En el Perú hay expresiones que lo dicen todo: “con veinte soles paro la olla”, “eso nomás tengo pa’ hoy”, “alcanza para sobrevivir, no para vivir”. Son frases que suenan en las calles de Trujillo, en los mercados y los paraderos de transporte público, donde las monedas se mueven con más ansiedad que alegría.
Pero, ¿qué se puede comprar con veinte soles en el Perú de hoy?
La respuesta no sería la misma para todos. Para algunos, podría significar una cerveza
artesanal en una terraza del centro, medio kilo de queso fresco en la sierra, una entrada al cine un miércoles cualquiera, dos cafés con leche en una cafetería con Wi-Fi y plantas colgantes, o un menú con sopa aguada y arroz con algo. Incluso, dos pasajes de ida y vuelta al trabajo. Pero para otros —por no decir la mayoría—, veinte soles pueden ser un
día entero, de vida digna.
Veinte soles. Lo que muchos botan sin darse cuenta, lo que se pierde entre los asientos
del carro, lo que se gasta sin pensar en una promoción del día. Pero para otros —para más
de los que quisiéramos— es el combustible mínimo para seguir andando. Es el billete que
no se gasta sin pensar. Es lo que determina si se almuerza, si se imprime una tarea, si se
toma una pastilla o incluso si se llega a casa. “Veinte lucas” —como le decimos
coloquialmente— pueden ser nada o pueden serlo todo.
Jhon tiene 25 años y vive en el distrito de La Esperanza, en Trujillo. Estudia Ingeniería de
Minas en la Universidad Privada del Norte gracias a una beca que logró con esfuerzo,
constancia y horas de estudio que pocos ven. Viene de una familia humilde, de
Cajamarca, y desde que tiene memoria comparte sus días con su madre, quien migró a la
costa buscando un futuro que nunca llegó del todo.
—Vivimos con veinte soles al día, o, incluso, menos. Para mi mamá y para mí no suele
alcanzar para llegar a fin de mes —cuenta con franqueza.
Para muchos ese monto, no es una estimación: es un límite. Por lo que no es negociable
ni flexible.
—Quizás para otras personas sea una propina, algo que le dan sus papás, café y lujos…
pero para mí, veinte soles es todo mi día.
No hay margen de error, ni espacio para el ocio. La cuenta es simple y brutal:
alimentación, transporte y, si queda algo, un techo asegurado por un día más. Cada
moneda tiene un destino y cada gasto, una consecuencia.
A veces, Jhon sale de casa con el estómago vacío y camina cuarenta minutos para ahorrar
en pasajes. Se repite a sí mismo que solo es temporal. Que pronto cambiará. Pero ese
“pronto”, a veces, parece eterno.
En marzo de 2024, la presidenta Dina Boluarte afirmó en televisión nacional: “Con diez soles se puede hacer sopa, segundo y hasta postrecito”.
Jhon, al igual que muchos de nosotros, escuchó esa frase en la combi rumbo a la
universidad, entre anuncios y noticias. Su primera reacción fue la indignación.
—No podría estar más en desacuerdo. Es una persona tonta que no comprende el
sufrimiento de nosotros. Nosotros contamos las monedas para poder comer,
transportarnos, tener un techo.
Lo que para algunos suena como frase de campaña, para él sabe a burla. Porque lo ha
vivido y lo sigue viviendo. Jhon no se victimiza, pero tampoco se calla:
—El problema es que la gente se acostumbra. Se conforma con que en familia se pueda
comer con veinte soles, así, a la ligera. Pero eso no es lo correcto. Lo correcto es una
buena alimentación, tener dinero. Eso es lo correcto.
Su visión no es resignada, es firme. Sabe que su carrera puede cambiar su historia, que
hay una salida si sigue avanzando.
—No se trata de ser conformista, sino de salir adelante y dar la vida que no he podido
tener.
En su mirada no hay derrota, hay experiencia. En su voz no hay tristeza, sino precisión.
Como si hubiera aprendido a calcular no solo presupuestos, sino también la paciencia.
Caminar con veinte soles en el bolsillo es caminar con el corazón en la garganta.
La frase “con veinte soles paro la olla” la escuché en mercados, en paraderos, en la radio
de una combi. No es literal. Es un retrato del ingenio peruano. La olla es el corazón del
hogar. Y veinte soles, aunque parezcan pocos, la hacen hervir. Significa que se puede
comer, aunque sea sencillo. Que algo caliente llegará al plato. Que la vida —aunque
apretada— sigue rodando.
Quizá por eso, en la rutina de muchas familias peruanas, lo económico se entrelaza con lo
simbólico. Hay quienes guardan un billete en forma de cruz bajo el mantel, prenden velas
los primeros días del mes, o confían en un Ekeko sonriente colgado en la pared. No es
solo fe: es una manera de pedirle a la vida un poco más, cuando el salario no alcanza.
Uno de cada tres peruanos es pobre o vive al día, lo dice el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI). Y detrás de esa cifra, se esconde un país que ya no solo se pregunta cómo vivir, sino cómo resistir. La inflación ha convertido lo básico en un lujo silencioso. El arroz, el aceite, el gas: todo sube, menos el salario. Según reportes del Banco Central de Reservas (BCR) y del INEI, en los últimos años los productos de primera necesidad han aumentado hasta en un 25 %; mientras que el ingreso promedio apenas se ha movido.
El aumento del costo de vida no golpea a todos por igual. En los distritos periféricos de
Trujillo —como La Esperanza, donde vive Jhon— la lucha diaria no es contra los precios
internacionales, sino contra la matemática diaria: cómo hacer rendir veinte soles cuando
una sola comida puede costar la mitad.
Y Jhon lo sabe sin necesidad de leer estadísticas. Lo ve en sus amigos que dejaron de
estudiar, en su mamá que aún plancha ropa en casas ajenas, en la forma en que sus gastos
se convierten en decisiones. Cuando hay veinte soles, se organiza; si solo hay diez, se
improvisa; y cuando no hay nada, se inventa. En otras culturas, la economía se calcula en
cifras; aquí, a veces se mide en rituales: un huevo contra el mal de ojo, una hoja de coca
para consultar el destino, una oración para que el mercado rinda.
Este billete de rostro pálido con la imagen de José María Arguedas ha visto más que
muchos presidentes. Ha circulado entre manos callosas, sobrevivido lluvias, carteras
rotas, billeteras cosidas a mano e, incluso, es doblado con fe, guardado como reserva,
intercambiado por pan, cuadernos, antibióticos, gasolina, cuyes o pasajes. Tiene
cicatrices de uso; sin embargo, sigue siendo suficiente. O al menos, lo intentamos.
Porque en el Perú, veinte soles pueden parecer nada. Pero para quien los necesita, son
todo.
Una delgada línea entre la abundancia ajena y la lucha diaria. Una cifra que pesa más de
lo que vale, y que, para millones de peruanos, es más que dinero: es la mezcla de
realidad y esperanza con que cada día se inventa el futuro.
Por Alicia Montoya Wood.


