El mensaje llega el domingo en la mañana o, a veces, el sábado en la noche y siempre con la misma urgencia falsa. El grupo de WhatsApp se llama FutLoza y tiene treinta integrantes: «Muchachos, mañana 4 p.m., cancha de siempre».
Nadie pregunta cuál. En Vista Hermosa solo hay una que importa, la que queda a espaldas de Metro del óvalo Papal, entre el almacén del supermercado y una pista que el tiempo ha ido descascarando de a pocos.

Treinta personas en un grupo de WhatsApp no caben en una sola cancha, y ese es, precisamente, el primer problema logístico de cada domingo.
FutLoza mezcla padres e hijos. Niños, adolescentes y mayores. Cuando la convocatoria pega bien no alcanza con dos equipos. Se arman tres, y entonces el domingo se convierte en un yanquempó: el que pierde sale, el que gana se queda, y el tercer equipo espera su turno conversando desde el borde la cancha, que funciona como banca no oficial.

Antes de que llegue el grueso del grupo, ya hay estrategia en marcha. Los más jóvenes —los que a las 3:30 p.m. todavía tienen energía de sobra y ninguna obligación de sobremesa familiar— llegan primero, no exactamente a jugar, sino a ocupar.
Es una regla no escrita. Si nadie llega temprano, la cancha se la gana cualquier otro grupo de la zona, y un domingo sin cancha es, para los amigos de FutLoza, un domingo roto. Así que los chicos se plantan ahí desde temprano, pelota en mano, «calentando» mientras en realidad hacen guardia.
Cuando por fin llegan los padres —algunos derecho del almuerzo, con el arroz todavía asentándose—, la cancha ya está asegurada y el grupo completo empieza a definir equipos.

Ahí se nota lo que hace especial a FutLoza frente a cualquier pichanga, pues no es solo un grupo de pares jugando entre ellos, es un cruce de generaciones.
El hijo que le hace un caño al padre de otro. El padre que, treinta años más lento que en su época, igual se para en el arco porque ahí todavía rinde. El joven de veintipico que juega en el mismo equipo que su papá y que el papá de su amigo, sin que la diferencia de edad organice nada más que las bromas.
El partido en sí, cuando hay tres equipos rotando, nunca es solo un partido: es una tarde entera de espera, entrada y salida.

El equipo que descansa no se va a ningún lado —se queda ahí, comentando la jugada, bromeando la huacha y comentando el gol errado como si fuera un partido televisado. Esa espera compartida termina siendo, para muchos de los treinta de FutbLoza, la parte del domingo que más se disfruta: no jugar, sino estar ahí, viendo jugar.
Nadie en FutLoza habla de esto en términos grandes. Si les preguntas por qué llevan tantos domingos ahí, la respuesta es simple: pasarla bien entre amigos.
El Metro del óvalo Papal no sabe que tiene, a sus espaldas, una cancha que sostiene la vida social de dos generaciones de amigos. Si no la hubiera, ¿dónde se juntarán treinta personas de FutLoza a hacerse un caño de padre a hijo, y sobre todo, a pasarla bien un domingo cualquiera?
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