InicioFrutos Extraños"Querer a los perros", un cuento de Marcio Taboada Zapata

“Querer a los perros”, un cuento de Marcio Taboada Zapata

Escribe Marcio Taboada Zapata*

Recuerdo perfectamente que la señorita Flora era víctima de todas las habladurías en el barrio. Yo apenas era niño, pero podía suponer, desde ya, que a la mayoría de personas no le gusta la felicidad si es ajena. Y, de verdad, me causaba mucha ira que el nombre de tan linda mujer sea pronunciado con tonos horribles y en compañía de gestos extraños. Sufría por ella; la amaba.

Naturalmente, debido a mi inocencia, cuando oía alguna conversación sobre la señorita Flora no entendía gran parte de las palabras. «Perro» era el único termino familiar para mí; siempre estaba presente ese vocablo. Pero ¿qué había de malo con eso? Obviamente, nada. Ella adoraba a los animales.

La primera vez que la vi, la seguía muy de cerca un pequeño dálmata inquieto, moviendo la cola, queriendo saltarle encima. Me gustó sobremanera que el cachorrito la acompañara; un motivo más para desear besarla y vivir a su lado.

Otra vez, un rottweiler atlético cuidaba su andar; otra, un pastor alemán grande iba delante de ella; otra, un curioso pequinés la rodeaba; otra, un pitbull… siempre un can.

Y, de verdad, me causaba mucha ira que el nombre de tan linda mujer sea pronunciado con tonos horribles y en compañía de gestos extraños. Sufría por ella; la amaba

Una tarde, luego del colegio, pasé por la casa de la señorita Flora y toqué su puerta —en el taller de manualidades confeccioné una pulsera para ella y decidí entregársela el mismo día—. Solo ladridos —que parecían lejanos— respondieron a mi llamado.

Repetí el acto y el resultado fue el mismo. O mi amada había salido o se encontraba indispuesta. No importaba, regresaría más tarde.

«¡Qué hacías en la casa de esa mujer!», dijo mi madre apenas saludé. Me quedé en silencio, mientras el resondro se intensificaba. Ni siquiera entré en lo de la señorita Flora, sin embargo, mamá consideraba, al parecer, que estar afuera de su casa era como vivir ahí dentro. Gritaba como loca. Me desesperaba.

¿En dónde se había metido papá? Él apareció y dio igual… entendí después de eso que mis padres pertenecían al círculo de gente criticona que detestaba. «Te prohibimos que vuelvas a acercarte a la inmoral esa», sentenciaron.

Ese día me mandaron a la cama sin cenar. Tampoco podía salir de mi habitación, lo cual significaba que el obsequio tendría que entregarlo en cualquier otro momento, cuando el enojo en el ambiente de mi hogar se esfumara.

Triste, me dormí pensando en lo bella que era la señorita Flora, que se parecía a Blanca Nieves o a alguna diosa de la naturaleza, pues los animales la adoraban —los perros, sobre todo—. Me dormí pensando en las posibles razones por las que ella era comidilla de los vecinos —era demasiado ignorante para darme cuenta de ciertas cosas en ese entonces.

Sigo siendo un completo desastre para juzgar situaciones como las de la pobre mujer. En realidad, ¿quién soy yo? ¿Quiénes somos todos para señalar a alguien? El mundo se devora a sí mismo: hablo de la humanidad, de la porquería que resultamos ser—. Me dormí pensando. Triste.

Aún puedo ver con claridad. ¿Cómo podría olvidar algo así? No me arrepiento de desobedecer la orden que se me impuso, mas hubiese preferido que mi idealización permaneciera intacta. Me dirigí a la casa de la señorita Flora después de clases; contento, pese a saberme en problemas. Llevaba la pulsera. Declararía mi amor a tan linda dama —¡Que me aleje de ella! Estaban locos—. Toqué la puerta y otra vez los ladridos respondieron, lejanos, casi inauditos. Insistí y nada cambiaba. Grité su nombre. «Guau, guau», fue lo único que pude oír.

«Mira a ese niño. ¿No es el hijo de Anita? Ya decía yo que esa familia tenía algo raro. Figúrate, golpear la puerta de esa enferma. Debemos contarle a los demás; no podemos permitir que esa clase de gente se reúna con nosotros. ¡Qué vergüenza!», escuché comentar a un par de viejas que me miraban asqueadas, desde la acera opuesta. Era seguro que me esperaría un castigo físico, algo que nunca antes recibí.

Di la vuelta a la casa de la señorita Flora. Ningún perro estaba en el patio. Pude ingresar y asomarme por una de las ventanas. El olfato de los animales —por supuesto— me detectó, pero no ladraron más. Llamé, llamé con el cariño tonto que sentía, y al fin ella habló: «¡Vete, niño!». Sus palabras sonaron a llanto. Me preocupé. Pregunté si le pasaba algo malo.

«¡Vete!». Era como si estuviera agitada, como si entre el lamento y el grito su cuerpo se moviera provocando un jadeo. No dije nada más. Busqué otra manera de acercarme: el tragaluz del baño. Logré alcanzarlo y mirar. —Todo sea por mostrarle mi amor—.

No me arrepiento de desobedecer la orden que se me impuso, mas hubiese preferido que mi idealización permaneciera intacta. Me dirigí a la casa de la señorita Flora después de clases; contento, pese a saberme en problemas.

Mis ojos toparon el espejo, que reflejaba una escena lejana: en una habitación —de la señorita Flora, claro—, sobre una cama, una persona desnuda estaba agachada —«en cuatro», como aprendería a decirle a esa posición con los años—, y el rottweiler sobre ella —las patas delanteras rodeando de alguna forma la cintura y las patas traseras realizando el movimiento que permitía al órgano reproductor animal ingresar en la vagina—, mientras el dálmata, el pastor alemán y el pequinés aullaban, daban vueltas, lamían, esperaban su turno.

No pude seguir observando y me aparté.

Recuerdo, perfectamente, que un par de hombres bebidos advirtieron mi salida. Ellos cuchichearon y terminaron riendo: ya podía entenderlo. Bajé la cabeza, avergonzado, y fui rápido a casa.

Mis padres aún no se habían enterado de mi rebeldía. Almorcé callado y distante. Cuando mamá preguntó cómo me fue en el colegio, solo pensé en los ruidos y en los movimientos de los perros y de la señorita Flora. Respondí que tenía mucha tarea y pedí retirarme para avanzar con esta. Mi solicitud fue aceptada. Me levanté. «En el trabajo me contaron la última de esa indecente; parece que la expulsarán, al fin», escuché decir a mi padre. Apuré el paso.

En mi habitación, las lágrimas acometieron mientras rompía la pulsera.


Marcio Taboada Zapata nació en San Pedro de Lloc, capital de la provincia de Pacasmayo, La Libertad, en 1994. Es licenciado en Comunicación y Periodismo, egresado de la Universidad Privada del Norte (Trujillo). En 2020, fue uno de los ganadores del primer concurso de cuentos realizados por la Municipalidad Provincial de Pacasmayo. En 2021, publicó Sórdido, libro de relatos cortos que abordan zonas prohibidas de la naturaleza humana, por el cual, en 2022, durante el XIV Encuentro de literatura hispanoamericana Iván La Riva Vegazzo, la Casa de la Cultura y Turismo de San Pedro de Lloc lo reconoció como “Escritor joven revelación 2022”. Querer los perros es uno de los relatos de su libro Sórdido

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