El escáner no mentía: las huellas dactilares de Mario Vargas Llosa no existían. O, al menos, no para la máquina.
Aquel día, en un aeropuerto de Estados Unidos, el nobel de literatura se convirtió en un fantasma, un hombre sin huellas, un sospechoso involuntario en el limbo de la seguridad fronteriza. “El sueño de cualquier criminal”, diría, después, Vargas Llosa.
Como relata Sergio Vilela, el escritor «volvió a poner los dedos encima del lector de huellas. Los estiró. Los apretó. Pero los dedos del escritor eran como una página en blanco».
La ironía era cruel: el autor de La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral, La casa verde, cuyas palabras han dejado marcas indelebles en la literatura universal, había perdido —o quizá gastado— las suyas propias.
El oficial de migración, desconcertado, recurrió al truco casero: le pidió al novelista «que se pasara los dedos sobre el cabello porque la grasa natural de la cabeza puede lubricar cualquier superficie reseca». Nada. La tecnología, esa diosa caprichosa, lo había borrado del registro tangible.
La ironía era cruel: el autor de La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral, La casa verde, cuyas palabras han dejado marcas indelebles en la literatura universal, había perdido —o quizá gastado— las suyas propias.
El episodio se tornó kafkiano. Lo trasladaron a una sala de espera donde, como apunta Vilela, «había una mayoría de árabes y latinos con presuntos problemas de documentos». Tres horas.
Tres horas en las que Vargas Llosa, ciudadano del mundo, se convirtió en un outsider más, un nombre sin identidad dactilar. «Se puede falsificar un pasaporte, pero la información en las huellas digitales es un asunto más serio».
La medicina ahora puede borrar o falsificar huellas dactilares; sin embargo, existe un mito fronterizo de que un cirujano mexicano trasplantó tejido de la planta de unos pies a los dedos de una mano de un narcotraficante.
El caso del peruano era más poético: un borrón, un desgaste, el precio de cincuenta años de batallas con teclados y libretas. Empero, es una ausencia, una desaparición inexplicable.
Vargas Llosa: historia con huella
El cronista peruano Sergio Vilela cuenta esta anécdota en una edición especial de la revista Etiqueta Negra de diciembre del 2010, la cual rinde homenaje al premio nobel.
Vilela señala que Vargas Llosa le contó del episodio mientras esperaban un avión en el aeropuerto de Guadalajara. «De tanto escribir se le han borrado», bromeó su entonces esposa del escritor, Patricia Llosa.

La frase resuena como un haiku: las huellas migraron de sus dedos a sus libros. ¿Acaso los pianistas, los albañiles, los artesanos —todos aquellos que tallan el mundo con las manos— terminan así, convertidos en espectros de sí mismos?
Vilela añade que Vargas Llosa, divertido, recordó que en España tampoco pudieron registrar sus huellas para el carné de identidad. El escáner, ciego ante su literatura, solo veía un vacío.
La medicina ahora puede borrar o falsificar huellas dactilares; sin embargo, existe un mito fronterizo de que un cirujano mexicano trasplantó tejido de la planta de unos pies a los dedos de una mano de un narcotraficante.
En Estados Unidos, al final, lo salvó un policía lector de sus libros, cuyos abuelos eran de origen uruguayo, un guiño del destino que unió al autor con un cómplice casual de letras. Desde entonces, como confiesa el peruano, «en cualquier control riguroso, jura que es él».
Pero la anécdota no caducará, la anécdota sobrevivirá como una metáfora: las máquinas no entienden de genio ni de callos literarios. Y quizá, en el fondo, Vargas Llosa prefiera así su paradoja: un hombre sin huellas, pero con palabras que nunca se borrarán.


