir que sus sentimientos encuentren un espacio seguro y acogedor.

“El dolor se apacigua al ser compartido con otros”, afirmó Piedad Bonnett en su obra Lo que no tiene nombre.

Escribe Danitza Anaya Montenegro

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