InicioFruta de exportaciónLa buena y mala pepa: Arturo Fernández, el Loco de Moche

La buena y mala pepa: Arturo Fernández, el Loco de Moche

El político trujillano vive en los extremos. Cosecha odios y tempestades, pero también triunfos electorales. ¿Qué don tiene para sintonizar con una sociedad disconforme?

El Loco de Moche no tiene buena pepa

Arturo Fernández, el Loco de Moche, no tiene buena pepa porque representa el intento fallido de la vesania por dar soluciones en una época convulsa en Trujillo y el Perú.

La locura es muy popular dentro del ámbito político. Durante años de historia universal se han retratado un sinnúmero de casos que no terminan por determinar si es el ejercicio de poder el que los vuelve orates o hay una gran tendencia por postular a un cargo siendo un lunático.

El Loco de Moche es mala pepa porque los gobernantes con locura vuelven ruinas lo que juran proteger. Calígula, tercer emperador romano, cayó en demencia cuando empezó a ordenar la ejecución de nobles y rivales, además de llenar las arcas del estado con confiscaciones. Nerón obligaba, bajo pena de muerte, que todos lo escucharan.

Lo peligroso de una auténtica locura es que se sale del personaje. Richard Nixon proponía que si sus enemigos pensaban que él estaba loco, le era más fácil disuadir a la oposición y, como tal, lograr que los demás cumplan sus pedidos al pie de la letra.

El Loco de Moche no es buena pepa porque no es un loco de mentira. Es de verdad. Según su familia cuenta con un diagnóstico médico por trastornos de personalidad, el cual agravó porque no siguió el tratamiento. Además, una jueza le ordenó recibir asistencia profesional en un centro de salud mental debido a sus agresiones sicológicas y difamaciones.

Lo peligroso de una auténtica locura es que se sale del personaje. Richard Nixon proponía que si sus enemigos pensaban que él estaba loco, le era más fácil disuadir a la oposición y, como tal, lograr que los demás cumplan sus pedidos al pie de la letra. Por su parte, Donald Trump anda por el mundo viviendo como Maquiavelo: el fin justifica los medios. Sin embargo, Juan Manuel Robles y Felipe Morales Sierra consideran que el autor de El Príncipe no apoyaría al presidente estadounidense porque solo es válida la locura desde la debilidad en poder, por ende, se entiende que tampoco la de Arturo Fernández.

Arturo Fernández es mala pepa porque su única fuerza es la indignación. Recoge el cansancio y frustración acumuladas en la historia peruana y las concentra en un odio ciego que está dispuesto a ir detrás de cualquier panacea temporal.

Según Byung-Chul Han, las olas de indignación son más que eficientes para movilizar y aglutinar la atención, sin embargo, no corresponden a un buen ejercicio para el discurso o el espacio públicos, debido a que son de carácter volátil. Es decir, generan mucho revuelo, pero desaparecen con el tiempo por la falta de estabilidad y constancia que comúnmente los caracteriza.

Arturo Fernández es mala pepa porque es como la música moderna: hace a todos bailar, pero le falta contenido. Sin embargo, no se le quita la esencia de Calamaro que como un Loco sentado en un parque medianamente se da cuenta que está down violento, down radical y no quita las miras del papel principal.

Canserbero esperaría que por lo menos le tenga amor hacia Trujillo o el Perú porque de otra forma sería solo un loco sin motivo. Cambiarían los citadinos lúcidos la letra de Los Auténticos Decadentes para describir a nuestro personaje chocando con las mesas, burlándose de todos, riéndose de nosotros y sus amigos escapándose de él.

El Loco de Moche no es buena pepa porque no se asemeja a un buen político. Las palabras se le escapan y termina por solo hablar fuerte, no parece ser un estadista convencional que cuida el verbo y su imagen, pues hasta en el campo de la música le han creado un reguetón y miles de clips bailando.

Un buen político, según Max Weber, debería tener una pasión que no se acerque a la histeria o la demagogia, un sentido de la responsabilidad que le advierta de las consecuencias de sus acciones o decisiones y, finalmente, lo que definitivamente declara como inexistente desde que empezó a llamarse a sí mismo como loco: la mesura.

El Loco de Moche es mala pepa porque ni la sicología moderna lo apoya. La locura es destructiva, aunque en ciertos casos no sea clínica.

Fernández representa en carne y hueso al político de nuestros tiempos. a). Ideología pragmática y difusa: ya no existen los partidos, sino los intereses momentáneos. El Loco de Moche ya lleva cuatro agrupaciones políticas a cuesta. b) polarización y discursos combativos: o estás con él o eres su enemigo; rompe la corrección y usa lenguaje agresivo. c) estratégico en plataformas digitales: emplea videos cortos, memes y transmisiones en vivo para saltarse los filtros de la prensa tradicional. Apela de manera directa a las emociones y captura el voto de los más jóvenes.

