Un conejo seguía vivo. Respiraba con dificultad en uno de los corrales; mientras, a pocos metros, otros cuerpos permanecían inmóviles sobre la tierra húmeda del Jardín Botánico de Trujillo. Algunos estaban tendidos entre las plantas; otros, cerca de las rejas del recinto.
Los voluntarios avanzaban en silencio por las áreas verdes. A cada paso aparecía otro cuerpo y lo que empezó como el hallazgo de unos pocos animales muertos terminó convirtiéndose en una de las escenas más dolorosas que recuerdan quienes durante meses dedicaron su tiempo a cuidarlos. Pero aquella historia no comenzó esa mañana.
Señales que nadie interpretó
Mucho antes de la muerte de los 23 conejos y 15 gatos, registrada la madrugada del pasado 10 de mayo, los integrantes de Laurito Saving Lives, organización dedicada al rescate, cuidado y adopción responsable de conejos, ya habían comenzado a notar que algo no marchaba bien.
Cada día acudían al Jardín Botánico para alimentar a los animales, limpiar sus espacios y verificar su estado notaban un ambiente hostil. Louisiana Carolina Parra Soto recuerda que, en reiteradas ocasiones, tuvieron dificultades para acceder a los corrales. Conseguir las llaves se convirtió en una tarea cada vez más complicada. Algunas veces recibían respuestas cortantes. Otras, gestos de fastidio.
“Nos decían que siempre íbamos a pedir las llaves, que ellos estaban ocupados y que no tenían tiempo”, recuerda en alusión a los responsables del recinto.
Hubo una frase en particular que quedó grabada en su memoria. “En cualquier momento van a desaparecer esos conejos”. La escucharon más de una vez. En ese momento la interpretaron como una expresión de molestia. Nada más.
Pero después de lo ocurrido, aquellas palabras comenzaron a resonar de forma distinta. Con el paso de las semanas empezaron las desapariciones. Primero faltaron algunos conejos de raza, después comenzaron a desaparecer gazapos: las pequeñas crías de conejo que apenas habían comenzado a crecer dentro del jardín.
Los voluntarios llevaban registros detallados de cada animal: colores, características físicas, sexo, procesos de esterilización e incluso nombres; por eso, cada ausencia resultaba evidente.
“Nos dimos cuenta porque desaparecían los conejos más llamativos”, recuerda una integrante de la organización.
Las dudas comenzaron a instalarse en la rutina de los voluntarios como una presencia silenciosa. No había pruebas de que algo grave fuera a ocurrir. Pero cada ausencia, cada respuesta evasiva y cada dificultad para acceder a los corrales iba dejando una sensación difícil de explicar. Al mismo tiempo surgían otras preocupaciones.
Mientras algunos trabajadores aseguraban que los animales habían sido atendidos, los voluntarios encontraban recipientes vacíos y platos sin alimento dentro de los corrales. Aun así, continuaban asistiendo. “Nosotros íbamos porque los queríamos. Lo hacíamos con amor”, dice Louisiana.
¿Ataque de perros?
En su versión oficial, los representantes del Jardín Botánico informaron que una jauría atacó a los animales y causó la muerte colectiva de roedores y aves. Personas vinculadas al jardín habían advertido anteriormente sobre el ingreso de perros al recinto y episodios de ataques contra otros animales que habitaban el lugar.
Las preocupaciones por la seguridad eran latentes, pero el factor humano y tecnológico también jugaron en contra: las cámaras de seguridad denuncian los voluntarios, dejaron de grabar tres días antes de la tragedia.
Los voluntarios conocieron esa información únicamente después de la muerte de los animales. Según la explicación que recibieron posteriormente por parte del SEGAT, el sistema atravesaba cambios técnicos relacionados con la incorporación de un nuevo trabajador.
Los integrantes de Laurito Saving Lives aseguran que nunca recibieron explicaciones detalladas sobre quién autorizó la suspensión del sistema, por qué las cámaras dejaron de operar precisamente en los días previos a la tragedia ni cuándo se dispuso el retiro de los equipos.
