A Daniela Calle por su amistad única.
Desde niño, me gustó escuchar historias, pero más escuchar. Los libros vinieron en un envase de rebeldía. Al principio, me entretenía un relato con ilustraciones vintage y una moraleja que era predecible desde los tres primeros párrafos.
Iniciando la secundaria, odiaba un curso: álgebra. Los números y las letras tienen una relación tóxica. Solo sirven para declaraciones de guerra. O así lo pensaba.
Por las inmediaciones de la plaza mayor de Paita (Perú), existe un puestito ambulante de libros. A veces, mi madre compraba ahí sin consultarme. Siempre por una obligación curricular o fraterna.
Un día, paseaba por esas calles y mis ojos acariciaron verticalmente aquellas columnas untadas de las más amorosas mentiras. Un título me observó y cedí: Malditas matemáticas. Alicia en el país de las maravillas. Era un pedazo débil con páginas avejentadas.
Iniciando la secundaria, odiaba un curso: álgebra. Los números y las letras tienen una relación tóxica. Solo sirven para declaraciones de guerra. O así lo pensaba.
Adoro lo decadente y lo que no es mío, como el poema Monsieur Monod no sabe cantar de Blanca Varela. No podemos tenerlo todo. O, ¿sí? Esa historia iba a ser mía.
Quizá fue un remezón cupidesco o la inmensa molestia de aprender fórmulas interminables y resolver un problema numérico solo para superar al compañerito que ocupaba el primer puesto. Nonadas.
Quise ese libro. Lo quise. Quise eso que representaba un aliado en mi tonta batalla para eliminar una asignatura. Hoy, un libro sigue siendo un querido aliado para la narcótica vida.
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Creo que junté, durante tres semanas, las propinas de mis dadivosos padres. Pasé por esa tiendita y aún estaba ahí. Lo compré. El vendedor me miró con una sonrisa pederasta. No iba a leerlo, iba a satisfacerme de expulsar mi propia rabia.
“Lo sé. Sé que nunca más encontraré a nada ni nadie que me inspire pasión. Tú sabes que ponerse a querer a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera… Hasta hay un momento, al principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace. Sé que nunca más saltaré”.
– La naúsea, Jean Paul Sartre.
—
Rápidamente, empecé a inspeccionarlo. Vi sus bordes hambrientos, su vulnerable tamaño y su portada nostálgica que ansiaba encontrar unas manos pueriles para revivir. Mientras caminaba, no lo abrí para leerlo. Solo lo contemplé.
Llegué a casa y sucedió. Alicia, la niña curiosa de Lewis Carroll, cuestionaba las matemáticas. El inicio me cautivó. Luego, fueron un montón de páginas explicando la historia de los números. No seguí. Abandoné el texto.

El filósofo Darío Sztajnszrajber menciona que el primer amor es el primer desamor. Casi siempre no es lo que esperamos ni surge lo recíproco. Nos decepcionamos porque idealizamos lo imperfecto: nosotros.
Más tarde, en secundaria, me llamó la atención la literatura infantil. Exactamente, dos obras: Historia sobre un corazón roto… y tal vez un par de colmillos y El club limonada.
El primer texto trata sobre Sebastián, un niño ordinario que vive con su familia en una zona tranquila de departamentos hasta que una noche el ladrido de un perro no lo deja dormir.
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A la mañana siguiente, se entera de que es el perro de la nueva vecina: Nadia. El chico queda templadito de la muchacha. Le pide ayuda a Pedro para enamorarla y él empieza a crear teorías sobre los orígenes de Nadia y su misterioso padre.
La otra historia cuenta sobre tres amigos adolescentes: María, Alejandra y Juancho. Ellos crean un club para compartir sus experiencias amorosas y desahogarse. A medida que la amistad crece, su lealtad es probada cuando la vida de María se ve afectada por la enfermedad de su padre.
El primer texto trata sobre Sebastián, un niño ordinario que vive con su familia en una zona tranquila de departamentos hasta que una noche el ladrido de un perro no lo deja dormir.
A pesar de que, en paralelo, me ponía al día con los plúmbeos clásicos literarios, no me producían una sensación liberadora. Fueron los dos libros descritos, los que hicieron que me identificara y enamorara de los libros.
La amistad es la forma más cercana que tenemos de un amor genuino. Siempre lo creí. Incluso, antes de embobarme por la lectura. Muy cursi, ¿no?
Descubrí que la realidad es lluvia y la literatura es fuego. Nunca se sabe quién ganará. Pero estaba seguro que quería arder y acompañar a los personajes hasta que un grito paterno nos separé.
Un día, un buen amigo escolar me sugirió ver una serie: Merlí. La historia de un profesor de filosofía en quiebra que consigue dar clases en una preparatoria. En su primera clase, saca a todos sus alumnos a la cocina del establecimiento. Dan vueltas y vueltas.
—¿Todo el mundo está capacitado para filosofar? —pregunta Paul, estudiante.
Merlí se queda en silencio por varios segundos.

