Luis Eduardo García López se perfila en la literatura contemporánea no como un autor de certezas grandilocuentes, sino como un artífice de la memoria que escribe desde la madurez y la fe paciente. Su transición de la protección de la poesía a la vastedad de la novela responde a una necesidad visceral de saldar deudas emocionales, transformando la experiencia autobiográfica en un espejo universal.
En su novela ‘Tres maneras de morir’, editada por Seix Barral, sello de Editorial Planeta, demuestra que la literatura posee un rol terapéutico capaz de otorgar sentido al dolor; no escribe simplemente para recordar, sino para apaciguar aquellos episodios decisivos —la ruptura, la culpa infantil y la orfandad— que se niegan a abandonarlo. Su estilo es el de un observador minucioso que utiliza la ficción como un delicado puente entre la confesión íntima y el artificio literario, invitando al lector a mirar las cicatrices propias sin bajar la vista.
Para García López, la muerte y el duelo no representan finales destructivos, sino estaciones aleccionadoras y maestros rigurosos en el viaje de la existencia. A través de la metáfora de un trayecto transatlántico, el autor concibe la pérdida —especialmente la partida del padre— como una experiencia de suspensión donde el ser humano se ve obligado a repasar sus propias ruinas para poder comprenderlas.
La muerte, en su universo narrativo, se desdobla en múltiples rostros que abarcan desde el deceso físico hasta el marchitamiento del amor, sugiriendo que la vida misma puede condensarse en la introspección de un instante. En última instancia, su perspectiva desmitifica el sufrimiento absoluto: propone que adentrarse en la ausencia y remover los recuerdos dormidos, aunque doloroso, es un proceso indispensable, pues cada manera de morir es, secretamente, una oportunidad y una manera de renacer.

BuenaPepa comparte la deliciosa entrevista que el reconocido periodista Pepe Hidalgo Jiménez, realizó al poeta de ‘Teorema del navegante’, ‘Confesiones de la tribu’, ‘La unidad de los contrarios’, ‘Lo que parece estable’ y ‘El lugar de la memoria’.
—Cuando recibió la noticia de que la novela había sido aceptada, ¿qué sintió? ¿Cuál fue la primera emoción?
Suspira apenas. Sonríe con una modestia que parece antigua.
—Es la coronación de un esfuerzo largo. Tiene sus costos. Sus costos de paciencia y también sus costos de fe. Mucha satisfacción, claro. Es la culminación de una experiencia extensa haciendo literatura. Aunque ahora imagino que vendrán retos mayores.
Lo dice sin grandilocuencia. Como quien sabe que publicar no es llegar, sino empezar otra vez.
—Usted viene de la poesía, un territorio donde el lenguaje parece más protegido. ¿Qué lo llevó otra vez a la novela?
—Creo que fueron los temas. Temas que me buscaron a mí, más que yo a ellos. No fui plenamente consciente hasta que empecé a escribir. De pronto me di cuenta de que estaba escribiendo sobre el duelo. Sobre cómo un ser humano enfrenta ciertas pérdidas.
En Tres maneras de morir, ese duelo tiene tres rostros: una ruptura amorosa, la muerte del padre y el recuerdo incómodo de una antigua crueldad infantil.
—Son tres hechos que han marcado mi vida. No sé si traumáticos, pero sí decisivos. La muerte de mi padre dejó una huella profunda en mí y en mi familia. También la conciencia de esa crueldad con la que a veces actuamos de niños. Yo crecí en una zona rural y recuerdo haber matado mariposas. Hoy pienso en eso con arrepentimiento. Y está también una ruptura amorosa, dolorosa. Porque uno cree que ciertas cosas ya no pueden conmoverlo tanto, pero descubre que a un hombre viejo también se le puede romper el corazón.
Dice “hombre viejo” con ironía amable, pero detrás hay algo más: una verdad que todavía arde.
—Cortázar decía que la literatura ayuda a saldar deudas emocionales. ¿Esta novela lo ayudó a sanar?
Luis Eduardo se queda unos segundos en silencio.
—Eso implicaría admitir que la literatura tiene un rol terapéutico… y creo que sí, de algún modo lo tiene. Te ayuda a encontrarle sentido al dolor. Y cuando algo tiene sentido, puedes comprenderlo mejor. Pero también abre heridas. Porque al escribir uno hurgas en recuerdos que creías dormidos. Los remueves. Los vuelves a mirar. Y duele. Aunque también sana. Me ha ayudado a entender algunos vacíos, algunas heridas. Pero también me ha obligado a mirar la realidad de otro modo.
No habla del dolor como enemigo. Habla de él como de un viejo maestro.
—La novela está construida como un viaje. Facundo Montiel, su protagonista, atraviesa el Atlántico mientras recuerda toda su vida. ¿Por qué esa estructura?
—Porque la vida misma es un viaje. Toda experiencia humana lo es. Facundo hace dos viajes: uno físico, durante once horas en avión, rumbo al funeral de su padre; y otro mental, que es el viaje de los recuerdos. Mientras cruza el océano, va procesando esos tres duelos.
La imagen es poderosa: un hombre suspendido entre continentes, repasando sus propias ruinas.
—Hay una frase en la novela que dice que una vida humana podría durar lo que dura un viaje en el Atlántico. Me gusta pensar eso. Como si durante esas once horas pudiera pasar toda una existencia frente a los ojos.
—En el libro aparecen también un tarotista y un terapeuta. ¿Por qué incluir esas voces?
Se ríe.
—Porque incluso en medio del dolor buscamos consuelo donde sea. El personaje revisa redes sociales, busca qué le dice el tarot a Tauro, conversa con un terapeuta. Quise introducir cierta ironía, pequeños descansos para aliviar la carga dramática. Porque son tres maneras de morir, sí, pero también tres maneras de renacer.

