¿Alguna vez te has preguntado por qué disfrutamos sentir miedo cuando sabemos que estamos seguros?
El miedo controlado, ese que sentimos al ver una película de terror o al entrar a una casa del susto, activa los mismos circuitos cerebrales que el placer. Cada fin de octubre, Halloween se convierte en la excusa perfecta para experimentar esa descarga química con un dulce en la mano.
“El miedo es una emoción con propósito”, explica el doctor Pedro Maldonado, profesor del Departamento de Neurociencia de la Universidad de Chile. “Nuestro cerebro lo activa como un llamado a la acción ante una posible amenaza”, añade.
No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor.
Alejandro Dumas
No es casualidad que muchos busquen asustarse justo en estas fechas. Lo que parece solo diversión es en realidad un experimento cerebral.
Cuando algo nos asusta, la amígdala —esa parte diminuta, pero poderosa del cerebro— se enciende y lanza la alerta. En segundos el cuerpo se llena de adrenalina, el corazón late más rápido y los sentidos se agudizan.
Pero si en medio del susto el cerebro detecta que no hay peligro real, todo cambia. La adrenalina se mezcla con dopamina y el miedo se convierte en placer.
“Me gusta la sensación de sentir miedo, pero sin la necesidad de salir corriendo asustado”, comenta el universitario de Trujillo, Jhon Valverde, fanático de los recorridos por el cementerio.

Según estudios del sicólogo Paul Rozin, de la Universidad de Pensilvania, ese fenómeno se conoce como benign masochism o “miedo seguro”.
La revista PsyPost indica que más del 50 % de las personas disfrutan consumir terror porque los hace sentir vivos sin enfrentar un peligro real.
Esa combinación de susto y alivio libera una química que engancha, y por eso las casas del terror y las películas de miedo se llenan cada año.
En Trujillo, la sicóloga Cristina Sagastegui explica que el gusto por el terror se relaciona con la adrenalina que se siente al generar un miedo controlado.
Cuantas más vueltas le doy más cosas comprendo, y cuanto más cosas comprendo más miedo me da.
Henry James
“Nuestro cerebro interpreta la amenaza como algo real por un momento, pero cuando sabe que no hay un peligro real, es como una mezcla de alivio, realmente. Esa sensación es lo que atrae a ver películas de terror, o asustarse en general», explica.
Halloween, una historia
El origen de esta fascinación se remonta a festivales antiguos. Hace más de dos mil años, los pueblos celtas celebraban Samhain al finalizar octubre.
Marcaba el fin de la cosecha y el comienzo del invierno, una época temida por su oscuridad y por lo desconocido. Creían que durante esa noche la frontera entre los vivos y los muertos se volvía difusa, por lo que encendían hogueras y se disfrazaban para ahuyentar a los espíritus.

Con el tiempo, la Iglesia cristiana incorporó la víspera del 1 de noviembre como el Día de Todos los Santos, y la noche anterior se conoció como All Hallows’ Eve, que con los años derivó en Halloween.
Lo que comenzó como un ritual agrícola se transformó en la noche de los disfraces, los dulces y los sustos que conocemos hoy.
Trujillo: espectáculo del miedo
Y en Trujillo, esa adrenalina tiene nombre propio. Este 31 de octubre, el Museo del Juguete abrirá sus puertas para una visita nocturna entre vitrinas, sombras y juguetes que parecen observar en silencio.
Mientras tanto, quienes buscan el reto más mental podrán probar suerte en Padlock Escape Room, donde los acertijos se mezclan con el suspenso y el reloj marca la tensión. En ambos espacios, el miedo se vive a su manera, pero siempre de forma segura.

“Las personas buscan vivir emociones intensas”, comenta el equipo de Padlock en Trujillo. “Muchos nos dicen al salir que gritaron, rieron y lo vivieron todo, y eso es justamente lo que se busca. Una experiencia única de enfrentar temores de manera divertida”.
Quizá por eso, cada Halloween, no huimos del miedo: lo buscamos, lo disfrutamos y, al final, nos reímos de él.
Escribe Yeremy Rimarachín Gonzales.


