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‘Érase una vez en Medio Oriente’: un buen corazón entre los horrores de la guerra

Muchas veces, cuando volteamos la mirada hacia las películas o series que llegan desde el otro lado del mundo, descubrimos verdaderas joyas cinematográficas. En esta ocasión, una superproducción china ofrece no solo un espectáculo visual impresionante; sino, también, una historia capaz de estrujarnos el corazón y, al mismo tiempo, regalarnos una bocanada de aire fresco. Eso es precisamente lo maravilloso de encontrarse con una película de excelente factura en todos sus aspectos.

Érase una vez en Medio Oriente (Wen Muye, 2026) cuenta la historia de Xu, un chef que viaja a una ciudad sumida en un conflicto bélico para hacerse cargo de un restaurante. Con la ayuda del gerente del establecimiento, termina involucrado, casi sin quererlo, en un enfrentamiento entre grupos terroristas y tropas estadounidenses. En medio de este caos, ambos asumen la responsabilidad de proteger a unos niños huérfanos que vivían cerca del restaurante.

Es aquí donde surgen los vínculos afectivos, los dilemas morales y los conflictos que impulsan la historia. Xu no quiere involucrarse en una guerra ajena ni buscarse problemas, pero su carácter y el cariño que comienza a sentir por los pequeños terminan imponiéndose sobre sus temores. Incluso, llega a tomar a uno de ellos como aprendiz y establece una relación que va mucho más allá de la cocina. Su único propósito será ayudarlos y encontrar la manera de sobrevivir.

La película es muy buena, no precisamente por su enorme presupuesto, sino por esa sensibilidad que atraviesa toda la narración. Estamos ante una propuesta antibélica que nos invita a reflexionar sobre lo absurda que puede llegar a ser nuestra sociedad cuando pretende defender determinadas ideologías mediante la violencia.

La cinta es una superproducción en toda regla, comenzando por su protagonista, quien se suma a esa interesante lista de comediantes famosos que, al asumir papeles dramáticos, consiguen sorprender y conmover con sus interpretaciones. La recreación de una ciudad devastada por la guerra, las impresionantes secuencias de acción, las explosiones y el despliegue técnico son realmente destacables. Sin embargo, lo que termina sobresaliendo es su enorme carga emotiva, especialmente gracias a los personajes infantiles, capaces de conmovernos con sus historias y actuaciones.

La película es muy buena, no precisamente por su enorme presupuesto, sino por esa sensibilidad que atraviesa toda la narración. Estamos ante una propuesta antibélica que nos invita a reflexionar sobre lo absurda que puede llegar a ser nuestra sociedad cuando pretende defender determinadas ideologías mediante la violencia. Al final, muchas de esas posturas terminan siendo tan opresivas como aquello que dicen combatir.

Aquí no necesariamente los nacionalistas son los villanos ni el ejército invasor representa la salvación. La realidad posee una inmensa gama de matices, donde las personas no son completamente buenas ni malas, sino que las circunstancias terminan condicionando sus decisiones y comportamientos.

Precisamente, esa complejidad permite que los personajes cambien, evolucionen y se transformen en seres capaces de despertar nuestra admiración o rechazo. Todos convergen en una historia que, pese a su complejidad, encuentra en las emociones su principal fortaleza.

Érase una vez en Medio Oriente

Desde un anciano que simplemente comparte su historia hasta las escenas de cocina, filmadas con una pulcritud admirable, todo parece estar cuidadosamente trabajado. Los efectos especiales están muy bien integrados y las secuencias de acción cumplen con creces su propósito. Pero, por encima de todo, destacan esos giros narrativos que no solo consiguen sorprendernos, sino que también nos conmueven hasta las lágrimas.

Érase una vez en Medio Oriente es una historia muy bien construida, de esas que merecen encontrar un público mucho más amplio. Ojalá consiga la repercusión internacional que merece y logre superar las barreras del idioma y, especialmente, las limitaciones de distribución que muchas veces impiden que producciones de otras cinematografías lleguen a más espectadores.

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Porque, al final, las historias son las que verdaderamente importan. Son ellas las que nos cautivan y nos conducen de la sonrisa al llanto de una manera tan natural que, cuando menos lo esperamos, terminan dándonos un vuelco al corazón. Y lo mejor es que, después de tantas emociones, esta película consigue dejarnos una agradable sensación de calidez y esperanza.

Las buenas historias siempre encontrarán la manera de conmovernos cuando poseen esa esencia que tanto buscamos en el cine: hacernos sentir, aunque sea por un instante, ese calorcito en el corazón que nos devuelve la esperanza en la humanidad, incluso cuando la realidad que nos rodea puede ser terriblemente cruel.

Federico Sabana Vega
Federico Sabana Vega
(Chicama, 1980) Maestro en Educación, con estudios de Doctorado en Comunicación Social, docente universitario, cinéfilo en rehabilitación, seriéfilo por decisión, adicto a la cultura friki, promotor y realizador de eventos culturales. Organizador, gestor y promotor del Trujillo Cómic.