—¿Qué tanto de Luis Eduardo hay en Facundo Montiel?
—Hay algo de mí. Pero también de mis amigos, de la gente que conozco. Toda literatura es autobiográfica en cierto sentido. La vida real siempre es el punto de partida. Luego uno transforma, ficcionaliza, cambia nombres, escenarios. Pero siempre hay una base verdadera.
Y quizás ahí esté la esencia más profunda de esta novela: en esa mezcla delicada entre confesión y artificio.
—Después de Tres maneras de morir, ¿qué sigue?
Sus ojos cambian. Se iluminan.
—Estoy investigando una nueva novela. Más larga. Quiero contar la historia de un niño que presencia la llegada de cientos de campesinos a Alto Piura. Recuerdo helicópteros bajando en un estadio, militares, una multitud. Creo que era el tiempo de la reforma agraria. Yo tenía ocho o nueve años. Fue una imagen que nunca me abandonó.
Entonces entiendo algo.
Luis Eduardo García López no escribe para recordar. Escribe porque hay recuerdos que no lo dejan en paz.
Y acaso por eso sus libros conmueven: porque en ellos no hay respuestas definitivas, solo un hombre intentando comprender las heridas que lo han hecho quien es.
Antes de despedirnos, vuelve sobre una idea.
—No todo dolor es destructivo. Hay dolores que son aleccionadores. Que te ayudan a salir de momentos difíciles. Uno de ellos es el amor. Otro es la comprensión.
Lo dice como quien ya atravesó la tormenta.
Y uno se queda pensando que quizá esa sea la verdadera literatura: no la que cura del todo, sino la que nos enseña a mirar nuestras propias cicatrices sin bajar la vista.

Presentación
‘Tres maneras de morir’ se presentará el jueves 28 de mayo, a las 7:00 p. m., en la librería El Virrey de Lima. Los comentarios estarán a cargo de los literatos Gustavo Rodríguez y Alonso Rabí. Luego corresponderá el turno para Trujillo.


