“Nadie se va de esta vida sin recibir su vuelto”, dice un refrán popular que alude a la justicia poética. Y eso es exactamente lo que le ocurrió a Alianza para el Progreso (APP). El partido liderado por César Acuña no perdió una elección; sufrió una implosión de marca.
Una crisis que, irónicamente, le explotó ‘como cancha’ en la interna, dejando al descubierto que el dinero puede comprar paneles, pero no puede tapar el sol de una gestión deficiente. Fue una caída anunciada, un colapso de modelo de negocio donde la realidad terminó cobrándole al marketing lo que el marketing prometió de más. Fue una factura pendiente que llegó, además, con los intereses de la calle.
Según los reportes preliminares de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), APP no logró superar la valla electoral del 5 %. No es un detalle técnico: es una señal de defunción política. Durante años, operaron como una estructura vertical donde el poder no se construye, se administra; donde no hay militantes, hay operadores con cláusula de permanencia; donde no hay ideología, hay un Excel de cálculo.
Acuña fue elegido para gobernar La Libertad y, fiel a su estilo de ‘emprendedor’ que salta de rubro, no terminó lo que empezó. Apostó por el brinco nacional sin haber saneado su propio bastión.
Es lo que advertía Angelo Panebianco: los partidos sin identidad sólida son solo maquinarias instrumentales que se resquebrajan cuando el electorado les exige, por fin, un poco de sentido.
Esta fragilidad es el síntoma de lo que Zygmunt Bauman denominaba ‘política líquida’, donde las instituciones pierden su forma y solidez para convertirse en recipientes temporales de intereses privados.
Bauman sostiene que, en la vida líquida, no hay compromisos definitivos, sino vínculos que se disuelven cuando el beneficio desaparece. APP sería un ejemplo de ese contrato rescindido por un electorado que se cansó de ser tratado como cliente de segunda.
APP no es —ni fue— un partido político en el sentido clásico. Es una empresa que quiso jugar a la democracia. Y ahí está el origen de su quiebra técnica. Porque los partidos-empresa funcionan con una lógica de expansión y control; pero la política no es una planilla. Un partido sin mística construye dependencia, y la dependencia dura lo que dura el flujo de caja.

César Acuña no es un accidente dentro de APP; es su mejor definición. Su liderazgo entiende el poder como una escalera empresarial: la región es la plataforma, el voto es la inversión y la gestión pública es una extensión del negocio familiar. Pero en ese negocio, como él mismo ha repetido hasta el cansancio, ‘manda la plata’. El problema es que en política, la plata compra visibilidad; pero no, impunidad histórica.
Acuña fue elegido para gobernar La Libertad y, fiel a su estilo de ‘emprendedor’ que salta de rubro, no terminó lo que empezó. Apostó por el brinco nacional sin haber saneado su propio bastión. Aplicó una ‘navaja de la ironía’ brutal: mientras la gente corría por su vida, el gobernador se aferraba a la corbata calculando un salto que terminó siendo su caída al vacío electoral.
Abandonar el timón en plena tormenta del crimen organizado no es solo un error táctico; es una desersión o desplante institucional, porque el ego y la soberbia pesaron más que la convicción política. Desde entonces, empezó a perder terreno.
Activos tóxicos: el balance de una gestión de cartón
No es una lectura caprichosa; los datos lo gritan. Según el Sistema Informático Nacional de Defunciones (Sinadef), La Libertad no atravesó una crisis, sino una masacre: los homicidios pasaron de 69 a casi 300 entre 2017 y 2024, una magnitud que, por estándar internacional, representa una tasa crítica por cada 100 000 habitantes.
Solo en 2025 se registraron más de 200 víctimas, mientras que las denuncias por extorsión se quintuplicaron, sumando más de 3900 casos. En Trujillo, el estallido de las dinamitas dejó de ser noticia para convertirse en la banda sonora del miedo cotidiano. A pesar de este escenario de guerra, Acuña y sus asalariados intentaron vendernos que esta era la gestión que más invertía en seguridad. Mentira.

Al revisar el portal Consulta Amigable del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), la realidad se mostró obscena: entre 2023 y octubre de 2025, el Gobierno Regional de La Libertad ejecutó apenas S/ 44.4 millones en seguridad, una cifra que da vergüenza frente a los S/ 90.4 millones de Ica o los montos de Cajamarca y Piura, quienes invirtieron S/ 53.1 y S/ 47.2 millones, respectivamente.
