InicioFrutos Extraños"Indira", un cuento de Guillermo Salvador Saldarriaga

«Indira», un cuento de Guillermo Salvador Saldarriaga

No me quedé más tiempo esa noche. La velada estuvo interesante, marcada por la lectura de la antología de poesía que habíamos publicado junto a unos amigos. Me sentía feliz. Se había cumplido el sueño de publicar luego de varios años de espera. Esa noche firmé diez libros. Para alguien que se inicia en el mundo literario ya significaba mucho.

Yo escribía para expresar mis sentimientos y emociones, no con el afán de ganar dinero con el arte. Esa misma idea la expresé junto a los amigos cuando nos servían la cena.

—Lo sabemos, Gustavo —dijo Patrick— y compartimos tu idea. De todas maneras, todo producto tiene que ser remunerado, y los poemas presentados lo valen, amigo.

Le estreché la mano mientras nos abrigaban los aplausos.

Me quedé casi hasta la medianoche junto a Patrick, Álvaro y Román. Paz y Loyola se llenó, como varios locales de ese mismo rubro probablemente se habían colmado esa noche. El lugar era genial para los eventos culturales. Se presentaban muestras de pintura y fotografía, así mismo, recitales de piano y conversatorios. En varias ocasiones me quedé mirando el ambiente, como alelado. Me hubiera quedado eternamente allí. Era lo mío. Mi mundo.

Patrick intervino, comentaba sobre el próximo proyecto literario. Ello no me sorprendía, él siempre motivaba a las personas. De pronto, alguien se le acercó. Era una mujer delgada, de cabello rubio, lacio y ojos grandes. Vestía una blusa rosada, pantalón jean, y llevaba consigo un bolso color marrón claro.

Entre sus manos, la mujer tenía una cámara Nikon que lucía sonriente como llamando la atención. Había estado tomando fotos en la galería de autores regionales que se exhibía desde hace dos semanas, según se advertía en un afiche publicitario.

Saludó a Patrick, también saludó a todos. Su voz era suave. Lo que no entendí es por qué me quedó mirando, o al menos eso creí. Estuve a punto de decirle algo, pero no lo hice. Sorbí lo poco que quedaba de la taza de café, alternando el diálogo entre Román y Álvaro, mientras Patrick hablaba con ella. Tenía un pequeño lunar en la mejilla derecha.

Se llamaba Indira y era periodista.         

Efectivamente, era periodista porque la vi al día siguiente en la Plaza Mayor junto con el resto de colegas. Ese día llegué tarde a la redacción. El jefe había salido, pero había dejado el encargo a Piérola, uno de mis compañeros. No me dio tiempo para sentarme, ni bien recibí el mensaje salí disparado a la comisión, irritado por el sol y el polvo que por esos días azotaba la ciudad.

Esa mañana los colegas estaban atentos a la llegada de Aldao Guevara, candidato a la presidencia de la república.

Al principio Indira no me vio.

Recién me di cuenta de su presencia cuando quiso entrevistar a Guevara: el hombre era gordo, de tez blanca. Su rostro siempre reflejaba dureza, como si algo le molestara. Varios colegas lo abordaron. Pocas veces él había llegado a la ciudad. Debía tener cerca de setenta años, aunque parecía más joven. Había sido parlamentario en los noventa. En esa época, él había contribuido a doblegar la dictadura que reinaba en esos años.

No sé cuánto tiempo pasó.

Su comitiva lanzaba vivas por doquier. Finalmente, tuve la oportunidad de entrevistarlo. Indira me miró. Su rostro reflejaba seriedad porque no la había dejado entrevistar a Guevara. No era la primera vez que me ocurría ello con los colegas. No dijo nada. Se apartó. Miraba su celular, quizá para matar el tiempo.

Guevara se lució ese día. Habló sin cesar, como si el tiempo le consumiera la vida. Lo había visto varias veces de niño, también de adolescente en la televisión nacional, siempre con esa actitud rebelde, desesperada.  Ahora me parecía mentira tenerlo frente a mí.