El Loco de Moche no es buena pepa porque en las elecciones del 4 de octubre engañó a medio electorado. Muchas personas votaron por él, es decir, pensaron que él era el candidato para la alcaldía de Trujillo —«Vuelve el Loco», decía el eslogan de su partido—, debido a que lo observaron protagonizando un intensa campaña proselitista. El verdadero aspirante al sillón municipal nunca apareció en la escena pública.

El Loco de Moche no es buena pepa porque incluso sin ser alcalde ya tiene quien hará sus caprichos. Roy Arbaiza, el virtual burgomaestre de la provincia, declaró que va a continuar con el trabajo de Arturo Fernández, su maestro y guía.

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Ante esas declaraciones queda la preocupación de un historial poco alentador. Desde 2023 ya registra condenas de prisión efectiva o suspendida y multas que llegan a los 25 mil soles. Incluso si quisiéramos defenderlo y decir que él al menos trabaja, caeríamos en un pensamiento maquiavélico que acepta los fines sin tomar en cuenta lo medios.

Arturo Fernández es mala pepa porque no respeta la historia de Trujillo. Poco le importó permitir que los ambulantes tomen la plaza mayor y la conviertan en un cocina al aire libre: leña y chancho al palo de por medio. Tampoco, le importó ubicar el busto de Víctor Larco Herrera junto a un huaco erótico.

El Loco de Moche es mala pepa porque ni la sicología moderna lo apoya. La locura es destructiva, aunque en ciertos casos no sea clínica. La triada oscura de la personalidad de Paulhus y Williams describe los rasgos del narcisismo, maquiavelismo y la sicopatía que muchas veces se esconden en los que se declaran como salvadores incomprendidos. Otros, caerán en el efecto Dunning-Kruger y se creerán especialistas que no necesitan ayuda.

Es triste hablar de la política peruana, estemos donde estemos. Es risible, lamentable, estrambótica, extravagante y hasta estas alturas del escrito, parece también ser patológica.

No hay tiempo de locuras, Vallejo ya anunciaba que el dolor crecía en el mundo a cada rato, a treinta minutos por segundo, paso a paso, pero nuestra sociedad parece haber perdido la noción del tiempo. (Una sensatez de Franklin Oblitas Terrones).

El Loco de Moche, tiene buena pepa

El Loco de Moche es buena pepa porque su apodo inevitablemente trae a la memoria tanto loco bueno, como a don Quijote, el caballero de Cervantes, quien convirtió su manera de interpretar el mundo en una aventura constante. Por supuesto que Fernández no necesita molinos de viento para protagonizar sus propias batallas, le basta una transmisión en vivo para encender la chispa de la polémica y pelearse hasta con su propia sombra.

Seguro es esa misma necesidad de lanzarse al ruedo la que lo empuja a asumir la política como una cruzada, donde cada ataque o controversia, presencial o virtual, alimenta su afilada lanza para desafiar abiertamente a los partidos políticos que llevan años disputando el poder en Trujillo.

El Loco de Moche es buena pepa porque comparte apodo con personajes tan diversos como Juan Manuel Vargas, exfutbolista peruano; Marcelo Bielsa, entrenador argentino; Javier Milei, presidente de Argentina; Abdalá Bucaram, expresidente de Ecuador; Gustavo Quintero, cantante colombiano; y Armando Reverón, pintor venezolano.

Arturo Fernández es buena pepa porque sabe tocar la fibra del electorado de Trujillo. Ya son dos elecciones que ha ganado solito. No necesita de un presupuesto millonario ni discursos rimbontes ni un proyecto político coherente.

Pero ¿qué tienen en común para ser nombrados como ‘locos’? En muchos casos, se trata de personas que han llamado la atención por su comportamiento impredecible, ocurrencias, su carácter excéntrico o su insistencia en hacer las cosas a su manera, incluso, cuando pueden llegar a incomodar. Son figuras que desafían las expectativas, rompen con ciertas convenciones y sus propias particularidades se convierten en parte de su imagen pública.

El Loco de Moche es buena pepa porque siempre puede sorprenderte, pues pocos imaginarían que detrás de su figura como político hay un médico especializado en ginecología y obstetricia. Arturo Fernández estudió, en la Universidad Carolina de Praga, Medicina Humana, una profesión que suele asociarse con la prudencia, seriedad y un trato reservado, cualidades que contrastan con la imagen que ha construido.

Asimismo, el Loco de Moche es buena pepa porque su nombre de pila lo conecta directamente con la estirpe de los líderes medievales indomables. ¿En qué sentido te preguntarás? Pues al llamarse Arturo evoca al legendario rey de Camelot, cuyas hazañas quedaron ligadas a las batallas contra los poderosos y la ruptura de las estructuras de su época.