Lo más cínico es que en 2023, su primer año de gestión, se ejecutó cero soles en seguridad. Para el 2025, la gestión ya se había desinflado hasta el quinto puesto nacional en inversión.
Para que se entienda en cristiano y para distraídos: es como si en tu barrio los choros estuvieran rompiendo puertas todos los días y tú, que eres el presidente de la junta y tienes la plata de las cuotas en el bolsillo, te la pasas diciendo que has comprado las mejores cámaras y alarmas. Pero cuando los vecinos van a ver, no has puesto ni un clavo porque estás más ocupado pintando tu fachada para postular a la alcaldía.
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Al final, los moradores se dan cuenta de que no eres el ‘líder’ que los protege, sino el residente cuentista que se guarda la plata mientras a los demás les vacían la casa.
Plata hubo; lo que faltó fue la decencia de priorizar la vida sobre la campaña. El crimen organizó su festín surrándose en la autoridad, mientras el ‘líder’ se preparaba para la fotito presidencial.
¿Nos quieren florear de que la gestión fue eficiente? Por favor… ese cuento ya no pega ni con chicle. Cuando el territorio te conoce y sabe que incendiaste la casa para mudarte a otra, el discurso alcanza solo hasta donde llega el olor a pólvora.
Sucursal familiar: el costo hundido de la servidumbre académica
Y como en toda empresa familiar donde la sangre tira más que el Plan de Gobierno, el ‘clan’ nunca descuida sus propios intereses. No hace falta una sentencia de la Corte Haya para que el tufo a nepotismo sea insoportable; basta con recordar cómo los escándalos que salpicaron a la familia de su nuera, Brunella Horna, con presuntos beneficios y movidas en EsSalud, dejaron claro que para Acuña el Estado es solo una extensión de su sala comedor.
El colapso de APP no solo deja huérfana a una cúpula, sino que manda al desvío a toda una fauna de genuflexos y chupamedias profesionales que confundieron el compromiso con un contrato de locación de servicios.
En este partido-empresa, el ‘progreso’ no es para el pueblo, es un beneficio exclusivo ‘pa la family’.
Pero el control no se queda en la parentela; baja directo a las aulas. APP no tiene militantes de convicción, tiene una servidumbre académica. Es el secreto a voces que recorre en el Perú: asalariados y estudiantes de sus universidades que, bajo la presión de no perder la chamba o la media beca, terminan convertidos en la portátil obligatoria de sus mítines.
Esos chicos que vemos bajo el sol repartiendo merchandising o quemándose las pestañas como personeros no están ahí por mística; sino por coacción institucional. Para el ingeniero, como también se le llama a Acuña, el estudiante no es un ciudadano en formación, es un activo publicitario supeditado a sus caprichos electorales.
Pasivos laborales: el circo de los locadores y silencios comprados
Pero claro, ahora que el negocio está en quiebra, hasta el más sobón se está dando cuenta de que la lealtad obligatoria no paga las cuentas cuando el patrón ya está preparando la maleta. Por esa razón, es que varios de sus ‘numerosos militantes’ le dieron la espalda en las urnas.
El colapso de APP no solo deja huérfana a una cúpula, sino que manda al desvío a toda una fauna de genuflexos y chupamedias profesionales que confundieron el compromiso con un contrato de locación de servicios.

Durante años, el partido operó como una oficina de colocaciones para gente que, por un trabajito o un favorcito, estaba dispuesta a lustrar botas con una alegría digna de mejor causa. Eran los sobones de siempre, especialistas en el arrodillamiento y el ‘sí, ingeniero’, cuya convicción política duraba lo que duraba el flujo de caja.
Hoy, con el Excel en rojo, a esos que hacían cola para ser funcionales al patrón se les acabó el circo; ya pueden ir moviendo su cajón, su betún y su franela a otro lado, porque el beneficio se evaporó.
Ese mismo sistema de silencios comprados alcanzó a un sector de la prensa que aceptaba, sin asco, asistir a esos ‘compartires’ y agasajos que Acuña organizaba meticulosamente por el Día del Periodista.
