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El mercado político peruano: cómo la democracia se devaluó hasta el precio del remate

En el Perú, la política dejó de construirse y empezó a venderse: partidos al peso, franquicias recicladas y candidatos sin mérito. Con una ley que abre la puerta a cualquiera y medios que hacen negocio con la exposición, la mediocridad ya no es un accidente: es el modelo.

¡Lleve, lleve, casero! ¡Pase al mercado! Aquí tenemos productos políticos para todos los gustos: barato, reciclado, de ocasión. No importa la calidad, la preparación o la solvencia moral; lo importante es que ‘caiga bien’ o tenga un rato de fama. Así, crudito nomás.

Suena irónico y surrealista, ¿verdad? Pues no lo es. Lo realmente triste es asumirlo: la política peruana se ha convertido en un mercado de saldo, donde los principios se rematan y el criterio de compra es la emoción de cinco minutos. Nada más.

La política nuestra de todos los días se parece a Polvos Azules, ese centro comercial “de descarte y sin raigambre”, que el periodista Jaime Bedoya describió así: “De las tres b, contaba con las últimas: bonito y barato. A veces, solo con la última”.

La política está involucionando. La diferencia entre un partido —sustentado en convicciones— y una simple organización de intereses —sustentada en cálculos— es hoy un maquillaje semántico. Pasamos del bienestar común a la dictadura del egoísmo particular.

La política no debería acostumbrarse a la incoherencia ideológica. Max Weber lo escribió sin que le tiemble la mano: la política se hace con pasión, sí; pero sosteniendo el pulso entre la ética de la convicción y la de la responsabilidad. Cuando esa convicción se diluye y nadie sabe ya qué principios defiende, el vacío lo ocupa la avaricia. Y ahí es donde todo se pudre.

La política nuestra de todos los días se parece a Polvos Azules, ese centro comercial “de descarte y sin raigambre”, que el periodista Jaime Bedoya describió así: “De las tres b, contaba con las últimas: bonito y barato. A veces, solo con la última”.

No estamos frente a un accidente contemporáneo ni a una mala racha electoral: esto viene podrido desde el hueso. Alfonso Quiroz lo dejó claro en Historia de la corrupción en el Perú: la corrupción no es un episodio aislado, sino una tradición recurrente que acompaña la formación del Estado peruano desde tiempos coloniales, una maquinaria donde el abuso del erario y el tráfico de influencias se normalizaron como si fueran engranajes inevitables.

Lo que hoy vemos —esta avalancha de franquicias políticas y oportunistas profesionales— no es una mutación, es la versión actualizada de un patrón histórico que el país nunca quiso enfrentar como se hace con la suciedad en casa: limpiarla.

La franquicia del negocio

El país se encamina a una fragmentación sin precedentes. Si en las últimas elecciones generales de 2021 compitieron 18 organizaciones, de las cuales 11 lograron ingresar al Congreso, y perpetuaron la crisis de representación, hoy la cifra de partidos habilitados para competir en 2026 se ha disparado a 38.

Esta explosión de la oferta, que duplica la del 2021, no es señal de que aparecieron titanes políticos ni de que florecieron las ideas con vocación de servicio; sino que descubrieron un negocio rentable. Varía la retórica, pero la sustancia es la misma: cero convicción y mucha angurria. No se necesita ser estadista ni un líder: basta con el embuste de las firmas falsas o una ficha bamba para conseguir una franquicia.

Mario Vargas Llosa lo dijo sin anestesia al describir la trivialización contemporánea. En su libro La civilización del espectáculo apuntó que el cómico es el rey. Y en el Perú, muchos de esos ‘reyes’ tienen curules.

La falla estructural se origina en la Constitución Política del Perú (especialmente en los artículos 90 y 110), y se perpetúa en la Ley de Organizaciones Políticas (Ley N.º 28094). Esta omisión cobra mayor riesgo con la entrada en vigor de la bicameralidad (Ley N.° 31988), pues no se exige solvencia técnica, mínima formación académica ni idoneidad profesional para postular a los ahora numerosos cargos en las Cámaras de Senadores y Diputados, ni a la Presidencia de la República.

Es una puerta abierta para cualquier improvisado. Así entran los pelafustanes, los advenedizos, los mamarrachos y los que jamás tendrían un cargo técnico en la vida real; pero acceden al poder por pura figuración o por el mérito servil del chupamedias profesional. Muchos de ellos hacen gala de una rimbombante ignorancia y despliegan un notable analfabetismo funcional.