Tampoco, señalan, se les informó qué procedimiento se siguió para ejecutar esa medida. Para los voluntarios, tratándose de equipos de vigilancia instalados en un espacio público, resulta razonable esperar que exista algún protocolo o disposición administrativa que sustente su retiro temporal, mantenimiento o desactivación.
Sin embargo, afirman que tampoco recibieron claridad sobre ese proceso, quién lo autorizó ni bajo qué criterios se llevó a cabo. La ausencia de esa información terminó alimentando nuevas interrogantes en medio de una historia que, hasta hoy, continúa dejando preguntas sin responder.
Las llaves no aparecieron
La tarde anterior al hallazgo, los voluntarios acudieron al Jardín Botánico para cumplir con la rutina habitual de alimentación y supervisión. Ese día tampoco pudieron ingresar con normalidad a los corrales.
Según relatan, se les informó que las llaves no estaban disponibles porque un trabajador se las había llevado por error. Ante esa situación, los animales fueron alimentados desde el exterior. Fue una jornada extraña, nadie imaginó que sería la última vez que muchos de esos animales serían vistos con vida.
El lunes, 11 de mayo de 2026, la mañana fue un episodio de horror. La noticia de la muerte de los animales comenzó a circular por redes sociales lo que motivó la presencia inmediata de los voluntarios. Al llegar, encontraron una escena difícil de describir.
Los primeros cuerpos aparecieron cerca de los corrales. Luego comenzaron a encontrarse más entre la vegetación; entonces se inició la búsqueda de todos los animales desaparecidos. Hombres y mujeres recorrieron senderos, áreas verdes, túneles y madrigueras. Buscaban sobrevivientes.

Mientras avanzaban, el número de víctimas aumentaba. Donde esperaban encontrar un animal escondido, encontraban un cadáver. Algunos evitaban mirar; otros continuaban buscando aún con la esperanza de hallar animales con vida: apareció un conejo que aún respiraba, lo hacía con dificultad; a su alrededor, el jardín parecía haberse convertido en un escenario de silencio.
Con el paso de las horas, la cifra siguió creciendo: cinco, diez, quince, veinte; hasta llegar a 23 conejos. Y junto a ellos, también la muerte de 15 gatos que habitaban el recinto, treinta y ocho vidas apagadas en un lugar que debía ser seguro para ellas.
Preguntas sin respuesta
Tras lo ocurrido, representantes de Laurito Saving Lives sostuvieron reuniones con funcionarios del Servicio de Gestión Ambiental de Trujillo (SEGAT). Según relatan, el gerente de la institución manifestó inicialmente desconocer los detalles de lo sucedido y aseguró que se elaboraría un informe que permitiera esclarecer los hechos.
Los voluntarios también solicitaron acceso a información que consideraban clave para reconstruir lo ocurrido durante la noche previa: pidieron explicaciones sobre las cámaras de seguridad, solicitaron conocer quién estuvo de turno durante esas horas, y preguntaron específicamente por la identidad del vigilante que permaneció en el recinto.
Sin embargo, aseguran que hasta el momento no obtienen respuesta.
“¿Por qué desaparecieron conejos durante los meses previos? ¿Por qué las cámaras dejaron de funcionar días antes de la tragedia? ¿Qué ocurrió durante las horas previas a la muerte de los animales? ¿Por qué no se ha entregado toda la información solicitada por quienes cuidaban diariamente a los animales del jardín?”, son pregunta que los voluntarios consideran claves para resolver el enigma.
Hasta la fecha, Laurito Saving Lives sostiene que continúa esperando respuestas formales y una investigación transparente que permita esclarecer lo ocurrido.
Mientras tanto, los voluntarios asisten al jardín para alimentar y cuidar a los sobrevivientes. Hoy, entre velas, fotografías, flores y mensajes compartidos en redes sociales, voluntarios y ciudadanos continúan repitiendo una misma frase:“Exigimos justicia para nuestros angelitos”.

Cada espacio vacío recuerda las vidas que alguna vez estuvieron allí, porque para los voluntarios esta nunca fue únicamente la historia de 23 conejos y 15 gatos muertos, fue la historia de vidas que conocían por nombre, de animales que alimentaban cada día, de seres que aprendieron a reconocer, cuidar y proteger.


