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​Venezuela, entre la bota y el barril: el botín de un poder sin color ni vergüenza

Ni izquierda ni derecha: solo la angurria de quienes ven en el petróleo una excusa y en el pueblo un estorbo. En Venezuela, el verdugo cambió de rostro, pero no de lógica: el poder excesivo no libera, administra cadenas.

¿Se pueden sostener dos ideas en simultáneo sin hipotecar la honestidad intelectual y volverse un completo imbécil?

Venezuela acaba de volver a poner esa pregunta sobre la mesa, a sangre y fuego. En nombre de la libertad, un régimen cae; en nombre del orden, una potencia entra. Y entre la celebración automática y el aplauso reflejo, el pensamiento crítico vuelve a ser la primera víctima.

Es decir, ¿es posible celebrar la salida de un dictador y, a la vez, repudiar la bota del invasorFelipe González, expresidente del Gobierno de España, lo resumió con crudeza: “En política, lo que parece es. Y lo que no parece, no es”. Y lo que parece aquí no es un ejercicio de ironía ni de equilibrio tibio; sino algo más crudo: un canje de tiranías.

Que Nicolás Maduro esté tras las rejas es un acto de justicia poética; el final de un tipo que pulverizó un país. Pero no nos engañemos: su captura no fue una gesta democrática, fue una cacería con misiles.

Es decir, ¿es posible celebrar la salida de un dictador y, a la vez, repudiar la bota del invasor?  Felipe González, expresidente del Gobierno de España, lo resumió con crudeza: “En política, lo que parece es. Y lo que no parece, no es”.

Washington irrumpió en territorio venezolano utilizando las mismas lógicas de violencia que dice combatir y dejó víctimas civiles que la prensa corporativa prefiere mirar de reojo o, directamente, silenciar.

Según reportes de agencias como Reuters y observadores locales, la incursión ocasionó ‘daños colaterales’ que nunca aparecerán en los agradecimientos de la Casa Blanca. Capturaron al ‘terrorista’ con prácticas indistinguibles de aquellas que dicen combatir, algo que ya es costumbre histórica de los Estados Unidos.

El execrable Maduro enfrenta cargos de narcotráfico en EE. UU. desde 2020, por presunta conspiración con el Cártel de los Soles. Pero su captura no fue judicial: fue militar y violó la soberanía venezolana, al infringir el artículo 2, punto 4, de la Carta de la ONU, que prohíbe el uso de la fuerza sin autorización. Irónicamente, el país que se presenta como garante de la soberanía mundial es el primero en pisotearla cuando le conviene.

Ya lo advertía John Adams, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, en una reflexión histórica atribuida a su correspondencia: “Hay dos maneras de conquistar y esclavizar a una nación. Una es por la espada. La otra es por la deuda”. Venezuela hoy carga con ambas.

Venezuela

Hace casi dos décadas, se coló una verdad incómoda. “Me van a acusar de terrorista para quedarse con el petróleo”, dijo Hugo Chávez —dictador al que no le compramos su marxismo trasnochado, pero que conocía bien las garras de su vecino—. Profecía cumplida.

El botín de 303 000 millones de barriles de reservas, cifra ratificada por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en 2024, ya tiene nuevo patrón. No porque Chávez tuviera razón moral, sino porque el poder suele confirmar, incluso, las verdades dichas por bocas de los impresentables.

Para ponerlo en perspectiva: esos 303 000 millones de barriles equivalen a más de diez veces las reservas probadas de Estados Unidos y superan a las de Arabia Saudita. A precios conservadores, hablamos de un activo que supera los 20 billones de dólares.

No es ideología, es contabilidad. Ninguna potencia ‘libera’ algo de ese tamaño sin llevarse la llave del cofre. Por ello, ‘petróleo’ es la palabra que más ha proferido la boca de Trump, en los últimos meses.