Fiel a esa estampa de monarca popular, Fernández ha llevado sus propias batallas a las calles. En sus inicios convirtió las transmisiones en vivo de Facebook en una extensión, fiscalización y eje central de su actividad política. Si el rey Arturo tenía a Excalibur como símbolo de su poder, el Loco de Moche encontró en su teléfono conectado a internet un arma para alcanzar sus objetivos.

Arturo Fernández es buena pepa porque sabe tocar la fibra del electorado de Trujillo. Ya son dos elecciones que ha ganado solito. No necesita de un presupuesto millonario ni discursos rimbontes ni un proyecto político coherente; le basta su carácter amplificado por las redes sociales, su cercanía con la comunidad y un discurso que identifica enemigos comunes (los corruptos, Acuña, APP) a quienes hay que derrotar.

El Loco de Moche aplica en su perorrata proselitista tres conceptos clásicos de la comunicación política: esperanza, cambio y podemos.

Arturo Fernández, Loco de Moche.

El Loco de Moche es buena pepa porque halló en una expresión singular de la cerámica mochica una forma de poner la identidad de un distrito bajo los reflectores. A fines de 2021, durante su gestión municipal en Moche, impulsó la instalación de una réplica monumental del huaco erótico en el sector Santa Rosa.

La escultura no tardó en atraer visitantes y captar la atención de los medios nacionales e internacionales. Aunque la iniciativa generó controversia y reclamos de conservadores, elevó a Trujillo al epicentro turístico mediante una propuesta poco convencional, pues los visitantes se acercaban para tomarse fotografías, bromear con la peculiar figura y compartir aquel recuerdo por redes sociales. Entonces, ¿no merece cierto reconocimiento quien logra acercar la cultura a los comunes?

Y si crees que sí, te puede sorprender, pues el Loco de Moche también es buena pepa porque, al menos una vez, prefirió una necesidad concreta antes que un reconocimiento oficial. En abril del 2022, cuando el entonces presidente Pedro Castillo le entregó una placa por su gestión municipal, Arturo Fernández la rechazó y sostuvo que, en lugar de distinciones, necesitaba pistas y veredas para su pueblo.

El gesto quedó marcado como un desplante, muy acorde con su manera de ser, aunque también invita a pensar en el valor que tienen los reconocimientos frente a las necesidades que afrontaban los ciudadanos. Ciertamente una placa es algo distintivo que puede adornar una oficina y las fotografías proyectar una imagen de tranquilidad y felicidad momentánea, pero una calle en mal estado sigue ahí. Y si una autoridad tiene frente a sí al máximo representante del país, ¿por qué no aprovechar la ocasión para poner sobre la mesa las necesidades de su distrito y solicitar apoyo?

Arturo Fernández es buena pepa porque reconoció que ha cometido errores. Luego de las elecciones municipales y regionales del 2026, manifestó su intención de asesorar a Roy Arbaiza, alcalde electo de la provincia de Trujillo, y compartir con él su experiencia y los fallos que cometió durante su gestión.

El Loco de Moche es buena pepa porque durante su gestión en la Municipalidad Provincial de Trujillo también cambió la apariencia nocturna de algunos espacios públicos de la ciudad mediante la instalación de luces LED en árboles. La intervención buscaba darles una imagen distinta al caer el ocaso al incorporar la iluminación como parte del paisaje urbano.

Pero no solo tiene un efecto estético, también contribuye a que las personas se sientan más seguras, ya que al reducir las zonas oscuras mejora la visibilidad del entorno y permite identificar con mayor facilidad lo que ocurre alrededor. Esta idea también se relaciona con Jane Jacobs y su concepto de “ojos en la calle”, pues una iluminación adecuada puede animar a los vecinos a permanecer más tiempo en los parques y recorrerlos de noche. A mayor presencia de personas, más oportunidades de vigilancia natural y menos espacios abiertos al temor de ser asaltado.

Arturo Fernández es buena pepa porque reconoció que ha cometido errores. Luego de las elecciones municipales y regionales del 2026, manifestó su intención de asesorar a Roy Arbaiza, alcalde electo de la provincia de Trujillo, y compartir con él su experiencia y los fallos que cometió durante su gestión.

Esta afirmación recuerda a Sócrates y su invitación a reconocer los límites del propio conocimiento, pues difícilmente se aprende de aquello que uno se niega a cuestionar. Equivocarse es humano, pero admitirlo exige una honestidad que no siempre acompaña al ejercicio del poder. Ahora, parte de esas experiencias podrían encontrar una segunda vida en las decisiones de quien está por asumir el mando de la ciudad.

Y en el fondo, este médico parece entender antes que nadie que las ciudades, como los partos, solo se resuelven si se empuja con dolor, sangre y sin asco. Mientras los señores,  quienes se creen dueños de la ciudad, se persignan escandalizados por los gritos en la sala de espera, a Trujillo le queda la certeza de que tuvo al frente a alguien dispuesto a mancharse las manos en el quirófano para que la criatura respire. (Un arrebato de Giovanni Castillo Arroyo).