En una oficina de Chorillos, un joven peruano de 23 años firmó un contrato de cinco líneas frente a un hombre de traje que hablaba de “seguridad privada” y “operaciones en Europa del Este”.
El monto que le mostrarían en la pantalla del celular semanas después en Ucrania sería una fracción de lo que pensaba que ganaría.
“Nos dijeron que íbamos a ser valorados; resultó que nos vieron como desperdicio de guerra”, comentó un excombatiente en una entrevista grabada desde Polonia.
Cifras que venden una guerra
Medios latinoamericanos han documentado que en las campañas de reclutamiento difundidas en TikTok, WhatsApp y grupos de Facebook se ofrecen a los peruanos salarios de entre 3000 y 5000 dólares mensuales por combatir en Ucrania, además de “seguro de vida” y compensaciones por heridas.

Un informe de Maldita, publicado en 2025, cruzó más de 300 anuncios de reclutamiento en español y encontró que, en el 87 % de ellos, la cifra ofrecida superaba los 4000 dólares por mes.
Sin embargo, cuando los peruanos llegan al frente, muchos se encuentran con una realidad distinta. Un estudio de un centro de investigación de Barcelona sobre mercenarios en Ucrania reveló que, de los combatientes latinoamericanos encuestados, el 68 % recibió menos de 2000 dólares mensuales, y el 42 % aseguró no haber cobrado nada en el primer mes de combate.
Indemnizaciones millonarias que no se pagan
Las promesas no se limitan al salario. En redes sociales, se difunde la idea de que los mercenarios recibirán hasta 400 000 dólares en indemnización si mueren en combate, cifra que aparece en supuestos contratos de compañías privadas vinculadas al reclutamiento en Latinoamérica.

Un análisis de investigadores de la Universidad de Bogotá sobre reclutadores digitales en Ucrania señala que esta cifra se usa como “gancho emocional” para vender la muerte como un negocio familiar.
En la práctica, sin embargo, la mayoría de las familias consultadas por medios confirmó que nunca les llegaron los pagos millonarios anunciados.
“Nos dijeron que el Estado de Ucrania y la empresa cubrirían todo; hasta ahora, solo recibimos una carta de condolencia y un trámite de repatriación que se demora meses”, contó la madre de un joven de Trujillo que murió en el este de Ucrania, en una entrevista con un medio peruano.
La ‘ganga’ digital que no cuadra con la realidad
La investigadora de desinformación Carla Mendoza, de la Escuela de Comunicación de Lima, analizó decenas de videos de TikTok y reels promovidos por reclutadores de mercenarios en español.
En su trabajo, concluyó que se crea un “paquete perfecto”: monedas extranjeras, escenas de camiones blindados, uniformes de lujo y frases de “defender la libertad”.
“Es propaganda de guerra disfrazada de tutorial de TikTok. Venden una guerra de videojuego sin mostrar cadáveres, frío ni pagos atrasados”, explicó.
Otro análisis de un instituto de seguridad de Madrid, publicado en 2024, estimó que cada 10 jóvenes latinoamericanos que se muestran motivados en los anuncios, solo dos llegan realmente al frente.
Los demás se quedan atrapados en trámites, visas rechazadas o deudas de avión y trámites ilegales.
“El reclutamiento digital usa la misma lógica del marketing de influencers: hay un problema, un producto y una promesa milagrosa”, dijo el politólogo Javier Martínez, de la Universidad de Murcia, en un informe sobre mercenarios y redes sociales.
¿Qué queda para los que regresan vivos?
Entre los peruanos que sobreviven a las misiones de alto riesgo en el este, muchos llegan a casa con discapacidades físicas, traumas psicológicos y una deuda acumulada de miles de soles contraídas para costear el pasaje, el trámite y los “asesores” que los llevaron a la guerra.
Un reportaje de un medio limeño reveló que, de los peruanos repatriados entre 2022 y 2025, el 56 % llegó con alguna lesión grave, y el 34% aseguró que no recibió ayuda económica alguna del Estado peruano para su rehabilitación.
“Volví con el cuerpo partido. Pero no me quedó ni el dinero para arreglarme ni la ciudadanía que me prometieron. Solo me quedó la cicatriz”, dijo un excombatiente de Jaén, que prefirió no dar su nombre completo, en un testimonio recogido por un documental de Perú.