Hace casi dos décadas, se coló una verdad incómoda. “Me van a acusar de terrorista para quedarse con el petróleo”, dijo Hugo Chávez —dictador al que no le compramos su marxismo trasnochado, pero que conocía bien las garras de su vecino—. Profecía cumplida.

Sin embargo, hay ciudadanos —y lo más triste: comunicadores— que, en honor a una cólera justificada contra Maduro, terminan vanagloriando y aplaudiendo, en su ignorancia militante, el poder de Donald Trump. Lo celebran como si fuera el salvador del mundo, el redentor universal que todo lo corrige a bombazos y decretazos.

Ese no es pensamiento crítico: es pensamiento fácil. Es la reacción primaria de quien no quiere discernir, de quien no pone a trabajar el cerebro y confunde emoción con criterio. Una emoción puede ser legítima; convertirla en aplauso automático al poder es simpleza intelectual. Y ahí el periodismo patina. Porque aplaudir al amo de turno siempre es más cómodo que mirar debajo de la alfombra y arruinar la fiesta.

Venezuela pulverizada

Para entender por qué Venezuela llegó a este punto, hay que mirar las cifras del espanto. Maduro recibió un país con problemas, pero lo terminó de asesinar. Desde que tomó el poder en 2013, el Producto Bruto Interno (PBI) de Venezuela se contrajo en más de un 75 %, una caída superior a la de países en guerra civil.

La hiperinflación alcanzó picos absurdos del 130 000 % en 2018, y destruyó el ahorro de toda una vida de millones de familias. Un salario que alcanzaba para comer un mes, días después, no cubría ni un desayuno.

Mientras se discutían consignas y soberanías abstractas, el venezolano promedio sobrevivía con salarios que llegaron a rondar los 3 a 5 dólares mensuales. Traducido al lenguaje local: menos de 20 soles al mes. No para ahorrar, no para proyectarse, sino para elegir entre pan o transporte. Un kilo de carne podía costar varios salarios completos. No era pobreza, era desposesión planificada.

Ese contexto provocó el mayor éxodo en la historia del hemisferio: más de 7.7 millones de venezolanos huyeron del hambre, de acuerdo con la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) en 2024. En proporción, equivale a que más de una cuarta parte de la población peruana hubiese abandonado el país en menos de una década. No es migración, es evacuación social.

Esa herida abierta es la que hoy Trump pretende cerrar con muros y deportaciones, olvida que él mismo está instalando las condiciones para el próximo saqueo.

Nada de esto ocurrió en democracia. Bajo Maduro, Venezuela no solo fue empobrecida: fue amordazada. Medios cerrados, periodistas perseguidos, elecciones sistemáticamente cuestionadas por observadores internacionales y un aparato estatal convertido en máquina de control. Y aun así, Washington convivió con ese régimen mientras el petróleo no estaba sobre la mesa. La moral apareció recién cuando el barril volvió a ser rentable.

Es patético que el gobierno miserable de Maduro haya empujado al pueblo a tal extremo de cansancio que hoy, con un ‘ya qué importa’ cargado de derrota, muchos prefieran un monarca exterior a un verdugo propio. Es lalibertad entregada por cansancio; la triste victoria de quien acepta ser colonia con tal de no seguir siendo cementerio.

Pero que no hubiera otra salida no vuelve sagrado el final. Muchos guardan silencio no por servilismo ni por amor al nuevo poder, sino porque creen —con una esperanza comprensible— que sin Maduro la libertad tiene, al menos, una posibilidad. Esa esperanza es legítima; lo que no lo es, es usarla como coartada para dejar de pensar.

Trump y el saqueo legalizado

Donald Trump tiene un doble discurso obsceno; le importa un bledo el pueblo venezolano, él viene a malbaratear el petróleo para su consumo interno. Trump camina piconcito porque nunca ganó el Nobel de la Paz por mérito propio, y ahora saca pecho porque María Corina Machado, lideresa de la oposición venezolana, le regaló la medalla del Nobel de la Paz que ella recibió en 2025.

