InicioFrutos Extraños"Historia de libertad", un relato de Betsy Portilla Paredes

«Historia de libertad», un relato de Betsy Portilla Paredes

Durante un buen tiempo, mis experiencias y deseos no conciliaban en sus victorias, porque siempre les había rondado las tristezas y las frustraciones. Ya no recuerdo hace cuánto tiempo transcurrió de lo que voy a narrar, pero sí recuerdo que eran aproximadamente las cuatro de la tarde de un día domingo del mes de mayo. Habían transcurrido como tres horas desde que habíamos terminado de almorzar.

Sí, fue un fin de semana: en ese tiempo los domingos siempre me habían parecido tristes y aburridos. Me había retirado a mi habitación pensando en dormir un poco; sin embargo, no lo logré porque escuchaba la risa y el alboroto de mis dos sobrinas pequeñas en el patio del jardín (a pesar de tener la puerta cerrada y de que mi habitación se ubicaba al fondo). Entonces, me abracé a la almohada para llorar porque me sentía triste, pero tampoco pude hacerlo.

Mi soledad y yo

En aquellos años, casi siempre estaba triste porque se me habían acumulado un pocotón de hechos a los que sumaba una gran cantidad de frustraciones como el no haber podido superar mi primera decepción amorosa, el fallecimiento de mi abuelita o el abandono de mi carrera de Artes Plásticas (fue un factor derrumbarte la incomprensión de un profesor y la falta de facilidades educativas ante mi condición, llegando a recalcar en mi tercer año de carrera y en pleno examen presencial, a viva voz en el aula, mi condición de discapacidad y lo difícil que sería para mí ejercer).

Todo eso agravó notablemente la profunda soledad que sentía e hizo que asumiera el pensamiento de que lo peor que me pasaba era por mi condición de discapacidad. Me empecé a sentir fea, torpe, insípida y más limitada de lo que en realidad era. Y empecé a sufrir por todo: porque el tiempo pasaba y mi edad aumentaba, no encajaba en el estereotipo de mujer que los hombres buscaban y casi estaba en la edad en que la mayor parte de mis amigas estaban «realizadas» profesional, social y afectivamente.

Todo eso agravó notablemente la profunda soledad que sentía e hizo que asumiera el pensamiento de que lo peor que me pasaba era por mi condición de discapacidad. Me empecé a sentir fea, torpe, insípida y más limitada de lo que en realidad era.

En realidad, no me faltaban pretendientes, me faltaba creer en ellos y considerar que sí tenían interés genuino en mí. Me había enamorado hasta entonces una sola vez y creí que nunca más podría hacerlo… Había muchas cosas que no hacía regularmente como, por ejemplo, salir y me sentía atrapada por dentro en mi propia casa.

Aquel domingo de mayo, la última de mis hermanas empujó la puerta de mi habitación y entró con una paloma blanca en la mano que hacía mucho esfuerzo por soltarse de la camisa en la que la traía envuelta. Mis dos sobrinas de cuatro y cinco años venían tras de ellas pidiendo cogerla.

Salí de mi letargo asombrada, observé a mi hermana y le pregunté de dónde había salido esa paloma y cómo es que había podido atraparla.

En ese tiempo aún vivíamos en California, en la que era la casa de mi abuelita, y mi hermana me explicó que la paloma había llegado volando y se había posado en la ramada de uvas que daba sombra al sillón en que mi mami dormía, a la altura del descanso de la escalera. Mi hermana subió, la atrapó y me la entregó pidiéndome que le cortara las alas, pues mis sobrinas la querían tener de mascota.

Apenada por la situación de la palomita la tomé y le quité la camisa que sujetaba sus blancas alas, pero no se las corté: las acaricié.

Me empezó a picotear la mano con la que le sostenía las patitas; pensé en lo terrible que era sentirse prisionera amando la libertad y, en ese momento, me identifiqué con ella. La seguía acariciando para darle confianza mientras le hablaba suavemente y le pedí a mis sobrinas que también la acariciaran un momento para calmar la ansiedad que ellas tenían por tenerla. Cuando la paloma dejó de estar arisca y hacer fuerza, la solté sobre mi cama y empezamos a observarla.

