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Elecciones 2026: el Perú vota al borde del colapso y ya no tiene margen para otro error

Un país agotado, un sistema desbordado y una cédula que confunde más de lo que aclara. No es una elección más: es un intento desesperado por no seguir cayendo.

A pocos días de las elecciones, el problema no es la falta de opciones, sino el exceso de ellas. Tenemos candidatos como pulgas en panza de perro. Treinta y cinco postulantes no son pluralidad, son ruido. No es percepción: es dato. El Perú registra un número récord de candidaturas presidenciales en la región, según reportes internacionales como CNN.

En lugar de claridad, el elector enfrenta un menú amplio, pero confuso, donde distinguir propuestas serias de discursos improvisados se vuelve cada vez más difícil. Un contexto que ya empieza a parecer una ‘sana costumbre’ en el Perú.

Y por si el dato no bastara, la realidad lo grafica mejor que cualquier metáfora: este domingo 12 de abril, los peruanos se enfrentarán a la cédula de votación más grande de su historia. Más de 40 centímetros de largo, 5 columnas, 35 rostros y 198 autoridades en juego. No es una elección: es una sábana.

Cuando los sistemas de partidos se fragmentan sin reglas claras, la política deja de organizar la representación y pasa a producir caos.

Según la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), más de 27 millones de ciudadanos tendrán que elegir en medio de un proceso que no solo es complejo, sino abiertamente confuso.

Y no es casualidad. Es el reflejo de una democracia que viene golpeada hace años: en la última década, el país ha tenido ocho presidentes. Donde debieron ser dos, hubo ocho.

Ocho presidentes en una década no es una anomalía: es un circense patrón.

Un sistema sin filtro que produce caos

Esto, obviamente, no es casualidad. Es el resultado de un sistema chaquetero que ha convertido la política en un mercado saturado, desregulado y, para rematar, financiado con dinero público.

Como advertía el italiano Giovanni Sartori, cuando los sistemas de partidos se fragmentan sin reglas claras, la política deja de organizar la representación y pasa a producir caos. Y eso es exactamente lo que tenemos hoy.

La falla no es solo política, es estructural. Nace desde la propia Constitución Política del Perú —particularmente en sus artículos 90 y 110— y se consolida en la Ley de Organizaciones Políticas (Ley N.º 28094), en los que no se exige solvencia técnica, formación mínima ni idoneidad profesional real para acceder a cargos de elección. Así, simple y sencillo. No es un vacío accidental: es un diseño institucional permisivo.

Y el problema no se queda ahí. Con la entrada de la bicameralidad mediante la Ley N.° 31988, el menú no solo se mantiene: se amplía. Más cargos, mismas reglas laxas. Es decir, más espacio para que cualquier pelafustán, con billetera o con cara, pueda abrir su partido y lanzarse al ruedo como bueno.

Bajo esta situación, es imposible no citar a Martha Hildebrandt, quien lo resumía sin anestesia: “¿Quién puso el menú? Los partidos políticos”. El ciudadano elige, sí, pero dentro de una carta previamente armada. Y si hoy tenemos lo que tenemos en bandeja, es porque el sistema permite ofrecer candidatos fantoches de todo tipo y de todo precio.

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A ese ruido estructural se le suma otro igual de problemático: la campaña. Promesas que aburren, cifras de ensueño, supuestos logros y relatos apócrifos circulan sin un control efectivo sobre su veracidad. En ese escenario, no solo se desinforma al elector: se le sobrecarga. Y cuando hay sobrecarga, el análisis pierde frente a la impresión.

Hannah Arendt, filósofa estadounidense, plantea que la libertad de opinión pierde sentido cuando la información sobre los hechos no está garantizada. En campaña, el problema no es solo lo que se dice, sino lo que no se contrasta. Y en ser sorprendidos —o directamente manipulados—, los peruanos ya tenemos bastante kilometraje.

La plata manda: franja electoral o negocio redondo

A ello se suma un sistema que, en su intento por equilibrar la competencia, termina generando nuevas distorsiones. La distribución de propaganda financiada con recursos públicos busca nivelar la cancha, pero deja abierta la puerta a decisiones que, siendo legales, no siempre resultan legítimas ni éticas. Cuando los recursos se concentran y el proceso no se cuestiona, el riesgo no es solo informativo: es democrático.

