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¿Sabes cuál es la avenida más pequeña de Trujillo? Te la cruzaste y no lo supiste

De la discordia entre significante y significado a la oportunidad de convertir la arteria más pequeña en un símbolo de identidad urbana.

Un minuto. Tal vez, menos. Ese es el tiempo que se tarda en cruzar la totalidad de la avenida Palmas de Mallorca, en la urbanización La Esmeralda. Setenta y ocho pasos. Tal vez, más.

El tiempo y las pisadas son relativas. Sin embargo, esta parte enana de la ciudad cumple a plenitud su función: sirve para la circulación de personas y vehículos; pero, también, para la mala educación que convierte sus bordes en zona de estacionamiento.

Pero hay algo más que la oprime.

Por su tamaño, su ubicación y la falta de señalización, se le confunde con un callejón cualquiera. No hay bancas, ni elementos que inviten a los peatones a permanecer en el lugar.

La mayoría de personas la cruza rápido y otros la usan solo para acortar camino. No conecta barrios ni urbanizaciones. Queda encajada entre el MallPlaza Trujillo y la huaca La Esmeralda.

Por su tamaño, su ubicación y la falta de señalización, se le confunde con un callejón cualquiera. No hay bancas, ni elementos que inviten a los peatones a permanecer en el lugar.

Cuando en el lugar solo se encontraba la construcción arqueológica de la cultura Chimú, la avenida no era avenida. Apenas era un carril asfaltado y deteriorado. El resto era polvo y olvido. Cuando llegó el centro comercial, todo cambió, porque lo económico moldea la ciudad.


Avenida de nombre; pasaje en la práctica

El conflicto aparece con el nombre. El sitio figura, oficialmente, como avenida, una palabra que se asocia a recorridos largos, tránsito constante y centralidad urbana. Una discordia entre el significante y significado.

Llamarla avenida parece más un capricho administrativo que una descripción real del espacio. Y esa distancia entre el nombre y lo que el lugar es se vuelve evidente cuando se le recorre en apenas setenta y ocho pasos.

Palmas de Mallorca, la avenida más pequeña de Trujillo.
Foto: César Clavijo Arraiza.

Según la Real Academia Española, una avenida es una vía urbana ancha. Destinada al tránsito de vehículos y peatones, y que suele cumplir un rol importante dentro de la estructura de la ciudad.

La definición no se limita a una cuestión nominal, sino que implica tamaño, circulación y función.

Las avenidas, además, definen a las ciudades. La avenida 9 de Julio inflama el ego a los argentinos, quienes la consideran la más grande del mundo. La Quinta Avenida de Nueva York es una alegoría al capitalismo que exacerba Estados Unidos. La elegante avenida de los Campos Elíseos une la plaza de La Concordia con el Arco del Triunfo en la fotogénica y cosmopolita París. La Gran Vía de Madrid ofrece belleza ornamental y entretenimiento.

El arquitecto Jhonatan Linares Benites señala que estas arterias funcionan como escenarios donde concluye la movilidad, comercio y prácticas sociales.

En ciudades asiáticas, europeas y latinoamericanas, estos grandes ejes construyen identidad urbana y proyectan una imagen clara hacia dentro y fuera de la ciudad.

Con Palmas de Mallorca no ocurre nada de ello. No hay carriles amplios, no hay continuidad ni flujo visible. Empieza en la avenida América Oeste y termina en un muro de adobe.

Llamarla avenida parece más un capricho administrativo que una descripción real del espacio. Y esa distancia entre el nombre y lo que el lugar es se vuelve evidente cuando se le recorre en apenas setenta y ocho pasos.

Destacan, apenas, una tienda de muebles y un edificio largo y delgado como un carrizo. Después, ambulantes de desayuno, aparcadero informal, huecos y basura.

Sin embargo, su verdadera condena no es física, sino simbólica: es una NN, un no-lugar. Pocos la conocen por su atributo único: ser la más pequeña de Trujillo. Vive condenada en la ignorancia y en la desatención. Es un lugar sin raigambre ni likes.