Estaba más calmada. Era preciosa, elegante y grande. Agitó sus alas y, luego de revolotear por toda la habitación, se posó sobre uno de los mangos de mi silla de ruedas sin atreverse a ir más allá. La puerta estaba cerrada y probablemente le asustaba que mi hermana o mis sobrinas la atraparan. Nuevamente, estiré mi mano sobre ella para acariciarla. Ya no temblaba: había logrado darle la seguridad de no ser lastimada.

Le pedí a mi hermana que trajera un poquito de arroz y un vaso de agua, pues pensé que, si se había arriesgado tanto a ser atrapada, era porque tenía hambre o sed. Se lo ofrecí en la palma de mi mano, pero la paloma no quiso comer y, del mango de mi silla de ruedas, saltó a mi cama. Empezó a caminar por toda ella en círculos hasta volver a posarse sobre los mangos. Nuevamente le ofrecí arroz en la palma de mi mano y otra vez me picó un buen rato antes de empezar a coger el arroz con su pico, luego bebió un poco de agua y continúe acariciándola para acostumbrarla a mis manos.

Le dije a mi hermana que no sería necesario cortarle las alas para que se quedase. Al llegar la noche, no había un lugar seguro en la casa para dejarla: meterla en una caja no era conveniente por lo logrado hasta el momento, los vidrios de la ventana de la cocina estaban rotos y, allí como en el jardín, los gatos que entraban de noche se la podían comer. Así que decidí que se quedaría en mi habitación.

Mi madre no estuvo de acuerdo, diciendo que dejaría mal olor, como el que tenían «las casas de los que duermen mezclados con los animales». Su comentario no cambió mi decisión: coloqué papel periódico en el suelo —un tanto detrás de mi silla de ruedas y otro poco al pie de la cabecera de mi cama— para que la paloma no ensuciara el parqué con su deposición.

Al día siguiente, percibí efectivamente un olor fuerte —así como plumas sueltas por la habitación— y observé, por el estado del papel, que el lugar elegido por la paloma para pasar la noche había sido la cabecera de mi cama. Me toqué la cabeza con las dos manos pensando que estaría sucia, pero no fue así. Ella se encontraba parada sobre uno de los mangos de mi silla. Me levanté para sacar el papel y abrir las ventanas antes de que mi mamá se levantara. La paloma no se asustó cuando subí a mi silla de ruedas: se quedó allí en el mango. Luego, a medida que avanzábamos por el largo pasillo de la casa, se subió en mi hombro, acompañándome a dónde iba a ir. Mi hermano y mis sobrinas, al verme salir al jardín con la paloma al hombro, se empezaron a reír.

Me gustaba que la paloma quisiera estar conmigo. Le di uno de mis dedos para que subiera a mi mano como se hace con los loritos y la senté en mi falda. Mis sobrinas se acercaron para cogerla, pero ella voló y realmente pensé que no la volvería a ver, pero fue a posarse en un arbolito pequeño que había en el jardín al costado del árbol de lúcumas.

Me sorprendí de que no se fuera más lejos y convencí a mis sobrinas de entrar a las habitaciones, un momento después de que dejaran un puñado de arroz en la tierra del jardín.

No había pasado mucho tiempo cuando, al regresar a buscarla, no la encontramos en el jardín, sino en el patio frente a la cocina tratando de huir de las manos de mi hermano, que intentaba cortarle las alas.

Me gustaba que la paloma quisiera estar conmigo. Le di uno de mis dedos para que subiera a mi mano como se hace con los loritos y la senté en mi falda. Mis sobrinas se acercaron para cogerla, pero ella voló y realmente pensé que no la volvería a ver.

No pude evitar que mis lágrimas brotaran…

—No le cortes las alas —le grité angustiada—; solo vino a buscar alimento y descanso para luego seguir su viaje.

»Esta paloma es una respuesta que esperaba para tener la certeza de que Dios escucha las oraciones. Debe ser para nosotros como una bendición en forma del Espíritu Santo… Podía haberse ido cuando la saqué al jardín, pero no lo hizo: se quedó y no estás valorando eso —recalqué.

A partir de ese momento, comparé mis episodios de vida con la oscuridad y la soledad en que vivía Dios antes de crear el universo.

