El tatuaje tiene buena pepa

El tatuaje es buena pepa porque es una excelente manera de recordar. Una imagen de tinta sobre la piel te acompañará toda la vida y cada dibujo puede representar un acontecimiento, un dolor, una alegría, una etapa o una experiencia importante. 

Las celebridades llevan parte de su vida en ellos. “Mi cuerpo es mi diario y mis tatuajes mi historia», plantó el actor Johnny Depp, y Leo Messi es el ejemplo: exhibe el rostro de su madre en la espalda, el nombre de su primogénito Thiago en el gemelo izquierdo, las fechas de nacimiento de sus hijos y la de su matrimonio.

Es decir, tu piel habla por ti y para ti. En el caso del futbolista argentino, quien sufrió de enanismo, se retiró de su selección porque perdía todo y regresó para ganarlo todo, es el amor por sus cercanos. «Muéstrame un hombre con un tatuaje y te mostraré un hombre con un pasado interesante», escribió Jack London.

También el tatuaje es buena pepa porque puede ser una de las formas más intensas de visibilizar un sentimiento. El amor lo podemos expresar con diversos actos, ya sea palabras, abundantes regalos e incluso fotografías, pero tatuarse, tatuarse es otro nivel.

El tatuaje es buena pepa porque nunca está solo. No nació para ser un lobo solitario. Cuando te grabas uno; entonces, te grabas dos y luego, tres… y así hasta el infinito. Es curioso que el primer tatuaje siempre parece el más difícil, pero luego de cruzar el umbral descubres que la piel, que antes parecía intocable, es un lienzo.

Puede llegar a ser un acto exagerado, pero ¿cuándo el amor es completamente racional? Cuando el amor llega así de esa manera, el tatuaje no tiene la culpa. Søren Kierkegaard afirma que el amor no puede reducirse a un cálculo racional y que es valioso porque nace de una entrega genuina. Realizar algo extraño o extraordinario por alguien es precisamente lo que convierte a ese sentimiento en memorable.

Y si luego te arrepientes, el tatuaje ya no es arte, sino cicatriz, y la cicatriz, dice Piedad Bonnett, «es la forma que el tiempo encuentra de que nunca olvidemos las heridas». Felizmente, pululan buenos artistas que crean magníficos diseños para tapar aquello que ahora avergüenza o se pretende olvidar.

El tatuaje es buena pepa porque a lo largo de la historia cumplieron diversas funciones. Hace unos cinco mil trescientos años, Ötzi, el Hombre de Hielo, una momia encontrada en los Alpes en 1991 y que es considerada víctima del crimen violento más antiguo, llevaba tatuajes en zonas relacionadas con problemas articulares, por lo que se ha planteado que pudieron utilizarse con una finalidad terapéutica.

En el antiguo Egipto, los tatuajes femeninos se concentraban en zonas como el abdomen, los muslos y los senos, y se creía que funcionaban como amuletos para la protección durante el embarazo y el parto. Aunque también se usaba para identificar a una persona y señalar su rango o estatus.

Tatuaje

En la actualidad podrían cumplir un rol similar, mas no igual, pues sirven para reconocer a una persona. Es por eso que es buena pepa, porque puede convertirse en una marca útil para identificar a un desaparecido o a un cadáver o a un asesino.  

De hecho, la Interpol incluye los tatuajes entre las características físicas que pueden utilizarse durante los procesos de identificación de víctimas, incluso existen casos en los que un tatuaje permitió que una familia reconociera a un ser querido como el de Rita Roberts, quien fue asesinada en Bélgica e identificada 31 años después.

Y, también, el tatuaje sirve para resolver crímenes. La Policía de California (Estados Unidos) llevaba años sin ubicar a los responsables de un asesinato ocurrido en una licorería. Hasta que apareció un tal Anthony García con la escena tatuada en su torso. Homicidio resuelto.

John Stuart Mill defendía que la independencia debe ser respetada y que cada persona es soberana sobre su propio cuerpo y mente. Bajo esta idea, el tatuarse es una decisión personal que no necesita justificarse. Si la piel es propia, la decisión también lo es.

El tatuaje es buena pepa porque dejó de ser visto como un estigma peligroso para, de a pocos, convertirse en parte de la cultura dominante. John Miller considera que cuando Mattel lanzó, en el 2011, la Barbie Tatuajes fue el signo definitivo de que «tatuarse había dejado de ser un claro distintivo antisocial».

El tatuaje es buena pepa porque nunca está solo. No nació para ser un lobo solitario. Cuando te grabas uno; entonces, te grabas dos y luego, tres… y así hasta el infinito. Es curioso que el primer tatuaje siempre parece el más difícil, pero luego de cruzar el umbral descubres que la piel, que antes parecía intocable, es un lienzo.

Leer más: La buena y mala pepa: la Policía

La necesidad de llevar mucho de ellos puede surgir de diferentes perspectivas. Viren Swami (2012) encontró que existe una manifestación de deseo, un bendito deseo de saciar una alta necesidad de singularidad, sentirse diferente al resto. O puede manifestarse de otra forma, pues Marvin Zuckerman habla de la búsqueda de sensaciones, de perseguir experiencias nuevas, variadas e intensas, y el tatuarse encaja en ese esquema.

El tatuaje es buena pepa porque es una lucha contra el dolor. Pincharse la piel duele y el cuerpo lo sabe. El dolor existe para avisarnos que algo no está bien y empujarnos a alejarnos de aquello que lo ocasiona, como una alarma que dirige nuestra atención y nos prepara para escapar. Pero el humano también puede caer en la extrañeza al escuchar esa alarma y decidir seguir, pues sin dolor no hay ganancia, recalca Lily Collins.

Deberíamos tomar el tatuaje como un acto de valentía. Marcarse la piel es aceptar el dolor de la aguja para atrapar y enmarcar aquello que queremos expresar. La vida es efímera y no hay nada mejor que la piel nos recuerde que fuimos capaces de sentir con tanta intensidad. (Una pinturita de Giovanni Castillo Arroyo).

El tatuaje tiene mala pepa

El tatuaje no es buena pepa porque ahora se usa solo por moda. Alguna vez expresaban significados diversos e indicaban situaciones precisas o recuerdos imborrables. Sin embargo, en la actualidad la mayoría de personas ha olvidado lo que representa llevar tinta en la piel y pretende demostrar al mundo que sigue sus imposiciones incluso sin entenderlas.

Los tatuajes que utilizaban los maoríes eran mapas faciales únicos que indicaban el linaje, rango social, las habilidad y logros. Las mujeres apatani los llevaban como símbolos de identidad, madurez y protección frente a otras tribus. Los samoa lo utilizaban para marcar la transición a una edad adulta y mostrar el nivel jerárquico dentro de la comunidad. La Dama de Cao portaba tatuajes de serpientes y arañas en sus brazos y manos que simbolizaban el poder político, fertilidad y la sanación.

Esos eran verdaderos tatuajes, no los que se hacen por una moda de la que muchos terminan arrepintiéndose. Antes era, como canta Agua Marina, «tatuajes del alma», ahora son la práctica del pecado favorito del diablo: la vanidad.

Los tatuajes no son buena pepa porque responden a la ley universal del mercado: se hacen porque se pueden pagar. Antes encarnaban una conexión entre el individuos, el cosmos y la tribu, ahora parece que son simples historias sin significante ni significado.

El tatuaje no es buena pepa porque es terrorífico pensar en la tremenda agresión de una aguja contra el cuerpo de uno mismo. David Le Breton sostiene que el humano hipermoderno siente ajeno el cuerpo que tiene y siente la necesidad de hacerse suyo. ¿Es necesario que el sujeto hiera y marque su piel para sentir que realmente toma posesión de su carne?

Mientras Marcel Mauss y Claude Lévi-Strauss explicaron el uso del cuerpo y de la tinta como un código de integración social bajo un cierto orden, las tendencias occidentales contrastan, pues el individuo no quiere ser parte de nada y usa el tatuaje como un producto estético que compra para autoafirmarse.

Es entonces que ocurre lo que advertía Byung-Chul Han, la carne se convierte en una superficie de exhibición para la mirada ajena y se elimina la alteridad del cuerpo al volverlo hipervisible y consumible.

El tatuaje es mala pepa porque nos estanca en una realidad que ya no existe. Hoy vivimos en una etapa de nuestras vidas, tal vez somos jóvenes o ya tenemos más años de lo que algún día esperamos. Actualmente, creemos en una ideas o amamos a alguien y, tal vez, surja el deseo de querer inmortalizar aquel testimonio de lo que somos, pero casi siempre termina en un catastrófico error.

Jean-Paul Sartre decía que la conciencia humana se caracteriza por trascender y cambiar constantemente; la nada nos precede y cada día nos definimos como un ser completamente distinto, solo los objetos contienen un estado fijo.

El tatuaje, entonces, corresponde a una paradoja temporal, pues nos ata hacia una realidad que mañana no existirá, debido a que en el futuro ya no pensaremos o sentiremos igual. Frente a ello, la sociedad líquida de Zygmuny Bauman nos recuerda lo cambiante que es la modernidad y lo irreal que es la permanencia. Al tomar conciencia sobre lo efímero del tiempo, el individuo sufre y busca anclarse a un entorno y psique que irremediablemente mutarán.

El tatuaje no es buena pepa porque es terrorífico pensar en la tremenda agresión de una aguja contra el cuerpo de uno mismo. David Le Breton sostiene que el humano hipermoderno siente ajeno el cuerpo que tiene y siente la necesidad de hacerse suyo. ¿Es necesario que el sujeto hiera y marque su piel para sentir que realmente toma posesión de su carne?

Hacerse tatuajes también puede traer complicaciones hacia la salud. Los Institutos Nacionales de Investigación (NIH, por su siglas en inglés) publicó la investigación “Tatuajes: riesgos y complicaciones, enfoque clínico e hitopatológico”, el cual determina que se han reportado reacciones adversas en hasta 67 % de las personas que se tatúan. Estas son complicaciones inflamatorias hasta cáncer de piel y linfomas. ¿Qué preparación tiene la persona que introduce tinta en nuestra piel? ¿Cumple con todas las normas de higiene y salubridad? ¿Qué tipo de productos usa?

El tatuaje no es buena pepa porque tiene tantos riesgos como una operación médica y menos cuidados que un puesto de comida callejera. Someter la piel a una aguja requiere manos expertas, una exigencia que muchos de los nuevos estudios parecen poco importarles. En vez de especialistas capaces de velar por tu salud, con frecuencia atienden jóvenes sin la experiencia, y a veces ni la edad, necesaria.

El tatuaje no es buena pepa porque en la historia y los libros solo se marcan a los desdichados o culpables. En la antigua Roma se marcaban a los esclavos con hierro candente o tatuajes en la frente como castigo y para identificarlos. El Carimbo marcó a los esclavos de los españoles y portugueses. En Auschwitz se trató de reemplazar las identidades de los prisioneros del Holocausto por números que se les tatuaban. El Bokkei y el Mó marcaban a los criminales de Japón y China. Y al final de los tiempos, los pecadores llevarán la marca de la bestia en la mano o en la frente.

Me gusta el arte y la libertad, pero no la aprecio en un tatuaje. Solo encontraré tintas dignas de ser apreciadas en un cuadro de algún pintor callejero o de grandes exposiciones de arte en museos. A una avanzada edad me sentiré feliz de no haberme tatuado nada en un idioma que no entienda o de tener marcado en la piel el nombre de alguien que no me quiso.

Y si por algún motivo cambio totalmente de opinión, juro solemnemente tatuarme un 永远不要纹身。(Un rechazo de Franklin Oblitas)

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