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Madre y obstetra: cuidar de las mujeres y escuchar los gritos de vida

Una piurana enfrentó su destino para convertirse en una profesional que ayuda a mujeres a traer niños al mundo, y lo hace en uno de los lugares más pobres del Perú.

Escribe Sandy Crespo Carrasco.

Al inicio nada fue fácil. Las matemáticas impidieron que Gisela Yanina Ramírez Jiménez continúe estudiando Administración de Empresas en la Universidad Nacional de Piura. “Salí jalada y encima, pegaban las notas en la pared. No quise ir más”. Se retiró en el primer ciclo. 

Gisela notó que lo suyo no eran las ciencias económicas, sino la salud. La vocación tiene caminos vericuetos, y los caminos que conducen o alejan del arte de sanar y luchar contra la muerte son, por decirlo menos, imprevistos, arriesgados y desgarradores, tal cual, es la vida misma. No en vano, un tal Platón escribió que donde quiera que se ama el arte de la medicina se ama también a la humanidad.

Obstetra. Gisela Ramírez Jiménez en el momento preciso que ayuda a traer vida. (Foto: archivo personal).
Gisela Ramírez Jiménez en el momento preciso que ayuda a traer vida. (Foto: archivo personal).

Para dedicarse a lo que le gustaba, Gisela se alejó de su natal Frías (uno de los diez distritos de la provincia de Ayabaca), de sus cinco hermanos, de su madre y de su padre, quien estaba en contra de su decisión. El desarraigo en su máxima expresión. Empero, el apoyo de su madre y de su tía bastaron para que emprenda a Trujillo.

Camino al sur

Llegó a la Ciudad de la Primavera decidida a postular a Enfermería en la Universidad Nacional de Trujillo; pero, por razones que ya no recuerda, cerraron la escuela. El destino escribe torcido. Su tía Vicenta Ramírez le propuso estudiar obstetricia. ¿Obstetricia? Gisela no sabía de qué se trataba. 

La obstetricia es la especialidad médica que se ocupa del embarazo, el parto, el posparto y las situaciones de riesgo de las gestantes. Además, de la planificación familiar y educación sexual. 

Ella soñaba con ser enfermera. Desde muy pequeña le gustaba ayudar a sus abuelos cuando se lastimaban trabajando en el campo. No estaba en sus planes enfocarse en otra carrera; sin embargo lo hizo. “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”, escribió William Shakespeare.

Ella es obstetra

“Una mujer de ojos color caramelo, muy hermosa y muy buena”, así es como describe Gisela a su tía, a quien considera su segunda madre, por haber estado al tanto de su educación profesional, por brindarle apoyo moral y económico y,  sobre todo, por ver en ella habilidades para la salud.  

Su tía no solo la amparaba a ella; sino, también al resto de sus sobrinos, a quienes trataba como los hijos que nunca concibió por el cáncer de mama que padecía. Después de diez años, tras constantes tratamientos; Vicenta partió, cuando faltaba un año para que Gisela se gradúe. ”Fue duro, me quedé sola y triste”. No había de otra, la joven retornó a casa de sus padres sin haber culminado la carrera.

La obstetricia es la especialidad médica que se ocupa del embarazo, el parto, el posparto y las situaciones de riesgo de las gestantes. Además, de la planificación familiar y educación sexual. 

Ya establecida en su natal Frías, y en una de sus visitas a las oficinas de EsSalud Piura, Gisela conoció a Manuel, un administrador, quien meses más tarde se convirtió en su enamorado y la ayudó a conseguir empleo. Según Manuel, un trabajo temporal no era suficiente para Gisela. Por lo que, dos años después, le propuso retomar su carrera.

 “Tenía miedo, no dormí pensando. Me aterroricé, lloré toda la noche, lo veía difícil, no recordaba cómo poner una ampolla, pero seguí sus consejos y me fui a Trujillo. Él me mandaba plata, me gradué (a los 28 años) y vine al Hospital Cayetano Heredia a hacer mis prácticas, luego, me fui a Lima a colegiarme y regresé a Piura con todos mis documentos para trabajar”.