Mi hermano, sorprendido por mi ansiedad, la soltó, pero había logrado cortarle la punta de su ala izquierda. Aun así, ella pudo levantar un poco el vuelo y vino a mí.

Le puse un nombre. Se quedó en mi casa durante un mes; iba y venía por los techos de las casas de los vecinos y la nuestra durante el día, pero volvía cuando la llamaba por su nombre: Mialú.

Yo era la única persona de la casa que podía acariciarla, pues no se dejaba con los demás. Se subía al mango de mi silla, a mi falda, mi hombro y comía de mi mano. Dormía en el mango de mi silla de ruedas por las noches.

En las mañanas, me picaba el cuero cabelludo si me quedaba dormida. Yo le rascaba la cabecilla como agradeciéndole. Pienso que entendía todo lo que ocurría a su alrededor. Nunca ensució mis sábanas ni mi cabello. Obviamente yo continuaba colocando periódicos nuevos en el suelo a la cabecera de mi cama y detrás de mi silla de ruedas durante todas las noches y los tiraba a la basura al llegar la mañana. No me molestaba hacerlo; los domingos dejaron de ser aburridos desde que me Mialú llegó a casa.

Su estancia en ella hizo que llegara a ver de otra manera la libertad limitada por mi discapacidad y entendí que puedo volar con el pensamiento y llegar más allá de lo que otros logran hacerlo. Mi corazón es libre como era el corazón de ella. Mialú amaba su libertad y yo sabía que llegaría un día en que se iría para no regresar: tenía que ser así por su naturaleza.

La última mañana que la vi fui brusca con ella. No recuerdo que había pasado, pero yo estaba de mal humor por una discusión con mis hermanas y Mialú no quería salir al jardín como siempre, por lo que tuve que forzarla. La tomé por la fuerza de las patitas haciéndola aletear en el aire. Ella no pudo entender mi actitud ni zafarse de mis dedos que la sostenían con fuerza.

Cuando la solté, se posó como siempre sobre el arbolito pequeño y desde ahí me miró, tal vez desconcertada. Regresé a las habitaciones y la dejé ahí sin reflexionar en mi actitud. Más tarde, volví a salir al jardín, donde la vi comiendo arroz y hormigas. Mis sobrinas intentaron cogerla y ella voló a los techos como otros días, pero esta vez no regresó cuando la llamé a media tarde y tampoco al final de la tarde al llegar las 6 p. m. ¡Me sentí tan triste! Lloré arrepentida por haber lastimado su cariño y su confianza en mí.

¿Cómo poder pedirle perdón?; ya nunca más volvería a verla. Me quedó el remordimiento de mi accionar, pero adquirí el consuelo y la esperanza de creer que entendió y perdonó mi arrebato al sentir o leer el arrepentimiento de mis ojos en el jardín, cuando nos vimos por última vez antes de tomar su decisión.

Mialú sabe que la amo, la recuerdo y los domingos son distintos a partir de ella, aunque mis manos no puedan acariciar sus alas como antes.

No sé cuántos años viven las palomas ni hasta dónde se fue. Sé que nunca más volveré a ver a Mialú, pero, en cada cuento que escribo mientras estoy aquí abajo, la recuerdo. Sus alas de ave me dieron alas de ángel para los sueños y mi corazón es libre como ella cuando sueño o vuelo en mi imaginación.

Desde entonces y hasta ahora, mientras estoy aquí, descubro en esa experiencia el maravilloso amor que Dios siente por mí y el poder de mi naturaleza cuando escribo, y siento que me convierte en un Ángel de reflexión y arrepentimiento ante la osadía.

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Escrito por Betsy Portilla Paredes, técnica en Informática y conciliadora extrajudicial de profesión. Ha publicado su poemario: Entre el cielo y el mar (2021); el cuento Memito, mi duende favorito (2024) y ha participado en la antología Poetas por La Libertad 2 publicada en formato de libro cartonero por La Otra Editorial el año 2025.

Este relato está incluido en la antología titulada Capaz (2025), donde ocho autores han forjado sus creaciones a la sensibilización, respeto, empatía y amor a las personas que viven con alguna discapacidad y tiene como propósito contribuir con la sociedad, fomentando la empatía, la perspectiva, la reflexión y la comprensión en nuestra comunidad en general.

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