Esta parte de la ciudad se parece al ser que describe Octavio Paz en su poema La calle: “Vueltas y vueltas en esquinas que dan siempre a la calle donde nadie me espera ni me sigue”.

¿Dónde se ubica la avenida más pequeña de Trujillo? El arquitecto Linares Benites responde con seguridad: “En el Recreo”. Se refiere a la avenida Venezuela, donde funciona El Cultural, el centro de enseñanza de inglés. En efecto, también, es una arteria chata, pero no es la más menuda de Trujillo.

Linares explica que una avenida se define como una vía de dos carriles con una berma central, la cual debe permitir la fluidez del desplazamiento y la conexión entre distintos puntos de la ciudad. 

Palmas de Mallorca, la avenida más pequeña de Trujillo.
Foto: Runafoto.

Minutos después, se entera de la existencia de Palmas de Mallorca, que debe ser la mitad de la longitud de la avenida Venezuela.  

La falta de reconocimiento por su autenticidad es lo que más la oprime.

Cuando los usuarios definen el espacio

“Que es una ciudad? ¿Una máquina para vivir? ¿Un organismo? ¿Una red? ¿Un fenómeno económico? ¿La base material de una sociedad? ¿Una colmena o una madriguera de y para humanos? Aunque estas preguntas, en su pluralidad, pareciera buscar una definición, en realidad nos ubican en una problemática”, se plantean Elder Cuevas-Calderón y José Enrique Finol, en su libro Semiótica de la ciudad.

Las calles, las avenidas, los pasajes son las venas y las arterias de las polisémicas y complicadas ciudades; pero también son el fruto de la actividad humana. ¿Qué hace el humano en ellas? De Certeau planteó que no se debe estudiar solo la “cosa”, sino, también, “qué se hace con ella”.

Entonces, el sentido del lugar aparece en quienes lo usan. Esta teoría se encarna en las voces concretas de los vecinos y trabajadores del entorno, quienes terminan definiendo su significado. Para ellos, este espacio no actúa como una avenida, sino como un paso breve.

“Que es una ciudad? ¿Una máquina para vivir? ¿Un organismo? ¿Una red? ¿Un fenómeno económico? ¿La base material de una sociedad? ¿Una colmena o una madriguera de y para humanos?»

Fausto Díaz Leyva describe el lugar como un área de tránsito sin mayor relevancia. “No es una vía donde la gente se detenga ni se reúna, sino un tramo que se atraviesa rápido para llegar a otro punto”, explica.

Esa percepción es compartida por José Reyes Ruiz, para quien el lugar es usado como un paso rápido: “La cruzan y ya”.

Ambos testimonios coinciden en que no existe un vínculo simbólico con el espacio ni una apropiación que lo convierta en un punto relevante del entorno urbano.

El profesor Óscar Ñique Cadillo advierte que cuando un espacio no es reconocido por quienes lo usan, pierde capacidad de comunicar. Para Ñique, el nombre oficial no basta si no existe una experiencia cotidiana que lo refuerce; cuando esa distancia se mantiene en el tiempo, el lugar queda reducido a un fragmento sin significado claro dentro de la ciudad.

“Las ciudades también comunican a través de sus calles; cuando una avenida no articula ni conecta, el nombre pierde contenido”, señala.

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Esa percepción se refleja también en el desconocimiento generalizado sobre su condición oficial. A seis personas se les preguntó si conocían que esta parte de la ciudad es denominaba como avenida. Solo una afirmó saberlo. Para el resto, se trata de un tramo corto que se cruza y se deja atrás, sin nombre ni peso dentro de la urbe.

Pero ese problema es una gran oportunidad. Palmas de Mallorca es única en Trujillo. Esa singularidad debería ser aprovechada por propios y extraños. Primero, para embellecerla y, luego, para sacarle provecho. El provecho de ser original.