En el campo

Gisela cumplió su Servicio Rural y Urbano Marginal de Salud (Serum) en el asentamiento humano El Indio, Piura. Su primer trabajo lo ejerció en el Centro de Salud Consuelo de Velasco. Luego, laboró en el Centro Médico Castilla EsSalud, después en el Hospital Reátegui y, seguido, en el Centro de Salud María Goretti. 

En este último había todo un equipo detrás, a diferencia de su actual establecimiento de salud Cruz de Caña, un caserío del distrito de Castilla, ubicado a un costado de la carretera que une Piura y Chulucanas. Era un lugar lejano y desconocido. Gisela temía perderse o quedarse dormida en el transporte público y pasar de largo a otro sitio. Le tomó un año adaptarse a esta rutina y condiciones.

“En este asentamiento no había nada. Vi que necesitaban tanto, era una población llena de incultos, no tenían colegios, no sabían leer ni escribir, ignoraban o desconocían la importancia del uso de los métodos (anticonceptivos). Tenían hasta doce hijos. Me encargaron la tarea de convertir el pequeño local en un establecimiento, y se logró tres años más tarde”, recuerda. 

Cruz de Caña es uno de los lugares más pobres de Piura y del Perú. La municipalidad de Castilla ha ofrecido perforar un pozo para acabar con una de las carencias que ata a la precariedad a los aproximadamente 3500 pobladores: la falta de agua.

Modernidad

“Antes, las personas embarazadas recurrían a las parteras, quienes, lastimosamente, les mataban los niños e, incluso, se morían las gestantes”. Poco a poco, Gisela fue de casa en casa orientando, explicando la importancia de los métodos, de los controles e, incluso, tenía que ganarse la confianza de los esposos para que dejaran a sus parejas asistir al establecimiento. 

En esos tiempos predominaba el machismo, los hombres creían tener el poder absoluto para decidir sobre sus esposas. Desconfiaban de Gisela, pensaban que les quería hacer daño, la insultaban y sacaban a sus perros para que la muerdan.

Reunión que veía, reunión a la que Gisela ingresaba y aprovechaba para informar a la población. “Fui educando, buscando estrategia, cuidaba a las mujeres con lo que estaba a mi alcance”. Tenía una paciente que acudía a escondidas de su esposo al establecimiento. Para aquellas que no visitaban el centro de salud, “siempre llevaba mi jeringa, por si acaso”. 

“El pueblo avanza, cada vez más, ahora la mayoría de gente reconoce la importancia de los chequeos. A veces, los mismos esposos van a recoger las píldoras de sus esposas. La gente ha empezado a apreciar a Gisela y reconocer la labor que cumple desde 20 años atrás en Cruz de Caña. 

Juventud divino tesoro

Su paciente más joven fue una muchacha de 15 años. Su madre no entendía cómo se embarazó, si su hija, al igual que el resto de adolescentes en Cruz de Caña no acostumbraban a salir, no interactuaban con los chicos. 

Gisela, a raíz de la confianza que estableció con las jóvenes, conoció por medio de una de ellas que las muchachas mantenían intimidad con los adolescentes en el campo cuando iban a pastorear los chivos. Actualmente, no tiene menores gestantes. “La última que llegó hoy tiene 19, no es de Cruz de Caña, pero se mudó allí. Tengo 17 gestantes y todas son de 21 para arriba”.

Gisela revela que el 90 % de las mujeres lloran porque no quieren ser mamá. “Tengo que hacer de sicóloga, aconsejarlas, hacerles entender que la solución no es matar a sus hijos. Trato de convencerlas para que no vayan por ahí y se practiquen un aborto”. 

Está con ellas desde las primeras etapas. “Estoy al tanto de sus vitaminas, análisis. Al final traen al mundo a un bebé sano. Compartir con ellas el momento del nacimiento es lo más bello”.

