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Generación Z y crisis política: el Perú no se limpia cambiando de escoba, sino aprendiendo a barrer

La juventud tiene motivos reales para indignarse, pero la solución a la infección crónica de la corrupción y la precariedad no está en las protestas superficiales ni en el cambio de un presidente, sino en la decencia cotidiana de cada ciudadano.

Las marchas de la generación Z en el Perú no son un capricho, sino la respuesta a una infección crónica que lleva años deteriorando al país: la precariedad laboral, la corrupción impune, el Congreso desconectado, la Policía desenfrenada y la creciente inseguridad.

Los jóvenes tienen motivos de sobra para indignarse, pero lo que falta es que esa indignación se acompañe de criterio. No basta con salir a marchar como mono de feria solo por moda o tendencia ni con creer que cambiar un presidente —ya van siete, contando a Kuczynski, Vizcarra, Merino, Sagasti, Castillo, Boluarte y Jeri, en menos de una década— limpiará un sistema que es pútrido desde sus bases.

El descontento se cimenta en cifras duras del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI): la informalidad laboral supera el 70 % de la Población Económicamente Activa (2023) y la desconfianza en el Congreso y los partidos políticos se mantiene por encima del 90 % (2025).

Los jóvenes tienen motivos de sobra para indignarse, pero lo que falta es que esa indignación se acompañe de criterio. No basta con salir a marchar como mono de feria solo por moda o tendencia ni con creer que cambiar un presidente.

A ello se suma que la victimización por inseguridad afecta a más del 25 % de la población. Si a esta realidad le añadimos la propuesta de aporte obligatorio a la AFP —que les exige a los jóvenes de 18 años contribuir a un sistema en el que no confían—, la protesta se convierte en una reacción lógica de supervivencia económica.

Y claro, así, cualquiera se harta: cuando te dicen que aportes a un sistema en el que ni tus viejos confían, la protesta deja de ser berrinche y se vuelve pura supervivencia.

El filósofo francés Michel Foucault, en su obra Vigilar y castigar, plantea que el poder no se ejerce solo desde la cúspide, sino que se impregna en todas las relaciones sociales; por ende, el problema reside en la estructura social, no únicamente en la cúpula política.

Es cierto que hay muchos tibios a los que nada les importa mientras sigan trabajando, pagando lo suyo y mirando para otro lado con desinterés; pero también hay ciudadanos que, sin salir a marchar, aportan al país desde la decencia cotidiana de sus actos y no desde su charlatanería de medio pelo.

Leer más: Marcha de la Generación Z: bloqueo de celulares de los organizadores, jóvenes heridos con perdigones y policías golpeados

No todos los que no protestan son indiferentes, así como no todos los que gritan entienden lo que reclaman. El compromiso con el Perú no se mide por la bulla chonguera, sino por la coherencia.

Lamento y repudio profundamente la muerte de Eduardo Mauricio Ruiz Sanz, así como toda forma de violencia, venga de donde venga: tanto la represión desmesurada de algunos policías como los actos violentos de unos manifestantes que desvirtúan el reclamo. Ninguna vida debería ser el costo de la protesta ni del abuso del poder.

El filósofo Michel Foucault, en su obra Vigilar y castigar, plantea que el poder no se ejerce solo desde la cúspide, sino que se impregna en todas las relaciones sociales; por ende, el problema reside en la estructura social, no únicamente en la cúpula política

El país no se arregla gritando “¡que se vayan todos!”, sino haciendo bien lo que nos toca desde nuestra cancha. Al país se le cambia trabajando dignamente a diario, siendo solidarios en su justa medida con los demás, respetando la ley; haciendo prevalecer la meritocracia y no premiando la incompetencia subyugada por las bajas pasiones.

También, evitando hablar mal del resto o buscar el oportunismo para trepar ni siendo envidiosos, dejando de aparentar lo que no somos y vendiendo menos humo y facha; autoeducándonos para que ningún mamarracho en el poder nos vea la cara, siendo congruentes entre lo que decimos y hacemos, y, sobre todo, formando y educando correctamente a las generaciones que vienen detrás.

Ellos heredarán el futuro de un país que moralmente parece ir directo al despeñadero por su moral en combo doble, tipo McDonald’s.

Generación Z
protesta, Perú
Foto: Infobae.

Porque el Perú no solo está plagado de mamotretos, fantoches y bodrios en el poder; sino, también, de ciudadanos que reclaman ética con una mano mientras coimean, mienten o trampean con la otra. Y eso es exactamente lo que vivimos: nos encanta posar de santos mientras nos saltamos la cola como buenos criollazos.

El sociólogo estadounidense Richard Sennett describía la hipocresía como un espectáculo que degrada la esfera pública, donde la apariencia de virtud se prefiere a la sustancia ética.

Y así, por más pancartas que se agiten, el cambio seguirá siendo como un Ferrari con el motor de un Tico: pura alharaca por fuera, pero sin potencia ni resultados.

Quizás la generación Z, sin querer queriendo —como decía el Chavo del 8—, nos esté enseñando a barrer con la indiferencia, el cinismo y la corrupción que heredaron de las generaciones anteriores.

Si logran canalizar esa energía más allá de los hashtags, los flashes de TikTok, las poses inútiles y la venta de humo al paso, si aprenden a construir desde la constancia y no solo desde la protesta, podrían ser quienes devuelvan la vergüenza al corrupto y el orgullo al que trabaja honradamente.

Por eso sigo creyendo que el país no se limpia cambiando de escoba, se limpia aprendiendo a barrer. El que entendió, entendió; el que no, que siga marchando sin saber por qué.

Favio Zerpa Novoa
Favio Zerpa Novoa
Comunicador egresado de la Universidad Privada Antenor Orrego, con experiencia en radio y televisión. Su periodismo es el resultado de la calle y la academia. Le aburre el lenguaje cuadrado y de pose. Su estilo es conocido por romper el discurso plano, mezclando análisis y crítica con elegancia, 'calle' y sin miedo a golpear con rigor. Sostiene que el periodismo debe ejercerse con independencia y libertad, cueste lo que cueste. Fuera del micrófono y los párrafos, es esposo y un amante empedernido del rock, el arte y el deporte, especialmente, del fútbol.