Cuando la entrevista terminó, Indira miró a Guevara. Se acercó a él. Ya le había tomado varias fotografías. La grabación empezó, pero tuvo que cesar inmediatamente, porque se generó un caos entre los simpatizantes y el serenazgo. Alguien había lanzado piedras, huevos y no sé si fue agua o pintura. El desorden se hizo más grande cuando llegó la policía. Intentaron dispersar a la gente que decía: ¡Vendidos!, ¡No a la corrupción!, se escuchaba en coro. En eso vi que arrojaron bombas lacrimógenas. La gente corrió, gritó. Un total pandemonio.

Indira me miró. La verdad que no había dejado de mirarme, alternando la vista con su celular. Nos encontramos en medio del tumulto. Dijo algo, quizá mi nombre, no recuerdo bien. Su rostro estaba rojo. Empezó a llorar. Sudaba, tosía.

Nos buscamos de nuevo con la mirada. Indira tosía mucho. Se cubría con la mano parte del rostro. Creo que corrimos como dos desesperados, imitando a varias personas que se habían dispersado en ese momento. Los gritos persistían en la plaza mayor. La nariz, el rostro empezaron a arder. Un mar de picazón en las amígdalas. Comencé también a toser.

En una de las esquinas encontramos una tienda. Hacía seis meses que se había instalado ese lugar, que antes había sido una casa de cambio de dólares y euros. Nos atendió una mujer gorda, de estatura baja. Cuando nos vio entrar, se sorprendió. Preguntó qué estaba pasando. Se acercó a nosotros. Indira lucía el rostro rojo y los ojos llorosos.

Ella seguía tosiendo. A intervalos también yo tosía, pero resistí más. Le pedí a la encargada del local una botella de agua mineral sin gas. Rápidamente, la vendedora fue a buscar en los anaqueles de la tienda. Una señora de cabello corto, piel ajada, algo canosa, junto a un niño, que seguro era su nieto, nos quedó mirando. La anciana dijo algo, como una crítica severa de la política actual. Creo que dijo algo más. Apenas si la escuché.

Indira bebió el agua mineral. La bebió con ansiedad, como si el mundo estuviera a punto de terminarse. Luego se refrescó el rostro con un poco de agua. Seguía tosiendo, hasta que luego de diez minutos, se calmó. No me sorprendió la reacción de Indira, yo había vivido ello en dos ocasiones, así que ya tenía cierta experiencia. En la tienda nos quedamos algo más de media hora.

—Gracias, Gustavo— dijo Indira.

—No te preocupes— le dije— estas cosas pasan, es la vida del periodista—, agregué mientras acariciaba su cabello.

Tres días después también me centré en mi cabello y quedó el corte al rape en los costados, tal y como lo quería. La ciudad se había despertado bajo la garúa, con el cielo arropado por una manta gris. Sin embargo, esto no impidió que seis o siete grupos de personas con pancartas tomaran por asalto la plaza mayor. Entraron inesperadamente, como hormigas. Aún tengo en la memoria una de las pancartas de color verde claro con letras rojas. En ella rezaba: «Aumento de sueldo de Sina. Vergüenza nacional». Lo llevaba una mujer delgada, de ojos vivos y algunas arrugas en la frente.

Sostuve la cámara fotográfica frente a mis ojos y capté la imagen. Yo estaba ubicado a lado de una casona, convertida entonces en un museo local. El reloj marcaba las 10: 30 a.m., cuando las voces se exaltaron con la policía que acababa de llegar.

Continué tomando las fotos con la cámara Canon T7i, recuerdo de mi padre. En algún momento vi que el tumulto se acercaba a las rejas de la catedral. Me sentí como arrastrado por una marea. También Julián, camarógrafo de una conocida televisora y Alberto, fotógrafo de un diario prestigioso y antiguo, eran arrasados por el caos de esa mañana. Indira me escribió un mensaje en el WhatsApp. Luego le envié las fotos de la protesta.

Nos vimos esa noche en Paz y Loyola, el mismo café en el que nos habíamos conocido. Llegué temprano, como siempre. La muestra de pintura de autores regionales fue reemplazada por la exposición de fotografia de un conocido autor limeño.

—Gustavo, perdona la demora, tuve un día muy ajetreado.

—Descuida.

