CCuarenta y ocho horas después del estreno de Incendios en Trujillo, su director, Paco Tello Molina, exhala satisfacción y, también, algo de insatisfacción. Pide una taza de macchiato, expreso con un toque de leche espumada. Este es un café marcado, como el ánimo del trujillano por llevar a escena una obra brutal y necesaria.
«Si hubiéramos decidido el elenco completo unos días antes… si hubiéramos podido ensayar más», responde cuando se le pregunta si pudo dormir tranquilo la noche del sábado 26 de setiembre. «No pues, no se puede. Hay una mala costumbre: uno nunca está conforme. Y viene el ‘si hubiera hecho tal o cual cosa'».
Paco Tello está sentado en un salón amplio de un cómodo restaurante que atiende en la parte alta del teatro Víctor Raúl Lozano Ibáñez de la Universidad Privada Antenor Orrego. Es el único cliente este lunes por la noche. Tiene dificultad para tomar la taza de café por el cabestrillo que inmoviliza su hombro derecho fracturado por una caída en agosto del 2026.
Aun así, la satisfacción por el trabajo bien hecho aún es un barniz que titila en la forma en que mira, camina y expresa el torbellino de emociones que lo agita desde que se bajó el telón.
—El estreno de Incendios ha sido un acontecimiento en la escena cultural de Trujillo. La potencia de la obra, el desempeño de los actores, el lugar de la presentación, el público… tantos motivos. ¿Cómo lo vive, usted?
—Estoy muy satisfecho. La obra nos impactó tremendamente desde la primera lectura en la Asociación Cultural Guiñol. Fue tremendo. Aparte de la estructura dramática, trata tres temas fundamentales: la violencia, la pérdida de identidad y la memoria. Y lo hace con una fuerza poética tremenda.

—El público terminó muy conmovido.
—He recibido un montón de halagos. Algunas personas se acercaban y me decían, «maestro, es impactante, sentía bombas» como las que explotan en Trujillo. Se referían a la violencia en Trujillo que ya no está lejos —El Porvenir, Florencia de Mora—, sino aquí cerquita. Personas ya más adultas, me decían que la obra les recordó cuando vivían en Lima —en la época del terrorismo— y no podían ver un auto estacionado porque pensaban que podía ser un cochebombas. Ahí está el sentido de la memoria. De las reacciones del público, eso fue lo que más me impactó. Que me hablen desde el punto de vista de la sensibilidad es halagador.
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La obra Incendios fue escrita en un contexto de guerra entre cristianos y musulmanes en el Medio Oriente. Sin embargo, es tan propia de este Perú que supura tragedias y, en especial, de este Trujillo deshecho por la violencia. Perdemos la guerra contra el crimen porque hay poco coraje para hacerle frente, una minúscula capacidad de indignarse frente a tanta brutalidad y una rala confianza en leyes y autoridades.
Hay guerras o violencias cuyo mayor logro no es la muerte, sino la vida. Dejar heridos, dañados es más pernicioso y malsano para el enemigo. Eso hace la violencia en Incendios; eso está haciendo la violencia nuestra de todos los días.
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—Incendios nos recuerda que la violencia puede hacer cosas peores que la muerte, llevarnos a la degradación de la condición humana. La violencia avanza en Trujillo a límites insospechados de modo que cualquier atrocidad se puede cometer.
— Lo peor es que nos estamos acostumbrados. Explota una bomba hoy y ayer hubo otra, y hablamos de otro tema. De eso muchas personas se acercaron a conversar luego del estreno. Más que haber captado la historia, las temáticas han impactado mucho.
—La parte técnica también fue un punto alto. La forma, los elementos y los mecanismos empleados para contar la historia.
—Lo que nos presenta este dramaturgo (Wajdi Mouawad) es una tragedia moderna, no la tragedia clásica, y lo hace con un lenguaje fuerte y al mismo tiempo poético. Pero ¿cómo la contamos? ¿Cómo puedo expresar esa brutalidad externa e interna? Entonces, se nos ocurrió armar una gran puerta para ver el traslado del tiempo. Además, el manejo de los espacios y del tiempo a través de las luces. No es alumbrar por alumbrar, sino crear atmósferas. Un trabajo muy delicado.
—Una curiosidad, maestro, ¿y esa estrategia de superponer las voces de los personajes?
—Es sugerida por el autor. Sugerida, pero ya es nuestra decisión cómo lo hacemos. Por ejemplo, la lectura del testamento tiene una parte brutal: «Entiérreme desnuda, boca abajo». ¿Cómo profundizar esa sensación? Que lo narre el mismo personaje. Es una voz del pasado que se hace presente.
Paco Tello: «La violencia es una tema recurrente»
—La obra tiene parlamentos poderosos: «La infancia será un cuchillo clavado en la garganta».
—Es una de las frases cumbres.
—Luego, el afán por dimensionar la dignidad. «Salvar lo que nos queda de dignidad».
—Pero ¿qué entendemos por dignidad?
—El respeto a uno mismo. Yo me respeto.
—Pero ese ‘yo’ es diferente de mi ‘yo’, y ese de los otros ‘yo’.
Fíjese en Incendios, la violencia entre las dos amigas cuando están discutiendo y gritan: «He visto lo que pasó», prácticamente el subtexto decía: «Quiero matar.» Que el público sienta eso, que interiorice eso, para mí es lo más importante.