Incluso, con notable desparpajo, Trump ha manifestado abiertamente que ellos (EE. UU.) van a tutelar y gobernar las riendas del país mientras dure la transición; un ejercicio de colonialismo sin virreinato que nos devuelve a las épocas más oscuras de la región. ¡Qué tal ostra!

Es patético que el gobierno miserable de Maduro haya empujado al pueblo a tal extremo de cansancio que hoy, con un ‘ya qué importa’ cargado de derrota, muchos prefieran un monarca exterior a un verdugo propio

Ahora, el mandatario estadounidense dice que María Corina “le cae bien” porque le alimentó el ego, pero mientras tanto le guiña el ojo a Delcy Rodríguez, actual presidenta interina de Venezuela, a quien llama ‘socia estratégica’. Doble moral por donde se le vea.

No nos dejemos engañar: Delcy no es ninguna santa. Es una pieza clave del aparato que hundió al país y que hoy traiciona a su jefe solo para no soltar el poder y por temor de sufrir el mismo destino que Maduro.

Sobre ella pesan investigaciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) por crímenes de lesa humanidad, y está sancionada por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) por corrupción y lavado de dinero.

La prueba del doble discurso es burda: Trump indultó a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras, condenado en Estados Unidos por narcotráficante. Para Trump, el problema nunca fue la droga ni el autoritarismo ni los derechos humanos. El problema —y la solución— siempre fue el interés. Si esto no es angurria, entonces ¿qué es?

Cambio de rostro, mismo aparato

Sería intelectualmente deshonesto negar que algo se movió. La salida del verdugo alivió el miedo inmediato, descomprimió ciertas prácticas represivas y permitió gestos mínimos de normalización: reapertura diplomática, flexibilización selectiva de sanciones, regreso parcial de operaciones petroleras y una expectativa social comprensible de respiro.

Celebrar ese cambio pírrico no es ingenuidad, es humanidad básica. Pero sería igual de irresponsable venderlo como libertad recuperada. El aparato no fue desmontado: fue reciclado.

El Fondo Monetario Internacional (FMI), en su informe Perspectivas de la Economía Mundial, proyecta que la inflación en Venezuela podría repuntar hasta alrededor de 680 % en 2026, tras cerrar 2025 en cerca de 270 %. Aunque el propio organismo advierte que estas cifras deben interpretarse con cautela debido a la falta de datos oficiales y la dificultad de conciliar indicadores macroeconómicos en el país.

Traducido: precios que se multiplican varias veces en un año, salarios que siempre llegan tarde y una economía donde planificar deja de existir.

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Al mismo tiempo, los reportes energéticos muestran que las exportaciones de crudo aumentaron tras la captura de Maduro, no por una reforma estructural, sino por la flexibilización de licencias bajo supervisión extranjera. Se mueve el petróleo; no se mueve la soberanía.

Aquí conviene decirlo sin eufemismos: ningún país devastado por dos décadas de saqueo institucional se recompone en meses. Esperar milagros es infantil. Pero leer mal las señales también lo es. Y hoy, las señales indican transición tutelada, no refundación democrática.

El regreso de EE. UU. a Caracas

Después de siete años de ruptura total, el 31 de enero de 2026 aterrizó en Caracas la diplomática Laura Dogu para asumir como embajadora en Venezuela y reabrir la misión estadounidense. Atrás quedó la era de James Story y la política de ‘máxima presión’ que solo sirvió para titulares de Twitter. Esta normalización no es para vigilar la libertad, sino para asegurar el flujo de crudo.

Trump se hace el loco y no suelta ni una fecha real para una transición política auténtica; prefiere que sigan los mismos autócratas, pero domesticados y comiendo —como perritos— de su mano. Al final, el miedo de un lado y la angurria por el petróleo del otro todo lo pueden.

Mundo Diario.