Yo, mamá

Gisela, también, tiene la dicha de ser madre: una bebé planeada junto a su esposo Manuel, con quien lleva 27 años de casada. “Fue un parto natural, no hubo complicaciones. Fue uno de los días más felices de mi vida”. Gisela se convirtió en madre por primera y única vez, porque si bien deseaba tener más hijos, el síndrome del ovario poliquístico trajo abajo sus esperanzas.

El síndrome de ovario poliquístico es un problema hormonal que se produce durante la edad reproductiva. Al presentar este mal, los períodos menstruales se ausentan frecuentemente o duran muchos días. También es posible que se produzcan por el exceso de una hormona en el organismo, denominada andrógeno. No se conoce la causa exacta del síndrome de ovario poliquístico, pero el diagnóstico y el tratamiento tempranos pueden reducir el riesgo de presentar complicaciones a largo plazo.

La ausencia de más niños no opaca la sonrisa ni la voz de Gisela. Su hija y su esposo multiplican el amor en casa. “Juntos somos un gran equipo”. Un equipo apasionado por la Medicina. Manuel, un egresado en Administración, durante su convivencia con Gisela se convirtió en visitador médico hasta hoy. Su hija, por otro lado, está a poco de graduarse como médico. 

Gisela también cuenta lo detallista que suelen ser su esposo y su hija. “Ya sea en fechas especiales o días comunes, me consienten con uno y otro detallito. Para el día de la madre, Gise —así llama a su hija— me hace donas,  Manuel me trae flores y nos lleva a almorzar con mi mamá, mi papá y mi hermana que es madre soltera. Quien no puede celebrar con su mamá desde hace tres años es su esposo, quien perdió a su madre a causa de la covid-19.

Es virus

Gisela no solo presenció la muerte de su suegra, en el Centro de Salud Cruz de Caña, contempló la partida de una mujer de 34 años de covid-19. Era su tercera gestación. Sufrió una hemorragia, no había carros para trasladarla porque a los conductores los embargaba el miedo a contagiarse. A la señora se le rompió el útero. “He llorado tanto. He perdido a muchos pacientes por culpa de esa enfermedad”. 

La pandemia no impidió que el amor de Gisela hacia sus pacientes fuera más grande que su miedo a contagiarse, y acudía a diario hasta donde ellos.  Quienes se quedaban en casa eran su hija y su esposo, quien trabajaba de forma virtual. 

Gisela no podía hacer lo mismo porque no todos sus pacientes cuentan con un celular; pero, a pesar de todo el riesgo, no se infectó de coronavirus.

Gisela no solo presenció la muerte de su suegra, en el Centro de Salud Cruz de Caña, contempló la partida de una mujer de 34 años de covid-19. Era su tercera gestación. Sufrió una hemorragia, no había carros para trasladarla porque a los conductores los embargaba el miedo a contagiarse.

“Al inicio sudaba porque tenía miedo, pero, ¿quién los iba a nebulizar?, ¿quién los inyectaba? Tenía que hacerlo yo, no había de otra”. Trataba de mantener la calma. Tranquilizar a las chicas y recomendarles que debían colocarse adecuadamente los guantes y mascarillas. 

Las gestantes no visitaban el establecimiento, Gisela llegaba a sus casas en una moto, y en una bolsa les dejaba sus vitaminas sin tener contacto con ellas. Con otras establecía comunicación por celular. “No puede el médico curar bien sin tener presente al enfermo”, ponderó Séneca. Aquellas que trajeron a sus hijos al mundo en tiempos de pandemia,  daban a luz en sus hogares. 

“Ser obstetra es una profesión muy bonita. He trabajado bastante, y a la vez he aprendido más. Aún hay mucho por hacer. Así que me quiero quedar aquí (trabajando en el Establecimiento Cruz de Caña)”, termina confesando.

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