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Muerte en el Mall Plaza Trujillo: el gesto de solidaridad de unos empleados y el camino a la barbarie

En medio del caos y el pánico que se vivió el viernes 23 de diciembre en el Mallplaza, cuando un sicario disparó contra un hombre, hubo un rayo de esperanza y solidaridad.

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Hay fotos que gritan, que condensan la realidad; pero que, a la vez, la extienden.

Un hombre con ropa blanca y zapatillas de una marca transnacional se desangra y va a morir. Es un tipo con un pasado turbulento, como tantos delincuentes.

La sangre está saliendo de su cuerpo. La muerte esta cerca. Su sangre es más roja porque ha empapado su camisa y se extiende por el piso, también, claro.

Junto a él, cuatro jóvenes. Todos visten —al menos una— prenda oscura. Ellos son los buenos y están desbaratando la teoría de los colores, que pondera al blanco como pureza y al negro como el mal.

Todo indica que son trabajadores del patio de comidas del Mallplaza. Mano de obra barata, que engorda al capitalismo más agresivo, pero que en ese momento cumplen con la más valiosa de las misiones: salvar vidas.

Junto a él, cuatro jóvenes. Todos visten —al menos una— prenda oscura. Ellos son los buenos y están desbaratando la teoría de los colores, que pondera al blanco como pureza y al negro como el mal.

El hombre acaba de ser baleado, en uno de los eventos más terroríficos que han ocurrido en la historia de Trujillo, y los jóvenes lo ayudan. Uno le levanta la cabeza, otro toma su mano y aprieta su abdomen para frenar la sangre.

Usan servilletas de papel o eso parece. Un joven lleva una malla en la cabeza, indumentaria obligatoria en quienes manipulan alimentos. “La muerte es la última cena de la vida”, escribió Oscar Wilde.

No se sabe si están convencidos de que lo salvarán o solo acompañan su final. Al hombre fueron a matarlo como animal, pero estos jóvenes dimensionan la humanidad con la grandeza de la solidaridad.

La humanidad —sostiene el Dalai Lama— es como un gran organismo, y cada uno de nosotros es una célula. “Tenemos que trabajar juntos para mantenernos sanos”.

Esos jóvenes cumplieron con su parte.

¿Qué pensará un policía?

¿Se avergonzará?, ¿se resignará? El asesinato de un hombre en sus narices, en un lugar que debería ser el más seguro de todos, los interpelará, los retará o, simplemente, no les importa.

¿Cómo se comportarán después de esto? ¿Se sentirán responsables o creerán que el problema es de otros?

El asesinato de ese hombre en medio de tanta gente no es un hecho aislado, sino la evidencia de la escalada de la criminalidad en Trujillo, ciudad a la que la benemérita Policía Nacional del Perú ha descuidado por completo.

La seguridad ciudadana es responsabilidad de la Policía. También, de otras autoridades y de las mismas personas, pero por sobre todas, es de la Policía.

Si el criminal hace lo que quiere es porque la Policía, por omisión o complicidad, se lo permite.

Y ya basta. La Policía es en La Libertad un aquelarre, un juguete, un monigote. Matan a un padre y a sus dos hijos, en uno de los parques más bonitos de Trujillo, en medio de decenas de personas, y hasta ahora no se ha capturado a nadie.

Unos días después, asesinan —en un acto terrorista— a diez trabajadores de minera Poderosa dentro de un socavón en Pataz y casi un mes después, no se sabe nada de nada.

Y ya basta.

La Policía no cumple con su parte.

En un mundo capitalista, los centros comerciales son las plazas de armas. Los lugares importantes y especiales de encuentro, de ocio, expresión y de reconocimiento. “Son la nueva ágora de la ciudad”, comparó Manuel Castells.

Generan identidad y sentido de pertenencia. Ser y estar. Son un mundo perfecto. Todo parece que funciona.  Afuera la ciudad se cae o desangra, pero ellos son una ilusión de la realidad para que todo se venda y todo se compre, hasta que las balas llegan y lo astillan todo.