Se hizo un silencio. La gente iba llegando al local. Un tipo de anteojos y terno negro se animó y empezó a tocar el piano. La melodía era amena, sutil, propicia para ese momento, mientras las azafatas y los mozos se acercaban a las mesas y tomaban el pedido de los comensales que llegaban esa noche.

—¿Así que un día muy ajetreado? — le dije a Indira, bebiendo el cappuccino recién traído.

—Así es, Gustavo, y más aún en este tiempo previo a las elecciones presidenciales y del Congreso.

—¿Algún candidato favorito?

—He entrevistado a varios y ninguno me convence. Todos son unos mentirosos.

—Ja, ja, ja.

—Mejor no hablemos de política, Gustavillo. Hablemos mejor de ti. Adquirí la antología donde apareces. Escribes muy bonito ¿Lo sabías?

—Gracias.

En algún momento dejó su cámara Nikon sobre la mesa. Era la misma cámara fotográfica que había visto la primera vez cuando la conocí. Iba acompañada de dos lentes: uno de 50 mm y un teleobjetivo de 75 – 300 mm. Durante la cena escuchamos I love you baby de Frank Sinatra; L´amore dice ciao de Armando Trovajoli. El repertorio de Louis Amstrong, Ella Fitzgerald y Edith Piaf se concentraron también en Paz y Loyola.

—La gente ya casi no gusta de este tipo de música. ¿Somos acaso los únicos jóvenes que apreciamos ello?

—Jóvenes, jóvenes, tampoco somos. Acabo de cumplir 40 años.

—Pues pareces de menos, tienes aún cara de baby.

—Me lo han dicho muchas veces: la eterna juventud.

—Ja, ja, ja.

Hollywood en algún momento se volvió tema recurrente en nuestra plática, como por ejemplo: la relación Elizabeth Taylor y Tim Burton. Relación compleja como varias que tuvo la diva y que Indira describía muy bien, con sapiencia, con maestría.

Entonces sonrió; y sonrió aún más cuando rocé sus dedos con el temblor de un adolescente.

Nos quedamos hasta la medianoche en Paz y Loyola, luego la embarqué en un taxi y volví a casa.

Durante esos días la imagen de Indira se mantuvo en mi mente. Había conocido a varias mujeres, y de toda esa hilera de experiencias, solo tuve cuatro parejas. La última duró algo más de un año. Ninguna había sido redactora, ni menos fotógrafa. Debo confesar que cuando tenía cerca a Indira, sentía que me temblaban las manos. Cuando recibía un mensaje de ella, era como un gran despertar luego de una jornada sombría.

Empezamos a vernos de forma más constante. Entre nuestras andanzas por el centro de la ciudad, una de esas noches, cerca de la catedral, ella me tomó de la mano.

—Gracias por lo de ese día, Gustavo.

—Lo hice con gusto, Indira.

—¿Hoy no tienes muchas ganas de hablar?

—No, no es eso.

Nos miramos.

—He leído tus historias en algunas revistas de la ciudad, sabes. Te gusta escribir sobre mujeres, por lo que veo.

—Algo así…

Su sonrisa me cautivaba.

—¿También escribirás sobre mí?

No dije nada. Luego de mirarme por varios segundos, me abrazó.

—Me gusta cómo escribes, en verdad escribes muy bonito. Eres un gran escritor.

Sentí que una corriente eléctrica trastocaba mis sentidos. Me vi diez años antes, cuando en la facultad publicaban mis artículos y cuentos en las revistas que sacaban trimestralmente. Aterrizaba, asimismo, a mis cuarenta años con la publicación de la antología.

Antes de acostarme, me vi en el espejo. Me vi escribiendo en un jardín de flores amarillas, mientras alguien de manos delicadas, voz frágil y cabellos largos, me abrazaba y yo solo sonreía, como un niño que ve con alegría e inocencia las flores amarillas que lo rodean.

Escrito por: Guillermo Salvador Saldarriaga, Licenciado en Ciencias de la Comunicación.

Biodata:

Guillermo Salvador Saldarriaga nació en la ciudad de Trujillo en 1986. Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Escribe poesía y relatos. Ha publicado artículos y entrevistas en diversos medios de comunicación de la ciudad.

Más cuentos: