La primavera es buena pepa
La primavera es buena pepa porque es un frenesí, una ilusión. Dicen que es la estación del amor, la sangre se altera, el mundo se ve mejor. Dicen, también, que significa «el primer verdor» y es la alegoría de que el entorno determina el estado de ánimo: por fuera flores, por dentro temblores.
Nos despojamos de las capas de ropa que nos protegían del invierno. Entonces, hay aires de comodidad, prima hermana de la libertad, y todo se ve bonito, como la canción de Jarabe de Palo, y «tantas primaveras extinguidas que despiertan en cada primavera», escribió un tal Pablo Neruda.
La primavera es buena pepa porque es una estación que termina por tener su propio lugar en la memoria de una ciudad. En Trujillo, por ejemplo, setiembre quedó asociado, desde 1950, con una fiesta que comenzó en la plaza mayor con autos adornados de flores.
La primavera es buena pepa porque hasta el cuerpo se contagia de su entusiasmo. Con los días más soleados, la piel tiene más oportunidades de producir vitamina D, un nutriente que, además de contribuir a la salud de los huesos y los músculos, se ha relacionado con el bienestar emocional.
Esa identidad primaveral se mantiene y cobra vida cada año en el Gran Corso Primaveral, organizado por el Club de Leones de Trujillo. El desfile reúne carros alegóricos, bandas musicales, comparsas y delegaciones que avanzan al ritmo de la música, acompañadas por bastoneras extranjeras que ejecutan llamativas coreografías. El programa también incluye exhibiciones de marinera norteña y caballos peruanos de paso, cuyos chalanes lucen ponchos, sombreros de paja y pañuelos.
Quizá por eso resulta curioso pensar que una estación pueda tener hasta una escenografía propia, pues siempre que llega setiembre las calles y los vecinos reciben un desfile; es más, si Mijaíl Bajtín estuviera presente, reconocería la “segunda vida”, ya que la calle deja de ser únicamente el lugar por donde se transita para convertirse en un espacio donde uno puede enmascararse, salir de lo cotidiano y relacionarnos de otra manera con los demás.
La primavera es buena pepa porque es tan generosa que tiene varias capitales. En Perú es Trujillo; en Colombia, Medellín; en Bolivia, Cochabamba; en México, Cuernavaca; en China, Kunming; y en Chile, Arica. Ella es como una reina conquistadora que nunca se sacia de limitar su reinado, extiende sus dominios por el mundo y otorga a cada ciudad un pedazo de tierra para gobernar bajo su nombre.
Pero ¿qué tienen en común estas ciudades para merecer semejante título?: climas templados, temperaturas agradables en buena parte del año y paisajes donde la vegetación despliega sus verdes estandartes y las flores levantan sus colores como insignias.
La primavera es buena pepa porque hasta el cuerpo se contagia de su entusiasmo. Con los días más soleados, la piel tiene más oportunidades de producir vitamina D, un nutriente que, además de contribuir a la salud de los huesos y los músculos, se ha relacionado con el bienestar emocional, pues un metaanálisis publicado en 2024 en Psychological Medicine reunió 31 ensayos clínicos y encontró una reducción de los síntomas depresivos asociada con la exposición y suplementación de esta vitamina.
Asimismo, las mañanas más luminosas de la primavera ayudan a regular nuestro reloj biológico, encargado de organizar los ciclos de sueño y vigilia. Al sincronizarse con la luz natural, este mecanismo favorece un descanso más reparador, que resulta fundamental para regular las emociones, mantener un estado de ánimo estable y afrontar las actividades cotidianas con mayor energía.
La primavera es buena pepa porque demuestra que es capaz de reunir a muchas personas. En Japón, durante el hanami —costumbre de contemplar la belleza de las flores—, las familias y amigos se acoplan bajo los árboles a disfrutar de pícnics y a notar cómo los pétalos de los cerezos florecen y adornan el paisaje. ¿Quién tendría el corazón para negarse cuando la primavera parece susurrar la belleza del mundo?

¿Y qué pasa si te gusta más el movimiento corporal y la acción? La primavera no excluye a nadie, pues al otro lado de Asia, en la India, se cambia la delicadeza de los pétalos por una explosión de colores, ya que el Holi convierte la llegada de esta estación en una celebración, en la cual familias, amigos y comunidades enteras salen a las calles para cubrirse de gulal, bailar y compartir dulces tradicionales.
Asimismo, la primavera es buena pepa porque hasta encontró una manera de convertirse en un gesto de cariño, ya que a pocas horas de su llegada, cada 21 de setiembre, plazas y redes sociales se aglomeran de las famosas flores amarillas, como una gran declaración de afecto.
¿Y acaso los caballeros quedarían al margen de este acaecimiento? Difícil, pues setiembre también les reservó su propio detalle. Los Hot Wheels aparecen como una particular retribución de afecto. Quizá Saint-Exupéry habría comprendido la ternura de semejante gesto, porque detrás de cada pequeño automóvil parece sobrevivir aquel niño que alguna vez fuimos, capaz de maravillarse con una máquina tan diminuta y convertirla en todo su universo.
Inclusive, la primavera es buena pepa porque el hombre empezó a imitar su melodía. Antonio Vivaldi, el virtuoso compositor italiano, en su obra La primavera resalta los violines como una imitación del canto de las aves y los demás instrumentos le acompañan para personificar la brisa y el murmullo de los arroyos.
Incluso, las melodías buscan darle un significado a la estación, tal como lo plasmó Estopa en su canción La primavera, en la cual se destaca esa idea de volver a empezar después de los momentos difíciles, cuando la vida encuentra la oportunidad para empezar de nuevo.
La primavera es buena pepa porque Gabriela Mistral la imaginó como una fuerza capaz de devolverle alegría a la tierra. En Doña Primavera, la estación aparece personificada, rodeada de flores, aromas, pájaros y luz.
La primavera es buena pepa porque hasta los dioses parecen rendirse ante su encanto. Botticelli, destacado pintor del primer Renacimiento italiano, dejó florecer esa idea en su Primavera, donde Venus, Mercurio, las Gracias y Flora aparecen rodeados de flores, como si la belleza de la estación también hubiera conseguido seducir a quienes habitaban los cielos. Quizá por eso resulta tan fácil entenderla como una invitación a disfrutar, porque si hasta los omnipotentes se dejaron conquistar, ¿qué nos queda a nosotros sino hacer lo mismo?
La primavera es buena pepa porque Gabriela Mistral la imaginó como una fuerza capaz de devolverle alegría a la tierra. En Doña Primavera, la estación aparece personificada, rodeada de flores, aromas, pájaros y luz, pero su mayor encanto está en que consigue hacer brotar vida incluso de los lugares más áridos y apagados.
Así la primavera consigue que volvamos a mirar el mundo con cierta curiosidad. De esa forma se hace querer, porque durante un tiempo consigue que la belleza tenga otro ritmo, uno más lento, más atento, casi silencioso, como el crecimiento de una flor. ¿Qué sería de nosotros si pudiéramos guardar un poco de primavera allí donde el tiempo no alcanza a marchitarla? (Una echada de flores de Giovanni Castillo Arroyo).
La primavera no es buena pepa
La primavera no es buena pepa porque es una época lamentable que se pinta de maravillosa. No es hermosa como nos la cuentan, no es agradable como la presentan, no es placentera como dicen por allí.
Además, en este 2026, es una ilusión. El fenómeno de El Niño, que todo lo arrasa, la ha desaparecido del mapa; el verano es infinito y cuando lleguen las lluvias no florecerán más flores. Una primavera de mentiras. «¿Quién va a cantar?¿Quién va a soñar? ¿Quién va a tocar la melodía del amor?», se pregunta el uruguayo Rubén Rada.
Detesto la primavera porque los días se extienden hasta lo insoportable, las noches se acortan y con ello el descanso se reduce a lo mínimo. La mexicana Yuri tiene razón cuando canta la Maldita primavera que ahora tan ligera pasa sin pensar en los que despertamos con un vacío.
Intentar ser más positivos es imposible con tantas advertencias que concluyen en que es una época poco agradable. Infobae anunció temperaturas extremas para toda la primavera, Diario Correo informó sobre 30 toneladas de basura dejadas en el Gran Corso de Primavera de Trujillo. Tal vez, lo informativo no ayude mucho.
La primavera es mala pepa porque nos vuelve optimistas sin sentido. Los colores parecen aturdirnos y por un momento nos olvidamos de los problemas que nos aquejan. El paso del tiempo no perdona y mucho menos nos dejará estar descansando en estaciones pasajeras.
Salir a respirar aire fresco tampoco es una buena decisión. La que antes fue considerada como la Capital de la Eterna Primavera se ha convertido en una eterna balacera que nos recomienda no salir, no emprender, no respirar, no vivir. Y en el mejor de los casos, al levantar la mirada, observaremos miles de mujeres con sus flores amarillas, contentas como si la intención se anticipara a la tendencia. ¿Hasta dónde llegaremos?
La primavera no es buena pepa porque hasta en la música no es como la pintan. Vicente Fernández concebía a esta estación como una medida de tiempo de la vida humana, así como un medidor de amor. En su canción anuncia que solo amará a su querida un millón de primaveras y después no volverá a molestarla. Tal vez piensen que es porque nadie vive un millón de primaveras, pero por lo general es porque nadie ama en otoños o inviernos.
La primavera es mala pepa porque vuelve al amor consumista. Es imperante que durante esta temporada se regalen flores porque abundan, son más baratas, los negocios lo pintan como lo más romántico y porque alguna telenovela popularizó a través de TikTok recibir flores amarillas de su amor verdadero. ¿Qué tiene de romántico arrancar flores para que se marchiten antes de tiempo?
¿No es acaso fácil amar durante esta época? Donde todo va bien y no hay problemas que valgan la pena para preocuparse eternamente, donde la salud es completa y las dolencias aún no han llegado es sencillo prometer amor eterno. Sabiendo que algún día llegará el otoño, los matrimonios terminaron por agregar a sus condiciones una pregunta válida “¿prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad y, así, amarla y respetarla todos los días de tu vida?” y es lícita la pregunta porque cada vez hay menos Charles Burdeliere que digan “¡Prefiero tus frutos, Otoño, a las flores banales de la Primavera!”.

La primavera es mala pepa porque nos vuelve optimistas sin sentido. Los colores parecen aturdirnos y por un momento nos olvidamos de los problemas que nos aquejan. El paso del tiempo no perdona y mucho menos nos dejará estar descansando en estaciones pasajeras.
Emil Cioran decía que la primavera le parecía una época temible y que derretía su cerebro. También mencionaba que el dolor humano parece inútil y sin significado frente a ella, porque el mundo sigue sin esperarnos. No tenemos valor frente a la naturaleza porque un árbol bajo la luz del sol continúa creciendo mientras que un humano con el paso del tiempo parece sufrir más hasta perder noción del dolor. El mundo se cura así mismo y nos purga de él en el proceso.
La primavera no es buena pepa porque nos vuelve amantes irracionales de la juventud y la vida. Vivir mucho y vivir bien es el sueño de muchos, pero en el proceso de realizarlo perdemos la posibilidad de uno de ellos y es así como el vivir bien acorta nuestra vida de alguna forma y más de un siglo de vida pierde sentido si no hay emoción en ello.
La primavera es mala pepa porque nos da esperanza frente a un final anunciado. Pensamos que la vida es bella y todo florecerá como lo hace en la naturaleza, pero con el paso del tiempo reparamos con que todo lo que habíamos vivido no tenía sentido porque al final moriremos.
Irene Vallejo cita poemas de la antigüedad para determinar que la juventud en cierto sentido no es lo más deseado para el amor. “No me atrae tu juventud; tu otoño brilla más que una mortal primavera y tu invierno es más cálido que el sol del verano”.
Además, menciona una verdad que no muchos están dispuestos a aceptar sobre la acumulación de años: “Puesto que las células humanas están programadas para deteriorarse, no es sensato alargar la duración de nuestra vida sin cuidar del buen vivir”. Esto toma más sentido cuando revisamos la investigación de Emile Durkheim y encontramos que es la segunda estación con más suicidios; las obligaciones de la vida terminan por obligarnos a perderla.
La primavera es mala pepa porque nos da esperanza frente a un final anunciado. Pensamos que la vida es bella y todo florecerá como lo hace en la naturaleza, pero con el paso del tiempo reparamos con que todo lo que habíamos vivido no tenía sentido porque al final moriremos.
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Para T. S. Eliot los meses de la primavera tienden a ser más crueles porque hace brotar lilas en la tierra muerta. La primavera obliga a los ya dormidos y adormecidos por el pasar del tiempo a renacer y este acto es doloroso porque muchos ya estaban bajo el manto del invierno y ya habían pasado por los dolores de lo efímero.
Arthur Schopenhauer complementa a esta idea y nos dice que es preferible lo apasible y tranquilo del otoño a una primavera (juventud) que es preocupante, poco estable y con una duración enojosa.
Hoy en día ya no estamos para tiempos primaverales, sin embargo, antes que se me acuse de negativo, prefiero unirme a sus fines comerciales. El próximo año, sin falta, me uniré a los regalos de primavera, pero no regalaré flores. Así como está la vida creo que servirá más un seguro de vida. (Un vituperio de Franklin Oblitas).