Hasta que la sangre mancha sus pisos y el terror se apodera de sus espacios. La delincuencia es bruta, cruel y no cree en modelos ni en fronteras.

El sicariato, tan relacionado con las periferias, con lo urbano-rural, explosiona en el corazón del capitalismo de La Libertad.

Afuera la ciudad se cae o desangra, pero ellos son una ilusión de la realidad para que todo se venda y todo se compre, hasta que las balas llegan y lo astillan todo.

Carlos Marx decía que el capitalismo es un sistema de explotación que genera contradicciones entre clases sociales. David Ricardo apunta que ese sistema forja progreso, pero también desigualdad, dependencia y crisis. “El capitalismo es la religión más extendida del mundo”, escribió Eduardo Galeano.

Zygmunt Bauman complementa y caracteriza a los centros comerciales como las nuevas catedrales “donde la gente va a adorar a los dioses del mercado”: dinero y consumo. 

“Estamos jodidos”, fue el mensaje más recurrente en los grupos de WhatsApp la noche del viernes 23 de diciembre del 2023. Es una expresión de lamento; pero, también, de desconcierto. El ataque en pleno centro comercial es un desafío a las lógicas del capitalismo, el todopoderoso que reina nuestro tiempo.

Frente a ello se agiganta la sensación de inseguridad. “Estamos jodidos”. Si matan en un centro comercial abarrotado de personas, entonces pueden matar en cualquier lugar. Ningún espacio es seguro.

Maximiliano Korstanje analizó el impacto del atentado terrorista del 11 de setiembre en New York: “Las consecuencias negativas de los ‘atentados’ tanto en pérdidas materiales como humanas son usadas para generar lazos de solidaridad que pueden o no ser políticamente manipulados”.

¿Qué necesitamos en Trujillo para actuar como ciudadanos frente a la violencia?

Nosotros no estamos haciendo nuestro parte.

Hacia dónde va la delincuencia: a destruirlo todo. Pulveriza fronteras urbanas, tanto como vidas. Matan en los arenales, en los descampados, en las chacras, en las minas, afuera de los colegios, cerca de la plaza mayor y, ahora, en los centros comerciales. Matan donde sea y cuando sea.

Personas atemorizadas por balacera en centro comercial de Trujillo. Muerte.

La delincuencia ya no es una otredad. Ya está en nosotros y con nosotros. Explosiona en nuestras narices, en medio de la celebración más importante del año: la Navidad.

La delincuencia avanza a galope en una ciudad donde su alcalde es el primer violento. En forma y fondo. En imagen y semejanza. Es un sentenciado que administra a Trujillo como si fuera un corral que aborrece. Es un paciente siquiátrico, que, como tal, tiene una lectura de la realidad obscena y vil.

La delincuencia se transforma y extiende como un hongo, como una bruma, como un monstruo. Su nivel de crueldad crece y todos somos víctimas de sus andanzas. ¿Qué sigue?

¡Han matado a un sujeto en medio de tanta gente! ¿Qué sigue? México es un referente. Viene la violencia por la violencia. Una ferocidad extrema. Salvajismo. Bestialidad. Encarnizamiento. Barbarie.

Nosotros no estamos haciendo nuestra parte.

César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona" y ahora está a punto de terminar un doctorado en comunicaciones.
César Clavijo Arraiza
César Clavijo Arraiza
Nació en un desierto frente al mar, donde solo crecen árboles de algarrobos. Dice que le gustan todas las frutas, pero en los últimos meses se ha decantado por el pepino, de origen andino; pero con una mala fama: se cree que si se consume después de beber licor puede causar la muerte. Periodista, escritor, docente, padre y esposo. Es torpe con la pelota, pero ama jugar fútbol. En el 2018 publicó "Tercera persona" y ahora está a punto de terminar un doctorado en comunicaciones.
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