InicioFrutos Extraños"El destino", un cuento de Guillermo Salvador Saldarriaga

«El destino», un cuento de Guillermo Salvador Saldarriaga

Solo el destino ha querido que sucedieran así las cosas. Ese día subí al microbús. Creo que eran las diez de la mañana, quizá las once. Ocurrió hace un par de años. Celular en mano, me comuniqué con Solórzano: era uno de mis mejores amigos y, aunque trabajaba en el diario de la competencia, ello no impedía que los fines de semana nos reuniéramos para jugar un partido de fútbol o para ir a tomar un café.

Me informó que, en el barrio 7B sector Floresta, en Florencia de Mora, había ocurrido una balacera, dejando tres heridos, entre ellos un menor de edad; al parecer un lío de faldas, quizá un nuevo episodio de discordia entre dos bandas delincuenciales.

Esa era mi primera comisión luego de haber escrito en la página de sociales y culturales.

(Sentado frente a la cama, escribo esto con cierto dolor de cabeza. Lo escribo con el apoyo de varias anotaciones en la agenda, el archivo de recortes periodísticos que conservo y ciertas imágenes en mi cerebro que con el tiempo se están desvaneciendo).

El microbús me dejó en un paradero cerca de un puesto de periódicos y paredes llenas de grafitis.

Respiré hondo y empezaron mis andanzas por esa zona. Las personas se quedaron mirándome o al menos eso creí. Sus ojos y sus labios parecían moverse con agilidad al ver que caminaba por allí ese ser extraño que era yo.

No sé con exactitud cuántas veces saqué el celular con el fin de lograr visualizar la ubicación exacta, tal como me la había facilitado Solórzano. Respecto a él, lo llamé como dos o tres veces, quizá fueron más llamadas, pero sin ninguna respuesta. Muy cerca al lugar de los hechos, en una calle desolada, un hombre gordo y alto me topó con su brazo izquierdo. No sé qué dijo, solo que nos miramos por unos segundos.

(El dolor de cabeza de pronto se ha vuelto intenso, aun así, hago el esfuerzo y resisto en la escritura).

Al fin me hallé en el lugar exacto. La casa tenía tres pisos según el informe periodístico. La puerta se encontraba abierta, rodeada por tres señoras que hablaban sin cesar. Entendí que una de ellas pertenecía a la familia de los heridos. La señora tenía un pequeño corte cerca al ojo derecho. Por supuesto, no le dije que laboraba en Notas. Inventé un cargo que ya olvidé por completo. La mujer me llenó de preguntas, más de las que yo podía formular en ese instante.

En toda esa circunstancia y sin que me percatara, aparecieron un par de perros rottweilers que se lanzaron contra mis piernas. No tuve tiempo para reaccionar: todo fue muy rápido; caí al piso y me di un golpe en la cabeza contra la pista que me dolió mucho; aun así, tuve la valentía de levantarme en el acto, porque los canes ya mordían mis zapatos y una de mis piernas; creo que grité. Mi voz salía como un estallido redundante. En paralelo se escuchaban los ladridos de los canes y los gritos de las señoras que alejaban a los feroces rottweilers.

Me alejé cojeando ni bien apareció por allí un taxi.

(No sigo más, siento una cierta somnolencia, como si estuviera a punto de desvanecerme. Llamo a alguien para que me ayude. En unos minutos entra a la habitación una mujer de vestido de flores y rizos dorados. Me veo recostado en la cama. Escucho su voz, combinada con los maullidos de un gato.

—Perdón, ¿quién es usted?

—¡No me reconoces, Carlos! ¡Soy yo, Mariana, tu esposa!

—…

Al principio no la reconocí bien, quizá porque se había cambiado de ropa, tal vez porque había cambiado de look. Mariana me brinda un par de medicamentos, pastillas blancas y amarillas de nombres extraños que tomo junto con un vaso de agua. Mi esposa me abraza. Me besa la frente.

Estoy a punto de dormir, pero me mantienen despierto los maullidos de un gato, al que luego mi esposa se refiere como Minina. El animalito me mira y rasga la mesa cercana a la cama como queriendo llamar la atención; esa misma mesa llena de recortes periodísticos, libros, diccionarios, cuadernos, libretas, lapiceros: un desorden total, mientras unas lágrimas aparecen surcando en mis mejillas).

Escrito por: Guillermo Salvador Saldarriaga, Licenciado en Ciencias de la Comunicación.

Biodata:

Guillermo Salvador Saldarriaga nació en la ciudad de Trujillo en 1986. Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Escribe poesía y relatos. Ha publicado artículos y entrevistas en diversos medios de comunicación de la ciudad.

Este relato está incluido en la antología titulada: Capaz (2025), donde ocho autores han forjado sus creaciones a la sensibilización, respeto, empatía y amor a las personas que viven con alguna discapacidad y tiene como propósito contribuir con la sociedad, fomentando la empatía, la perspectiva, la reflexión y la comprensión en nuestra comunidad en general.

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