Es la confirmación de que en Washington siguen convencidos de que Latinoamérica es su patio trasero; pero ya va siendo hora de que alguien les aclare que esta región no es el jardín de juegos de nadie, y mucho menos su reserva privada de recursos.

Aquí encaja la amarga verdad de Víctor Raúl Haya de la Torre, pensador, político peruano y fundador del APRA: “El mayor peligro para América Latina no es solo el imperialismo que viene de fuera, sino la oligarquía y los políticos entreguistas que, desde dentro, le abren las puertas por una migaja de poder”.

Nada más vigente. La historia latinoamericana está llena de rodillas gastadas y patrias empeñadas por una cuota mínima de poder.

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Lo de María Corina Machado ya no es política, es un espectáculo de sumisión. El Comité Noruego del Nobel es taxativo: el premio es personal e intransferible. Intentar regalarlo es un acto de vasallaje patético. ¿Lo hace por el pueblo o porque quiere su tajada del nuevo pastel? La hicieron entrar por la puerta falsa de la Casa Blanca, como quien recibe a una empleada de quinta categoría que llega a limpiar el desastre, y ella aceptó con una sonrisa.

Esta es la tragedia de nuestros políticos en vías de desarrollo —y el Perú no es la excepción—: no quieren ser estadistas, prefieren ser gerentes locales de la dependencia. Les resulta más cómodo arrodillarse y limpiar las tabas del Tío Sam que defender la soberanía. Siempre con el mismo sello: ser una manga de ‘chaqueteros’ y ‘panqueques’.

Del dictador al tutor extranjero

El problema de fondo no es solo Venezuela. Es el precedente. Cuando una potencia decide violar la soberanía de un país bajo el argumento moral de ‘liberarlo’, abre una puerta que mañana pueden cruzar otros: Rusia en Ucrania, China en Taiwán.

Cualquiera con poder suficiente y un relato conveniente. El derecho internacional deja de ser norma y pasa a ser decoración. Y eso, para América Latina, nunca termina bien.

Entiendo que el hambre no sabe de geopolítica. Pero Trump no es el salvador que algunos quieren vender.

La libertad no consiste en cambiar de amo, sino en no ser esclavos del deseo ajeno. “Es apenas una oportunidad para ser mejores”, escribió Albert Camus, filósofo y novelista francés, Premio Nobel de Literatura. Venezuela hoy no recuperó su casa: apenas cambió de capataz. En este juego de tronos, el bien común es el gran ausente. Sustituir a un autócrata por un tutor extranjero no es libertad; es, apenas, una renegociación de la esclavitud.

Y conviene decirlo sin rodeos: aquí no se trata de izquierda o derecha, ni de santificar o satanizar a nadie según el color de la camiseta. Se trata, apenas, de hacer chocar dos neuronas y entender cómo funciona el poder, siempre igual de voraz, siempre tentado por el exceso. El poder sin control es tiranía, venga con boina roja, corbata azul o gorra de campaña.

Pero parece que algunos prefieren no pensarlo: se estacionan en la consigna, aplauden al más fuerte y llaman pragmatismo a la rendición intelectual. Al final, lo único que debería importar es el bien común, y ese —tristemente— es lo último que parece estar en la agenda del pueblo venezolano, hoy condenado a cambiar de verdugo sin recuperar su dignidad.

Favio Zerpa Novoa
Favio Zerpa Novoa
Comunicador egresado de la Universidad Privada Antenor Orrego, con experiencia en radio y televisión. Su periodismo es el resultado de la calle y la academia. Le aburre el lenguaje cuadrado y de pose. Su estilo es conocido por romper el discurso plano, mezclando análisis y crítica con elegancia, 'calle' y sin miedo a golpear con rigor. Sostiene que el periodismo debe ejercerse con independencia y libertad, cueste lo que cueste. Fuera del micrófono y los párrafos, es esposo y un amante empedernido del rock, el arte y el deporte, especialmente, del fútbol.