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La Esperanza de aniversario: Miss Gordita, el concurso de belleza que rompió estereotipos

En el distrito trujillano, en el 2017, se desarrolló un certamen de belleza que premiaba a las mujeres de talla larga. Fue un evento de empoderamiento y un arrebato para cambiar la percepción hegemónica de belleza.

Dos días después de ganar la corona de Miss Gordita, Wendy Arréstegui Cotrina dice que su vida no ha cambiado nada.

“¿Por qué va cambiar?, si es una simple corona”, alega, segundos antes de que una mujer, sentada en la misma banca donde está ella en la plaza central del distrito de La Esperanza, exteriorice su sorpresa porque Wendy, de veinticinco años, pelo rubio y 75.5 kilos, sea reina.

“¡¿Qué?! ¿Tan feas fueron las otras participantes?”, exclama con una impertinencia que no se sabe si interpretar como burla o como broma.

—¿A mí me dice fea? — Contraataca la Miss Gordita mirando a la mujer —¿¡A mí!? —le repite con su voz ronca. Luego se ríe, esa risa que no es genuina, sino obligada por las circunstancias.

Minutos después posa como su majestad para el fotógrafo del diario La Industria. Mira a la cámara como una soberana de curvas excesivas.

“¡¿Qué?! ¿Tan feas fueron las otras participantes?”, exclama con una impertinencia que no se sabe si interpretar como burla o como broma.

Su amiga Katy, una flaca a leguas y que, por estos días, es una especie de chaperona, cuenta que Wendy siempre ha sido así: “Nunca finge”, dice sin dejar de teclear en el celular.

Es rara una reina gorda. Tal vez esa mujer, sentada al lado de Wendy, no supo que el martes 24 de enero, en el coliseo municipal de La Esperanza, se desarrolló un concurso de belleza para mujeres de más de setenta kilos.

Según el municipio, el evento es el primero de este tipo que se organiza en el Perú, un país en el que, de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística e Informática (Inei) el 35,5% de personas de quince y más años de edad presenta sobrepeso y el 17,8 %, obesidad.

Sobrepeso y obesidad son primos hermanos. El índice de masa corporal (IMC) es la frontera que divide ese parentesco. Este promedio se calcula dividiendo el peso de una persona entre el cuadrado de su talla.

Se consideran con sobrepeso las personas cuyo IMC es mayor o igual a 25, y serán obesas cuando el IMC es mayor o igual a 30. El IMC de Wendy Arréstegui Cotrina es de 31.

—Pero, ojo, no siempre fui gordita.

Empoderar

Isa Torres, la zarina de la belleza en La Libertad, actuó como presidenta del jurado de Miss Gordita. A todas las participantes las esperaba al final de la pasarela con su celular en modo cámara fotográfica.

“Ha sido un importante evento, que nos ha dejado tantas cosas buenas que ya pensamos en organizar, nosotros —habla de su empresa—, una cosa más grande”, adelanta la experta en reinas.

Hay un verbo de moda: empoderar; es decir, darle poder a quienes no lo tienen. Ese ha sido uno de los propósitos del certamen: desplegar la fuerza en un sector de la población que tiene pocas oportunidades para desarrollarse.

Hay un verbo de moda: empoderar; es decir, darle poder a quienes no lo tienen. Ese ha sido uno de los propósitos del certamen: desplegar la fuerza en un sector de la población que tiene pocas oportunidades para desarrollarse.

Isa Torres define a este grupo como de personas con “peso adicional”. En tiempos en que la gordura es como la peste, abrir camino para que quienes padecen de esta ‘enfermedad’ brillen es un acto de justicia.

“Hemos apuntado a desarrollar actitudes, es decir, la predisposición a que las chicas se sientan y se vean bien”, explica quien acompañó a Maju Mantilla a que se consagrara como la mujer más bella del mundo, en el 2004.