Avenidas que organizan, vías que solo atraviesan

En la capital de La Libertad, donde viven más de un millón de personas, vías como Mansiche o Condorcanqui atraviesan varios distritos, concentran transporte público y funcionan como eje de circulación constante. La diferencia no es solo de tamaño, sino de función: organizan la ciudad.

Frente a ellas, Palmas de Mallorca queda reducida a un tramo breve, sin continuidad ni peso dentro del esquema vial.

Esta diferencia se acentúa si se observa el origen de las avenidas. En el Perú, estas surgieron como parte de procesos de expansión y ordenamiento urbano. En ciudades como Lima, fueron pensadas como sostenes largos que conectaran distritos, facilitaran el transporte y concentraran actividades económicas.

Esa lógica se replicó en otras localidades, donde el término avenida quedó asociado a movimiento, amplitud y centralidad. Estas ideas se vuelven evidentes con lo que ocurrió, en diciembre del 2024, en la avenida Huamán.

Palmas de Mallorca, la avenida más pequeña de Trujillo.
Foto: Runafoto.

La municipalidad intervino para darle continuidad al camino. La ampliación de la vía implicó la expropiación de viviendas y la demolición de casas que interrumpían su paso. La acción buscó habilitar un segundo carril y consolidarla como un soporte de circulación, aun cuando ello supuso modificar de manera directa el entorno residencial preexistente.

En sentido contrario, la avenida El Ejército, una de las arterías más antiguas de la ciudad, no debería llamarse como tal. No tiene dos carriles. No tiene berma central. Solo recibe tráfico de un solo sentido.


Un espacio suspendido entre escalas

En distintos lugares del mundo, el tamaño de una vía no define por sí solo su importancia, pero sí participa en la construcción de su significado urbano. Existen calles mínimas que, a pesar de su extensión reducida, han logrado convertirse en referentes simbólicos.

En Escocia, Ebenezer Place recibió el Guinness World Records como la calle más corta del mundo, con solo 2.06 metros de largo. En Francia, L’Androuno es conocida por ser la calle más angosta con 29 centímetros en su punto más estrecho. En estos casos, la brevedad no resta valor: se transforma en identidad.

En la capital de La Libertad, donde viven más de un millón de personas, vías como Mansiche o Condorcanqui atraviesan varios distritos, concentran transporte público y funcionan como eje de circulación constante. La diferencia no es solo de tamaño, sino de función: organizan la ciudad.

Ñique explica que el sentido de un espacio urbano no depende únicamente de su dimensión física, sino de cómo es incorporado al relato de la ciudad. Estas calles pequeñas no pasan desapercibidas porque se nombran, se reconocen y se integran al imaginario colectivo.

En ambos extremos, calles mínimas y grandes avenidas, el espacio logra comunicar algo reconocible. La diferencia está en cómo se lo piensa, diseña y usa.

Cuando estas condiciones no se presentan, como en el caso de Palmas de Mallorca, el espacio queda suspendido entre categorías: no alcanza el valor simbólico de una vía singular ni la fuerza representativa de una gran avenida. “Calles. Me persigue un Dios muerto”, escribió, en un poema breve (haiku), Alfonso Cisneros Cox.

Palmas de Mallorca tiene calle y es elegante. Nació original y no debe pretender ‘morir’ siendo una copia. La semiótica postula que el significado de un lugar se lo da la actividad humana.

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Allí está el camino para que autoridades, vecinos y la comunidad en general aprovechen  esa condición de lugar genuino y lo intervengan y se apropien de él. Todo —o casi todo— en la vida es una decisión. “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”.

En este mundo, como lo define Martin Heidegger —uno de  los filósofos que más defendió la autenticidad—,  donde “cada uno es el otro y nadie es él mismo”, esta calle pigmea ofrece más que su natural tamaño; porque  así como los cuerpos nunca mienten, las calles tampoco.

Un texto de Axel Alvarado Prado y Farid Florián de la Rosa.

(Contenido producido en el curso Introducción al Periodismo del programa de Comunicación y Medios Digitales de la Universidad Privada Antenor Orrego.)