1
El taxi tarda en llegar. Martín se queja, comenta que el tiempo es dinero; Luana le da un beso en la frente para apaciguarlo. Yo, en cambio, reprocho a Martín por sus reclamos. Al final, reímos todos.
Luana y Martín se acomodan en el asiento de atrás; para darles privacidad, opto por ubicarme en el sitio del copiloto. El taxista, un hombre delgado y efusivo, nos saluda. Procura constatar su ruta preguntándonos si el destino es la discoteca AAA; los tres respondemos en coro que hacia allá nos dirigimos.
Reímos. Estamos celebrando. Hoy festejamos, queremos farra, bullicio, alcohol, frenesí. No necesitamos un motivo específico para la juerga. Solo buscamos la típica euforia de los viernes.
2
Pero el auto apenas se mueve dentro del calamitoso tráfico. Trujillo, desde hace meses, es un caos prolongado: pistas con baches, aceras a medio construir, basura como sábana de la urbe. Impera la ley animal. Hoy, la hecatombe alcanza proporciones dantescas.
—Genial, nos jodimos—gruñe Martín, golpeando sus muslos—. ¿Qué ocurre con el tráfico? Maldita sea, ¡nadie se mueve!
—Seguro se ha roto una tubería. Esta ciudad es un desastre—expreso, a la vez que contemplo los vehículos aglomerados en las pistas. Motos y bicicletas van raudas. ¿Acaso compiten? ¿Huyen?
—Esto me arruina la diversión—refunfuña mi amigo. Se alisa el cuello de la camisa y trata de secarse el sudor. Luana palmea su rodilla para calmarlo. El taxista resopla; cada maniobra que ejecuta para salir del embotellamiento deviene infructuosa. Esto no es normal.
—Creo que ha sucedido algo grave—expongo. Se propala un silencio denso e irritante. Martín bufa y Luana revisa su celular de manera acelerada. Yo veo de reojo al ansioso conductor, quien transpira demasiado por el pecho. Una hilera de carros impide el avance.
—Aquí informan que se ha derrumbado el Real Plaza o algo así. ¡Observen esta foto! Se ha caído el techo del patio de comidas—dice Luana, mostrándonos la pantalla de su celular.
Espero que se haya desplomado un centro comercial y que haya muchos muertos, carajo. ¡Ojalá que esta porquería no sea porque un idiota se rompió el dedito!
El mutismo parece detener el tiempo. Nos miramos entre todos, casi no se oyen nuestras respiraciones. Poco a poco, las risas emergen, imperan en nuestras bocas y gestos. Martín, el taxista y yo pasamos del silencio total a las carcajadas desmedidas.
—¡Es falso! ¡Lo crearon con inteligencia artificial!—exclamo sin reprimir una risotada.
—¡Es absurdo, Luana! El Real Plaza nunca se caería—se mofa Martín.
—Ay, qué tonta soy—se ridiculiza Luana a sí misma.
A los cuatro nos cuesta tomar aire. La falsa noticia de Luana retumba en nuestras cabezas, ¡tremenda bobada!
—Caray, jóvenes, ¿ustedes saben a quiénes pertenece el Real?—interviene el taxista luego de carcajearse. Su tono es vehemente, didáctico—. A empresarios exitosos, los genios del mercado. ¡Ellos dominan sus rubros, ni un detalle se les escapa! ¿Creen que los líderes empresariales más grandes del Perú construirían un centro comercial inseguro? ¿Piensan que no aplicarían todos los protocolos necesarios para levantar sus negocios?
Luana y Martín, desternillándose, coinciden con el conductor. Me imagino una escena cómica: un centro comercial se desmorona; la gente, horrorizada, corre para salvar su vida, pero, de pronto, aparece un vigilante que señala hacia un rincón y anuncia: «¡Cámara escondida!».
—No creo que el Real Plaza o el Mall se derrumben. Caso contrario, ¡vaya tragedia!—manifiesta el taxista.
—¿Lo dice por las pérdidas humanas?—pregunto.
—Ah, eso. Sí, las vidas también importan, pero la gente muere a diario—ironiza el conductor—. Me refiero a las lamentables consecuencias económicas. ¡Se joderían tantos negocios! Esta ciudad necesita de compras, ventas, servicios, clientes. Ya saben, muchachos, ¡la economía nunca debe parar!
—¡Salud!—profiere Martín. Nos burlamos cuando alza una copa imaginaria.