—La dignidad es individual, pero encaja con lo colectivo. La dignidad grupal, digamos, puede ser un detonador para espantar la normalización de la violencia en el Perú. Debemos pedirle cuentas a alguien por esta situación, por ejemplo, a la Policía.
—Pero la delincuencia está dentro de la Policía. La violencia es muy amplia: violencia verbal, familiar, del tráfico. Yo ya no tengo auto, lo vendí. No se puede andar así en Trujillo.
—La violencia en la campaña electoral.
—Y la violencia verbal pública en los debates. La violencia es un tema recurrente, está en todas partes. Fíjese en Incendios, la violencia entre las dos amigas cuando están discutiendo y gritan: «He visto lo que pasó», prácticamente el subtexto decía: «Quiero matar» Que el público sienta eso, que interiorice eso, para mí es lo más importante.
—El público respondió a la obra.
—Felizmente, en la Asociación Cultural Guiñol, por la trayectoria, tenemos capacidad de convocatoria, pese a que hace bastante tiempo hemos dejado de hacer obras. Hay amigos.
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«Preferiría la paz más injusta a la más justa de las guerras», elegía Cicerón, conocedor de las barbaries que el hombre es capaz de cometer. Nawal Marwan, la protagonista de Incendios y víctima de todas las barbaries, le dice a su hijo: «La infancia será un cuchillo clavado en la garganta, Simon».
El trabajo más representativo del dramaturgo libanés-canadiense Wajdi Mouawad, narra la historia de los gemelos Jeanne y Simon, quienes después de la muerte de su madre, Nawal, emprenden un viaje para cumplir su testamento: buscar a un padre al que creían muerto y a un hermano que nunca conocieron. Está considerada un clásico del teatro del siglo XXI, y su adaptación al cine fue nominada al Óscar a la mejor película extranjera. La obra aborda la guerra, la memoria y la identidad, entrelazando violencia y perdón, odio y amor. «El amor que tenía que tener ya lo tuve», confiesa Nawal antes de conocer que su hijo es el padre de sus gemelos.
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—¿Y qué ha recogido de sus actores?
—Ahora más, pero siempre, un nuevo tipo de acercamiento amical. De todo el elenco, solamente conocía a cuatro personas. Es un proceso de creación en el cual nos vamos conociendo y generando amistad. ¿Qué es lo que me queda? El aprecio de estos jóvenes. ¡Lo que a uno le escriben! Caramba, es un agradecimiento conmovedor.
—¿Cuánto tiempo tardó toda la preparación? ¿Cuánto tiempo desde que concibieron la idea?
—Cuando nos entusiasmamos con la obra, buscamos qué hacer: la presentamos o no la presentamos. En eso, nos pasan la voz de los estímulos económicos. Vamos a suponer que sea un lunes y el cierre de las postulaciones era el miércoles. Había que elaborar un proyecto y no teníamos nada. Completamos los requisitos de un día para el otro. Nos emocionó mucho ganar. Para esta obra hemos invertido casi tres meses de ensayos.
—También es un golpe fuerte a la mesa: el teatro en Trujillo sigue muy vivo.
—Así es. Cosa que ojalá se entienda porque no se trata de traer solo obras de Lima, obras simplistas, entretenidas, musicales; sino también obras que hagan pensar y al mismo tiempo que sean de Trujillo, que representen a la ciudad y den oportunidad a los talentos.
De burócratas y primeras sin segundas
—¿Se volverá a presentar Incendios?
—Es muy costosa. Me permito decirlo, la inversión se acercó a 40 000 soles. Felizmente, ganamos el estímulo económico del Ministerio de Cultura que nos brindó casi el 50 % . Es un colchón, pero hay que pagar la planilla de actores, la planilla técnica, el vestuario, utilería, en fin. El formato está para el Gran Teatro UPAO, pero, en dos meses, se puede cambiar. Pero ¿a dónde la vamos a llevar? El teatrito Virgilio Rodríguez Nache es un depósito, el teatro municipal es una lástima. Y paremos de contar, no hay más.

—Maestro, ¿y qué viene ahora? Ya hay proyectos de otras obras.
—Tenemos varios, pero vamos a ver, porque desgasta. Sin embargo, yo estoy preparando, en el taller de teatro de la universidad (UPAO), La ópera de dos centavos de Bertolt Brecht. Estrenamos en noviembre.
—¿A quién le hubiera gustado ver en el estreno de Incendios? ¿A qué personaje de Trujillo o del Perú actual? Para que toda esa carga poética lo interpele.
—Muy difícil; a un montón de gente que entienda. Una vez nos pidieron un proyecto para acondicionar un teatro en el jardín interior de la Casa de la Identidad. Cuando presentamos la propuesta ya reajustada, un gerente empieza a aplaudir socarronamente y dice: «Qué interesante, pero ustedes saben cuántas pistas se pueden hacer con ese presupuesto». Ya, pues, ni noción ni visión de la cultura. Entonces todo es una mirada economicista: el presupuesto es para comprar tal cosa, pero nada de cultura, eso no se come. Me hubiera gustado que algún personaje de esos hubiera ido a la obra.


