Pidieron cuatro millones de soles, nos dejaron 13 muertos, maniatados, desnudos, torturados y ejecutados a sangre fría. A pesar de la denuncia de los familiares, desde el 25 de abril, esta no fue atendida adecuadamente, inclusive, su veracidad fue cuestionada por parte de las autoridades nacionales.
Después de los lamentos por estos atroces asesinatos, surge la enorme indignación y frustración de un país que navega a la deriva, sin capitán ni timonel, padeciendo la incapacidad de unas autoridades que no tienen ni la voluntad ni la credibilidad para ejecutar cualquier acción que conduzca o allane el camino para derrotar a este terrorismo urbano que carcome los cimientos de nuestra sociedad y nos llena de miedo, tristeza y hartazgo.

No se trata de un terrorismo ideológico, con un fundamento utópico de cambiar el mundo a balazos, es un terrorismo cuyo único objetivo es el dinero y el control de la zona donde se desarrolla. Esto objetivos implican que sus métodos para obtenerlos no conozcan de límites, para dejar claro el mensaje a toda la sociedad.
Son grupos perfectamente organizados, con una estructura lineal de mando, un sistema de inteligencia y fuerza de choque al mejor postor y cuyos tentáculos manipulan el organigrama de nuestra policía, porque, aunque nos duela reconocerlo, existen efectivos policiales que forman parte de estas organizaciones y otros altos mandos que reciben su mensualidad para ver, oír y callar.

Planteado así el problema es necesario conocer la estrategia para luchar contra este flagelo, esta plaga bíblica que nos azota como el odio de Dios; sin embargo, el silencio es ensordecedor. Nadie dice ni sabe nada.
Si tenemos un Estado que no es capaz de brindarnos la única obligación para el que fue creado, esto es, seguridad y tranquilidad social, si este leviatán no sirve para eso, entonces, corremos el peligro, nuevamente, de que cualquier improvisado autoritario, con aires de dictador bananero, nos quiera gobernar y termine saliendo elegido, no midiendo la consecuencia de ello, a futuro.

Lamentablemente, nuestras autoridades han demostrado ser incapaces de reaccionar frente a esta calamidad, son inútiles o, simplemente, no les interesa resolverlo. No existe un plan para luchar contra estos asesinos, contra estas mafias que pululan en todos los estratos de la estructura gubernativa y que tanto daño nos hace, y que tanta destrucción y temor ocasiona.
Mientras tanto, qué hacemos con esta indignación, con estas ganas de sacar a patadas a quienes nos gobiernan y emplear los métodos que la Constitución le otorga al Estado para hacer su trabajo, sin medias tintas ni miedo, sin pensar en aquellos organismos internacionales que viven del caos que generan para mantener el control, debemos enfrentarlos con todas las herramientas que una democracia fuerte y verdadera tiene para enfrentar a sus enemigos.
Por lo pronto, sólo queda pedir a Dios que no se olvide de nosotros.
Abogado Constitucionalista
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