Detrás de la retórica se esconde un patrón: personajes que vienen de vidas precarias y ven en la política la oportunidad de su vida… para ellos. Entran no a servir, sino a tragar. Se convierten en sanguijuelas del erario público.

La doble moral de los medios

La prensa tampoco puede lavarse las manos. Muchos medios hacen caja —y cómo— con este mercado político deformado. Exponen, inflan, legitiman y convierten en ‘figuras’ a personajes de medio pelo o mequetrefes en noticieros, talk shows o franjas electorales ampliadas —no solo en el segmento electoral obligatorio, sino en paquetes especiales de exposición en sus programas—, segmentos que los políticos pagan como si compraran minutos de publicidad camuflada.

No estamos frente a un accidente contemporáneo ni a una mala racha electoral: esto viene podrido desde el hueso. Alfonso Quiroz lo dejó claro en Historia de la corrupción en el Perú: la corrupción no es un episodio aislado, sino una tradición recurrente que acompaña la formación del Estado peruano desde tiempos coloniales

Y la escena es todavía más grotesca: se indignan para la cámara, pero negocian detrás del set. Luego, con la misma frescura, los despellejan para vender opinión con supuesta independencia y autonomía. Moneticen primero; critiquen después. Doble moral nivel premium.

La degradación llega a un punto caricaturesco, pues la propia clase política crea sus ‘marcas’ del oprobio, sobre todo en nuestro circense parlamento: Mochasueldo, Robaluz, Mataperro, Comepollo, Comeoro, Robacable, Lavapies, Cortaúñas, etc. Y no, no es un manual con sobrenombres cómicos, es la institucionalización del ridículo tan bien representado por el Congreso en los últimos años.

La ausencia de requisitos técnicos o académicos convierte a la política en un circo bizarro porque la trayectoria se reemplaza por el rating. Es por ello que se ha normalizado que nombres como el de la hija de Susy Díaz, Flor Polo; el boxeador David ‘Pantera’ Zegarra; la exconductora de televisión Sofía Franco; el excéntrico Richard Cisneros, conocido como Richard Swing y hasta Karen Paniagua, modelo de una plataforma para adultos, pretendan tener una curul en el parlamento. En un mercado donde todo se vende, todo entra hasta a precio de remate.

El negocio del transfuguismo

En el Perú, el cambio de camiseta se ha vuelto una destreza política. No por evolución doctrinaria, sino por conveniencia. Ahí están, por ejemplo, Patricia Chirinos, que pasó del movimiento regional Chim Pum Callao a Avanza País y, luego, a Renovación Popular; José Luna Gálvez, que saltó de Renovación Popular a Solidaridad Nacional antes de fundar Podemos, como si fuera un rentable emprendimiento.

También, Susel Paredes, quien ha transitado por Vivo por Magdalena, Partido Morado y Primero la Gente, sin despeinarse. Por otro lado, el político trujillano Elías Rodríguez es uno de estos tránsfugas políticos que busca mantenerse en el poder tras sus conocidos pasos por el APRA, Trabajo Más Trabajo y, actualmente, en Podemos Perú. No son excepciones: son la metáfora perfecta de una política sin anclas, donde la lealtad es un accesorio descartable. Simple y sencillo.

Tras asegurar una nominación, viven del poder. Su brújula no apunta al bien común, sino al bolsillo propio. El ADN político está invertido. No es una falla: es un modelo de negocio.

Y ojo: tampoco se trata de decir que todos son una manga de incompetentes. Hay políticos decentes, sobre todo jóvenes, con ambición limpia y ganas de arreglar el desastre, pero los partidos los usan como adornos: los ponen adelante para la foto y atrás para las decisiones. Entran con ideas, salen con migrañas. El problema es que el sistema los mastica hasta dejarlos subyugados a él.

Porque acá el poder funciona así: se pelean a muerte cuando hay cámaras, pero cuando les rozan el bolsillo se abrazan como hermanitos.

Y a veces uno se pregunta qué pasaría si su sueldo se pareciera al del peruano promedio. Si de pronto el Congreso pagara como un trabajo normal, sin bonos mágicos ni beneficios de fantasía. ¿Seguiríamos teniendo decenas de partidos improvisados y candidatos de farándula? ¿O quedarían solo los que vienen por vocación y no por caja?