No eran gestos de aprecio al oficio, sino mecanismos para pasarles la manito por la espalda y asegurarse de que el estruendo de las dinamitas en Trujillo no llegara con tanta fuerza a los titulares. Eran ceremonias de la impunidad, para aceitar la maquinaria afin de que nadie incomodara al ingeniero.
En el mundo de APP, cuando la plata deja de correr, la lealtad se extingue y cada quien se queda con su vuelto. Es el colapso de un ecosistema donde el beneficio sustituyó al compromiso.
Junto a ellos, el cuadro de la decadencia lo completó esa camada de streamers e influencers que el propio Acuña blindaba bajo el tierno rótulo de ‘mis jóvenes’. Pero hay que decirlo sin anestesia: no fueron tontos útiles ni mentes ingenuas; fueron mequetrefes con tarifa que encontraron en la desesperación electoral del líder apepista una oportunidad de oro.
A estos personajes, cuya ambición por el dinero solo es superada por su nulo interés en educar o aportar una pizca de civismo, la mística les importa un bledo. Aquí no hubo convicción, hubo facturación. Alquilaron su cara y su audiencia para intentar darle un aire fresco a un cadáver político, cobraron lo suyo —que según trascendidos no fue poco— y, en cuanto el barco empezó a hacer agua, se bajaron con los bolsillos aceitados y sin mirar atrás.
Al final, en la fría lógica del partido-empresa, desde el chupamedias de oficina hasta el influencer de turno, todos terminan siendo parte de un mismo engranaje de piezas descartables que se validan mutuamente mientras hay presupuesto.
En el mundo de APP, cuando la plata deja de correr, la lealtad se extingue y cada quien se queda con su vuelto. Es el colapso de un ecosistema donde el beneficio sustituyó al compromiso.
El politólogo Alberto Vergara ha diseccionado este fenómeno con precisión quirúrgica, al señalar que en el Perú no tenemos ciudadanos representados, sino ‘consumidores de política’ que habitan un sistema de ‘partidos sin políticos y políticos sin partidos’.

Vergara sostiene que la política peruana se ha convertido en un archipiélago de intereses privados donde la representación es un simulacro; y en ese simulacro, APP fue la franquicia más exitosa hasta que el cliente descubrió que el producto estaba vencido.
La caída de Alianza para el Progreso no es, por tanto, un simple bache electoral; es el colapso de un modelo político que sustituyó la ideología por la logística y el servicio público por la administración de intereses.
Durante décadas, se nos vendió que un ‘exitoso’ gestor privado podía replicar su eficiencia en el Estado, pero la realidad ha desnudado que la política no es una planilla de sueldos ni una sucursal universitaria. El modelo de partido-empresa fracasa porque su lealtad es transaccional: funciona mientras hay presupuesto que repartir, pero se desintegra cuando la ciudadanía exige liderazgo moral ante una tragedia.
Lo que estamos viendo es la quiebra técnica de una organización que entendió el poder como un activo fijo y al ciudadano como un cliente cautivo que, finalmente, decidió cancelar su suscripción.
El seguro de vida en Lima: blindaje por cuotas de poder
Pero el colapso no se explica solo por lo que dejaron de hacer en el norte, sino por lo que se dedicaron a blindar en Lima. APP dejó de ser un partido para convertirse en el ‘seguro de vida’ de un Gobierno de precaria aprobación.
No es una percepción, es aritmética pura: entre diciembre de 2022 y marzo de 2023, la bancada de Acuña votó a favor del Ejecutivo en el 85 % de las mociones de censura y procesos de fiscalización.
Se atrincheraron en el Congreso para jugar al ‘gran hermano’ con el fujimorismo y el lopezaliaguismo, intercambiando principios por cuotas de poder y votos en bloque para archivar escándalos —desde relojes de lujo hasta denuncias constitucionales—.

Qué noble, democrática y transparente acción… si no fuera porque huele a un pacto mafioso de sobrevivencia, en el cual la consigna era clara: tú me cuidas la caja y yo te pongo los votos. Creyeron que ese blindaje les daría oxígeno hasta el 2026, pero olvidaron que el electorado también pasa factura por las complicidades.
Al final, ese abrazo con el Ejecutivo fue un pacto de náufragos: se hundieron juntos, y demostraron que en política, cambiarse de aliado como quien se cambia de calzoncillo solo te deja expuesto ante la vergüenza nacional.
