Un cuadro de mis abuelos, colgado en el living de mi casa en Trujillo, siempre llamó mi atención. No era el fondo gris, que me hacía imaginar por horas en dónde había sido tomada la fotografía, ni el detalle de las prendas pintadas, en contraste con el realismo de sus rostros, ni la juventud que no alcancé a conocer de ambos. Me obsesionaba únicamente el collar que mi abuela llevaba imponente. Porque ella es cristiana y los cristianos jamás usamos alhajas.
Cuando por fin tuve el valor de preguntarle por aquel detalle dorado que le bordeaba el cuello, encontré en su respuesta la fórmula que, años después, usaría para responder tendenciosamente ante cualquier reclamo que me hiciera.
Alguien me tuvo que explicar, supongo, que se trataba de una técnica de la época para retratar personas a través de una extraña mezcla de pintura y fotografía que hoy, quizás, llamaríamos collage.
Es eso o simplemente lo deduje al ver el mismo cuadro en diferentes casas. En el living, siempre. Con un traje con pañuelo para el hombre y un collar para la mujer. A lado de otro cuadro, de los hijos o bisabuelos, y sobre un calendario con la publicidad del almacén de confianza.

Esta escena es parte de una serie fotográfica presentada por estos días por la fotógrafa franco-marroquí, Louisa Ben, en el Museo de Arte Moderno de Trujillo, y que lleva por título Trux Love.
En ella, mi hermana y su novio participan como protagonistas, posando en los sillones que acompañan el inmenso bodegón en el que se ha convertido, con el tiempo, la pared donde descansa el cuadro de mis abuelos.
Pero la fotografía en cuestión ha causado también cierta polémica familiar. De partida, mi madre miró con recelo todo esto desde que la fotógrafa visitó la casa, un sábado, el día de iglesia en nuestra familia.
Mi hermana, que faltó ese día al culto, no tuvo mejor idea que culparme por haber sido el autor intelectual de su incursión en la muestra. Y yo, que meses antes apenas le había enviado un anuncio para solicitarle parejas en la ciudad que quisieran ser fotografiadas, me excusé diciendo que no sabía nada y que, por último, ni siquiera conocía el museo.
Y es cierto. Durante los años que viví en Trujillo, jamás llegué a conocer el museo que inauguró hace ya dos décadas Gerardo Chávez, quizás el artista plástico más famoso de la ciudad.
Mi madre, que casi dobla mi edad, tampoco lo conoce. Pero ni ella, ni mi hermana ni yo vivimos hoy en la casa de mis abuelos. Ellas la visitan algunas tardes o los fines de semana; y yo, con suerte, durante los veranos o las Fiestas Patrias.

En teoría, ninguno de nosotros tendría el poder para decidir si mostrar o no esos retazos de intimidad apostados en el concreto. Cuando le conté a mi novia, con cierto orgullo, debo admitirlo, que una esquina del sillón del living que conoció recién este año, durante nuestro primer viaje juntos a Trujillo, era ahora parte de una muestra fotográfica, y que incluso una de ellas fue colocada exactamente en una esquina de la sala del museo, como evocando el vértice de la casa, lo primero que me preguntó fue: “¿sabían de esto tus abuelos?”.
No tengo esa respuesta. Como periodista, estoy obligado a preguntar —o advertir, siquiera— antes de grabar o registrar algo. Pero como escritor, la cosa cambia. Y avanzo confiado, como si el destino me hubiese extendido un pase libre para husmear en donde sea y con quien sea.
No me he preguntado siquiera si mi madre, mi hermana o mi abuela estarán conformes con aparecer en este texto que funcionará tal vez como una especie de spin-off para el público de la muestra que lo tenga en frente.
Pero si ya estamos en esto, tendrán que saber también que más de una vez he fotografiado esos mismos rincones. Cuando me fui de esa casa, antes de los veinte, y quise guardar el recuerdo de aquella pared que acompañó durante décadas nuestras fiestas familiares. O cuando llevé de obsequio un calendario chileno, con los feriados locales, para acompañar el que a fin de año les regala religiosamente la Pescadería Ramos o la Avícola Ali.

La Fundación Gerardo Chávez inauguró el 13 de setiembre MAM Sala Centro, un nuevo espacio en el centro histórico de Trujillo que amplía la programación del Museo de Arte Moderno (MAM) y acerca el arte contemporáneo a nuevos públicos. La apertura estuvo marcada por Trux Love, exposición de la fotógrafa franco-marroquí Louisa Ben, resultado de una residencia artística de un mes en Trujillo bajo la curaduría de Céline Lerebourg.
Hay algo de envidia también por no ser yo el que cuente —con mis códigos, con mis términos— nuestra propia historia familiar. Siempre he pensado —y ambicionado, de cierta forma— que aquella será la gran historia que guardo celoso año a año para mis cuarteles invernales.
Mientras tanto, ensayo con algunas notas al calce: mi abuela y sus joyas ficticias, mi madre molesta con mi hermana, mi hermana colocando en su perfil de WhatsApp el retrato con su novio que le hizo Ben y envía algunas fotos de la inauguración de la muestra al grupo familiar, acompañadas de un mensaje corto que dice “la casita” y un emoji tierno.
Nadie dijo nada. A los pocos minutos, alguien envió un video informando que la versión japonesa de la Coca-Cola con fibra ya había llegado al supermercado del barrio.