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Y la ciudadanía responde como era previsible: con escepticismo total. La aprobación del Congreso sigue por debajo del 15 %, según la Compañía Peruana de Estudios de Mercado y Opinión Pública (CPI), en un estudio presencial realizado en hogares urbanos a 1200 personas entre 18 y 70 años, del 26 al 30 de noviembre. Es decir, no es que el repudio caiga del cielo: es la factura lógica de años de desorden, improvisación y conchudez institucional.

El ciudadano cómplice

Pero el sistema no se pudre solo desde arriba. También desde abajo. La falla es sociológica. Como lo advierte el politólogo Alberto Vergara en Ciudadanos sin República: ¿Cómo sobrevivir en la jungla política peruana?, el Perú enfrenta el drama de una democracia superficial: el acceso a derechos y oportunidades depende más de redes de poder que de principios de justicia e igualdad ante la ley. No basta con votar, si las instituciones y la ciudadanía no se exigen mutuamente para sostener una república con sentido.

Al final, la república no es más que el lobby mejor vestido, y la ‘igualdad ante la ley’ es solo una frase que se lee bien en las invitaciones a cócteles oficiales. La verdad es que este sistema ya no está enfermo; está agotado, y la mayoría ha decidido que es menos costoso ser cómplice que ser ciudadano.

La degradación llega a un punto caricaturesco, pues la propia clase política crea sus ‘marcas’ del oprobio, sobre todo en nuestro circense parlamento: Mochasueldo, Robaluz, Mataperro, Comepollo, Comeoro, Robacable, Lavapies, Cortaúñas, etc.

Hay personas que nutren su ignorancia con orgullo, que defienden al corrupto como si fuera un pariente, que repiten consignas sin entenderlas y que convierten el ‘roba, pero hace’ en una filosofía de vida. Se condena al político ladrón, pero se justifica la coima. Esa doble moral es la primera piedra del derrumbe.

Y están también los camaleones sociales, los chupamedias profesionales, los lustrabotas del poder, los que cambian de color político como quien cambia de camiseta solo para enganchar una obra, un contrato o un favor del poder de turno.

Esa masa que se indigna en redes, pero negocia en privado; que reclama ética mientras cobra su tajada o espera que le caiga su migaja; que protesta en la mañana y aplaude por conveniencia en la noche. Son la burocracia parasitaria que vive del halago servil y garantiza la continuidad del desorden. Esa ciudadanía también sostiene el mercado podrido.

Los partidos históricos, lejos de ser la salvación, se desplomaron por una implosión ética. El APRA y el PPC sobreviven como cascarones vacíos, traicionando la mística de sus fundadores y replicando la misma angurria que critican. Su caída abrió el espacio para que las franquicias políticas oportunistas ocupen el ecosistema. No son mejores: solo más burdas.

Políticos peruanos, politico

El cambio no vendrá de sermones. Llegará de reformas institucionales que aseguren la calidad de la representación. Es imprescindible, con mayor razón ante el restablecimiento de la bicameralidad (Ley N.° 31988), modificar los artículos 90 y 110 de la Constitución Política —que fijan requisitos mínimos insuficientes basados solo en edad y ciudadanía para las ahora dos cámaras (Senadores y Diputados) y la Presidencia—, y complementar la reforma de la Ley de Organizaciones Políticas (Ley N.° 28094) para exigir idoneidad mínima (técnica, profesional y académica) a todos los postulantes.

Urge, además, democratizar internamente los partidos y fiscalizar el uso del financiamiento público para romper el negocio político. Porque, al final, el sistema se rige por una máxima simple: aquí todos comercian y todos ganan. Menos el ciudadano.

Mientras los medios sigan operando con doble moral, mientras los partidos sean franquicias, mientras el votante no exija principios, la política nos seguirá vendiendo productos baratos. Y nosotros, condenados a ver cómo las hienas hambrientas devoran lo poco que queda de la República, hasta que solo huela a mercado podrido: el mercado político peruano.

Favio Zerpa Novoa
Favio Zerpa Novoa
Comunicador egresado de la Universidad Privada Antenor Orrego, con experiencia en radio y televisión. Su periodismo es el resultado de la calle y la academia. Le aburre el lenguaje cuadrado y de pose. Su estilo es conocido por romper el discurso plano, mezclando análisis y crítica con elegancia, 'calle' y sin miedo a golpear con rigor. Sostiene que el periodismo debe ejercerse con independencia y libertad, cueste lo que cueste. Fuera del micrófono y los párrafos, es esposo y un amante empedernido del rock, el arte y el deporte, especialmente, del fútbol.