—He estado callado por dos razones: para pensar en la respuesta y para demostrar que cuando uno piensa, la gente lo mira mal —expresa Merlí.
—No me has contestado. ¿Todo el mundo puede filosofar? —reitera Paul.
—¿Tú qué piensas?
—¿Yo? Yo creo que, si la filosofía sirve para poner en duda aquello que sabemos, todo el mundo puede hacerlo, pero no todos quieren hacerlo.
—Te acabas de convertir en mi alumno preferido.
Segundo flechazo.
Ahora, necesitaba un libro de filosofía. Ahora. ¿Qué era la filosofía? Poner de cabeza todo lo que damos por hecho. Son las dudas que todos hemos tenido, pero pocos hemos cultivado. Es lo que he hecho desde que puedo pensar: la muerte, el amor, Dios, el poder, la religión, el todo, la belleza, el pensar…
“Hoy es siempre todavía,
toda la vida es ahora”
Antonio Machado, poeta.
—
Husmeando por los rincones de un desaparecido YouTube friki, me encontré con una charla que hablaba sobre la verdad. Era dictada por el filósofo Darío Sztajnszrajber. Me impresionó su capacidad para cautivar a las audiencias e impartirle conocimientos de modo entretenido.
Lo googlee. Tenía una obra exitosa nombrada Filosofía en 11 frases. Un libro que recorría las principales frases que alguna vez todos han escuchado. Por ejemplo: “Pienso, luego existo”, “solo sé que nada sé” o “Dios ha muerto”.
Me aferré con toda mi escasa esperanza al libro. Cada párrafo era un desgarramiento existencial. Era angustia vitamínica. Era una verdad en caída libre. La provocación mediante diversas voces de un mismo autor que se contradecía.
Husmeando por los rincones de un desaparecido YouTube friki, me encontré con una charla que hablaba sobre la verdad. Era dictada por el filósofo Darío Sztajnszrajber. Me impresionó.
¿Acaso no es lo que siempre fuimos? Profeta y pujante. Parte verdad, parte ficción. Contradicción viviente (Taxi Driver, 1976).
Filosofía en 11 frases hizo que empezara a leer e investigar con una convicción vital. Lo hacía mientras amaba. Escribía con pasión inspirado en los temas que se afirmaban, se rebatían y se volvían a afirmar.
¿La muerte? Nunca la pasaremos porque cuando ella está, nosotros no estamos. ¿Dios? Una construcción para sostener nuestro propósito y la necesidad de trascender. ¿El amor? Una imposibilidad que aparece en el otro cuando lo distorsionamos con todo nuestro ser. ¿La belleza? Decadencia primaveral. ¿El pensar? Tú y yo.

Los libros no se leen, se cuentan. La historia detrás de cada libro es lo que hace que un libro se convierta en un estandarte de libertad. En un testigo de lo que fuimos y seremos.
Es una lengua que guarda en sus cavidades, el placer de saber quiénes somos mediante fábulas.