La lealtad de los caníbales: sálvese quién pueda
El espectáculo del ‘sálvese quien pueda’ ha sido patético pero previsible. Ahí tenemos a personajes camaleónicos como Verónica Torres, quien pasó de ser una feroz crítica de Acuña en las filas del Partido Morado y Fortaleza Perú, a sonreír para la foto en la campaña con una velocidad que envidiaría cualquier atleta olímpico.
Hoy, con los restos del naufragio todavía calientes, sale a decir muy suelta de huesos que ‘no pertenece a ningún partido’. Parece chiste, pero es la cruda realidad de quienes confunden la política con una agencia de empleos.
El muerto todavía quiere bailar en la fiesta de octubre. Se aferran a la vigencia temporal como náufrago a una tabla, demostrando que no les importa el rechazo ciudadano; sino mantener el negocio de las municipalidades abierto hasta el último segundo.
O el propio alcalde de Trujillo, Mario Reyna, que ante la debacle ha decidido aplicar la de Poncio Pilatos, dándose una lavada de manos de antología y ‘evaluando su precandidatura’ con los colores de APP apenas sintió que el barco hacia agua. Es la política entendida como una transacción de corto plazo: si hay poder, me quedo; si hay derrota, no te conozco. Así de interesados son.
Quiebra sin honor: el aferre al cargo por encima del rechazo
Cualquiera con un flash de honor o una pizca de dignidad pensaría que, tras el ridículo nacional, se irían a esconder a sus cuarteles de invierno. Pero no. APP gastó más de S/ 7 millones —plata como cancha, literalmente— para terminar en un humillante puesto 13, superado por medio mundo y sin lograr ni el 5 % de los votos ni un solo asiento en el nuevo Congreso. Según la ley, esto significa que su inscripción está muerta, liquidada, cancelada.
Pero aquí viene el truco: Como este 2026 es año de elecciones generales y también de regionales y municipales, el partido ha encontrado un hueco en la ley para seguir respirando artificialmente. Aunque ya fracasaron como proyecto país, la norma les permite postular en octubre a las alcaldías y gobernaciones porque la cancelación oficial de su firma recién se ejecuta el primer día de enero de 2027.
Es decir, el muerto todavía quiere bailar en la fiesta de octubre. Se aferran a la vigencia temporal como náufrago a una tabla, demostrando que no les importa el rechazo ciudadano; sino mantener el negocio de las municipalidades abierto hasta el último segundo.
La pregunta incómoda aparece sola: ¿por qué algunos resisten y APP no? Fuerza Popular o Renovación Popular, con todos sus cuestionamientos, han construido una identidad reconocible. Generan anticuerpos, sí, pero representan algo. APP, en cambio, nunca dejó de ser una marca personal. Y cuando la figura del líder se desgasta entre frases cortas y gestiones vacías, el rebranding ya no alcanza.
Lo de APP es una derrota simbólica. Perdió narrativa porque su discurso dejó de convencer incluso en su propia casa. Perdió legitimidad porque la distancia entre el ‘progreso’ del logo y el ‘atraso’ de Trujillo se volvió un abismo. Ya no les creen, ya no los sienten propios y, finalmente, ya no los votan.

Sin embargo, sería un error pensar que esto es solo sobre Acuña. APP es el síntoma de un sistema —amparado por una Ley de Organizaciones Políticas (Ley N.º 28094) que es un colador— la cual incentiva la aparición de estos ‘proyectos’ sin filtros reales. En este terreno fértil, cualquier cenutrio con recursos puede intentar alquilar una curul.
La caída de APP no cierra una etapa; abre una duda. Si el modelo sigue vigente, ¿cuánto falta para que aparezca otro oportunista con el mismo esquema de ‘outsourcing’ político? El partido ya habla de reorganizarse, pero cuando el problema es de diseño estructural, cambiar el logo es solo maquillaje para un cadáver.
APP quiso manejar el Perú como se maneja una universidad o una constructora. Y la política le recordó que, aunque se puede engañar a muchos por un tiempo, no se puede gobernar a un país entero desde una oficina de gerencia. En el Perú, donde solo falta Alicia y el conejo blanco para completar el cuadro de locura, la caída de Acuña es un punto de quiebre. O quizás, solo una pausa antes de que el próximo ‘iluminado’ con billetera gorda intente vendernos, otra vez, el mismo cuento.