—¡Salud! Miren, jóvenes, yo tengo una linda esposa y dos hijos maravillosos—relata el taxista después de estabilizar sus exhalaciones—. Ellos son mi adoración, pero ¿de qué sirve mi preciosa familia si no puedo llevar un pan a la mesa? Primero están los billetes, los soles, para que ellos vivan en paz, sin carencias. ¡Claro que sí!

El conductor gira el timón para penetrar por otra calle semioscura. Las sirenas de las patrullas aturden, contribuyen a la vorágine. Comienzo a sentirme nervioso. Martín continúa quejándose; recalca que, en un viernes por la noche, no hay nada más importante que la juerga. Luana lo apoya, ella quería bailar y lucir su nuevo peinado degradé. No podremos entrar por Húsares de Junín, así que buscaremos otro camino. Los minutos se entreveran en ritmos ilógicos.
—De verdad, espero que se haya desplomado un centro comercial y que haya muchos muertos, carajo. ¡Ojalá que esta porquería no sea porque un idiota se rompió el dedito!—exclama Martín. Suficiente para que nos desquiciemos a carcajadas.
3
Martín, Luana y el taxista juegan a hacerse preguntas estúpidas: «Si se incendia tu casa y solo puedes salvar a uno, ¿elegirías a tu mamá o a tu hijo?», «En un accidente de tránsito, ¿preferirías perder un brazo o una pierna?». Yo me siento abrumado, mis ganas de festejar han disminuido considerablemente.
—Esto es malo, ¡muy malo para la ciudad!—expresa el conductor—. Si hay tráfico, los taxistas tenemos que inflar las tarifas y, al hacer esto, las personas dejan de contactarnos. ¡Nos mandan al diablo! ¡Terrible para nuestros bolsillos! Y si la gente no sale a comprar, los negocios pierden dinero. Jóvenes, ¿ustedes saben cuán desastroso es que las tiendas y los emprendimientos cierren? ¡Nada es peor que eso! ¡Se lo expliqué a mi familia y ellos me dieron la razón!
—Concuerdo, señor. Si las discotecas clausuran, ¿dónde iremos los fines de semana?—ironiza Martín—. Fuera de bromas, mis padres me enseñaron que, si alguien posee dinero, consigue cualquier cosa. Amor, salud, felicidad…
A las sirenas de las patrullas se le suman las ambulancias. Por cada estrecha calle donde el taxi entra, retumban los malignos sonidos de la calamidad. Los cláxones braman. Mi celular comienza a vibrar. Dos mensajes. Tres, cuatro, cinco. Tiemblo. No tengo el valor de tomar el dispositivo. Algo sucede.

—Hablando de mi familia… Llamaré a mi esposa para informarle que hoy llegaré tarde a casa. Imposible vencer este tráfico, caramba. ¡Con su permiso, jóvenes!—vocea el taxista mientras extrae un celular de su pantalón. Marca el número de su cónyuge y espera unos segundos. El vehículo sortea varias motocicletas.
—¿Acaso existe algo más horrible que desperdiciar un viernes de fiesta?—maldice, nuevamente, Martín.
Nadie respondió la llamada. «Acabo de recordar que mi esposa salió a comprar, pero no me dijo a dónde. Debe estar ocupada», farfulla el taxista. Pasan los minutos y nadie contesta. El hombre niega con la cabeza, no comprende por qué su esposa no responde. Ella nunca lo ignora. Le envía un mensaje, la llama una y otra y otra vez. Insiste. Suda; su conducción se torna errática, vertiginosa. «No es normal, no, no…», musita. Marca el número en vano.
Inquieto, reitera que su esposa salió a comprar ropa; no especificó a dónde, se olvidó de comunicarle ese detalle. Vuelve a timbrar. «Esto nunca había ocurrido. Ella siempre responde. Dijo que iba a ver tiendas, ¡pero no me mencionó a qué lugar!», repite como un espantoso mantra. Ambulancias y patrullas emergen por las esquinas.
Víctor Andrés López Gonzales (Trujillo, 1996). Abogado, redactor SEO y asesor de publicaciones académicas.
Ganador del Concurso Literario El Búho, en la categoría Cuento (El Búho, 2025); del Concurso en Memoria de Germán Patrón Candela (CEPROCUT, 2017); del I Premio Literario de Trujillo en la categoría Cuento (Municipalidad Provincial de Trujillo, 2019); y del Concurso Literario Provincial Entre la Identidad y la Existencia (Municipalidad Provincial de Trujillo, 2021).
Autor de los libros Las llaves (Orem, 2106), Agnósticos (Exlibris Editores, 2018), Designios (FEMT, 2019), Las muertas y los griegos (Letra, 2020), María en tres días (Letra, 2023) y Se anuncia el suspenso (Letra, 2025).