La evidencia de lo que dice Isa Torres fue la performance de las ocho candidatas en el escenario. Todas llegaron de distintos lugares de La Libertad. Primero bailaron en grupo, luego exhibieron su cuerpo en ropa de baño —unas con enterizo y otras con dos piezas— y después vistieron sus mejores galas.

Concursantes de Miss Gordita posan en la pasarela del coliseo de La Esperanza.

En cada intervención se percibía en ellas el orgullo de creerse bellas. “La belleza es un estado de ánimo”, escribió el francés Émile Zola.

Miss Gordita: histórico y social

—¿Crees que ser gordita es un obstáculo para progresar?— pregunta el maestro de ceremonias a una candidata de ochenta kilos.

Un tenue silencio se apodera del coliseo abarrotado de un lascivo público. Es el silencio del morbo, ese mecanismo que sirve para sentirnos, en algunas circunstancias, superior al resto.

Esta noche, el morbo es activado por esa candidata y sus compañeras, quienes, valientes, han lucido su anatomía para reivindicar que la belleza trasciende las formas y, también, para que la gente, sentada en las gradas y de pie, se sienta menos fea.

En medio de esa muchedumbre hay una mujer que calza zapatillas y que apenas entra en un ceñido traje deportivo de un color semejante al marrón.

Se muerde las uñas y conversa con sus acompañantes. Cuando unas de las candidatas sale en ropa de baño, aplaude como primate para burlarse. Un pequeño, quien está jugado por sus pies, recoge una bolsa de caramelos y se lo lleva a la boca.

Ahora en la pasarela desfila una concursante en dos piezas. La mujer de buzo la señala y se carcajea, mira a sus acompañantes —también dos gordas— que están una escalinata más arriba y se golpea con las palmas las rodillas, agacha la cabeza y ve al niño, quien al parecer es su hijo, comiendo basura.

El concurso Miss Gordita es una gota en el mar de los estereotipos que modelan el mundo actual. 90-60-90 son dígitos que resumen la beldad de una mujer. Mientras más alta y delgada, mucho mejor.

 Es difícil precisar el concepto de belleza. Es abstracta y solo se define en los ojos de las personas, no en los objetos. Como es complicado construir la noción de belleza —“La belleza es un enigma”, aporta Fiodor Dostoievski—, entonces aceptamos el canon construido por la sociedad, el cual cambia constantemente.

Cuando unas de las candidatas sale en ropa de baño, aplaude como primate para burlarse. Un pequeño, quien está jugado por sus pies, recoge una bolsa de caramelos y se lo lleva a la boca.

Lo hermoso es histórico y social. En la Edad de Piedra, las mujeres bellas eran aquellas de caderas anchas y de senos grandes. Para los antiguos egipcios, el cuerpo de la mujer debía estar armónicamente proporcionado.

Utilizaron un puño como unidad de medida. Una mujer bella era aquella que medía dieciocho veces el tamaño de su puño. Para los griegos, la belleza de la mujer se acercaba a la robustez. En la Edad Media, la belleza era una gracia de Dios, algo espiritual que trasciende el cuerpo. En los sesenta, la delgadez extrema se impone.

En una encuesta a cuatro mil estadounidenses, la mitad prefirió vivir un año menos de vida a ser gordos. Además, el 5 y el 4 % afirmaron, respectivamente, que preferían perder una pierna o quedarse ciegos a sufrir de sobrepeso. Sin embargo, en Mauritania, África, los hombres mueren por casarse con un gorda.

Belleza ausente

Wendy se ubica detrás de las bambalinas, luego de la ronda de preguntas finales. Califica de excelente su respuesta. “¿Cuál es la importancia de la autoestima en la mujer?”, le preguntaron.

“Fácil, ¿sí o no?”, valora en el camarín. Luego levanta los hombros cuando se le consulta por las respuestas que dieron sus compañeras. No es un simple movimiento: es una mueca de autosuficiencia, la pose de una sabelotodo. Tararea una canción ininteligible y mira a todos lados como buscando algo que no le interesa.

Se recuesta sobre la mesa en la que están ordenados los premios del certamen, el mejor de ellos, un tratamiento de modelado corporal, algo parecido a una lipoescultura. Ironías del concurso: se premia a las gordas para volverlas flacas.

La ganadora recibirá también un par de zapatos, un vestido de noche, un vale de seis meses para un gimnasio, doscientos cincuenta soles en efectivo y un pasaje a Cajamarca, que finalmente, no llegará a las manos de la elegida.

Las participantes se miran de costado. Una se saca los zapatos para aliviar sus dedos. Otra pide ayuda para ajustarse el corsé. Algunas toman asiento en sillas plásticas. Una de ellas llora. “¿Por qué se dice que el Perú va camino al bicentenario?”, le preguntaron y olvidó la respuesta. “¡¿Por qué lloras?!”, le grita Wendy para darle ánimos.

El maestro de ceremonias llama a las finalistas al escenario. De ocho, cinco han llegado a esta instancia. El rumor que corre a esta hora en el coliseo es que la favorita del certamen es una gordita que no concursó y que está sentada entre el público.

Es una suboficial de la Policía Nacional del Perú, quien participó en todos los ensayos, recorrió los sets de televisión para promocionar el concurso; pero el día del certamen no recibió el permiso de su comando. Los organizadores llamaron a Lima, a su jefe, pero todo intento fue vano.

Wendy celebra eufórica. Baja del escenario y abraza a su mamá, quien aplaude con sus brazos pegados al pecho, como si se estuviera abrazando.

El maestro de ceremonias llama a las finalistas al escenario. De ocho, cinco han llegado a esta instancia. El rumor que corre a esta hora en el coliseo es que la favorita del certamen es una gordita que no concursó y que está sentada entre el público

Cuando, la ahora reina se va a gritar y abrazar con sus amigas, la señora Cotrina cuenta que veía muy complicado el triunfo; sin embargo, su hija siempre decía que estaba por encima de las demás candidatas.

“Ella tiene una carácter fuerte. No se deja dominar por nadie. Tiene el (sic) autoestima muy alto, pero yo siempre le he pedio (sic) que sea humilde”, dice con los abrazos pegados a su pecho.

—¿Ese carácter a quién le ha sacado?

Al día siguiente, con la corona, regresó a darle las gracias. La flamante reina es cosmetóloga, pero el año pasado trabajó como profesora de inicial en un caserío del distrito de Sinsicap, en la provincia de Otuzco, al que se llega luego de caminar dos horas. Por estos días, espera que la municipalidad de ese distrito andino la vuelva a llamar para contratarla.

—A su papá, a su papá que lo mataron —dice la señora Cotrina y voltea a mirar a su hija, quien, en ese instante, le presta la corona a una de sus amigas para que se tome una fotografía.

Al papá de Wendy Arréstegui Cotrina lo mataron los terroristas. Ella tenía cuatro años, pero nunca lo ha olvidado. Horas antes del inicio del concurso fue a visitarlo al cementerio de Miraflores.

“Quiero el trabajo, pero no quiero llamar yo porque vayan a pensar que les estoy rogando”, dice camino al centro de Trujillo en busca de un vestido para presentarse en un set de televisión.

La Miss Gordita alguna vez fue flaca. “Flaca con cuerpo, ah”, aclara. Pesaba cincuenta y ocho kilos, pero cuando llegó a trabajar en los centros de belleza del centro comercial El Virrey, empezó a ensancharse y a escribir la historia que la catapultaría como la primera Miss Gordita del Perú.


*La versión original de este texto apareció en enero del 2017 en el diario La Industria. Luego, en el 2018 formó para del libro Tercera persona de César Clavijo Arraiza.

César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona" y ahora está a punto de terminar un doctorado en comunicaciones.
César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona" y ahora está a punto de terminar un doctorado en comunicaciones.
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