Ya vimos casos de partidos que concentraron la mayoría —o la totalidad— de la franja electoral en un solo medio. Ejemplos como Primero la Gente o Fuerza y Libertad, vinculados a espacios como Nativa TV o Sol TV, encendieron más de una alarma.

La pelota cae en la cancha de la ONPE, que debería monitorear con mayor rigor estos procesos para garantizar pluralidad real y no una vitrina donde algunos juegan con ventaja

Pero no fueron los únicos. Según reportes periodísticos, al menos seis partidos —entre ellos Salvemos al Perú, País para Todos, el Partido Democrático Federal, el Partido de los Trabajadores y Emprendedores y el Partido Patriótico del Perú— destinaron montos importantes a un mismo canal —Nativa TV— acumulando inversiones que superan los dos millones de soles.

En paralelo, otras agrupaciones como Avanza País y Juntos por el Perú también direccionaron parte de su franja a medios regionales específicos como Atmósfera TV, mientras que Fuerza y Libertad llegó a concentrar prácticamente todo su presupuesto —cerca de 1.7 millones de soles— en Sol TV.

Y el problema no es solo la concentración: es el patrón. Se han detectado más de 80 millones de soles en fondos públicos de franja electoral, con casos en los que los medios beneficiados tenían vínculos directos con militantes de los propios partidos.

Porque cuando el dinero público termina circulando en circuitos cerrados —entre partidos y medios afines—, lo que se deforma no es solo la competencia: es la cancha completa.

En esta situación, la pelota cae en la cancha de la ONPE, que debería monitorear con mayor rigor estos procesos para garantizar pluralidad real y no una vitrina donde algunos juegan con ventaja. Porque cuando el control es débil, la tentación crece. Y donde hay plata pública, siempre hay más de uno con hambre.

Al final, basta con ver un par de entrevistas de esos medios que cobran franja electoral a sus potenciales clientes. Candidatos camaleones entrevistados por periodistas en ‘modo culebra’: arrastrados; sin una sola pregunta incómoda, como si estuvieran frente a un cliente y no a un candidato.

Ahí, el periodismo se convierte en marketing con corbata. La ética que tanto cuestionan en otros queda subyugada por intereses propios, cayendo al mismo nivel de la clase política hambrienta de plata y poder. Y el que paga el pato, una vez más, es el electorado.

Es lo que, tan prudentemente, recalcó el lingüista y filósofo estadounidense Noam Chomsky, cuando los sistemas de información fallan o se distorsionan, la democracia se convierte en una ilusión administrada. Y en campaña, esa distorsión deja de ser excepción para volverse regla. Una regla que hace alarde de una obscena doble moral.

El poder real ya no está donde debería

Pero no crea que todo recae en la política ni en sus personajes faranduleros. El votante también juega su partido. Elegir por simpatía, por costumbre o por un táper con comida no es nuevo, pero sí persistente. En un escenario saturado, ese tipo de voto no corrige el sistema: lo alimenta.

En ese terreno aparece también el fenómeno de campañas como ‘Por estos no’. Iniciativas que, bajo la lógica del descarte, buscan orientar el voto señalando a los peores. Y aunque parten de una intención legítima —evitar que los de siempre vuelvan—, terminan reforzando una lógica peligrosa: votar desde la bronca antes que desde el criterio. Y eso puede llevar a repetir el miserable círculo.

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Porque el problema no es solo a quién le cierras la puerta, sino a quién dejas entrar. Y ahí es donde muchos se quedan cortos. Convertir la elección en una lista negra puede aliviar la indignación, pero no necesariamente mejora la calidad del voto.

Hoy, además, hay un elemento que agrava el panorama: la sensación —cada vez más extendida— de que el poder real ya no se juega solo en Palacio, sino en el Congreso. En los últimos años, varias de las principales fuerzas parlamentarias —como Fuerza Popular, APP, Renovación Popular, Perú Libre, Podemos Perú, Juntos por el Perú, Somos Perú o Avanza País— han tenido un rol determinante en la inestabilidad política, impulsando vacancias, tensiones con el Ejecutivo y disputas por el control institucional.

No es un dato menor: en una década, el Perú ha tenido ocho presidentes. En ese contexto, hablar de gobernabilidad ya no es una promesa, es casi una ficción. Una tragedia donde el poder se ha concentrado en pocos actores que, lejos de corregir el rumbo, han terminado administrando la crisis como si fuera propia. La angurria, en política, también gobierna.

Por eso, más que buscar “a quién sacar”, el reto es entender a quién estamos premiando con el voto. Porque cuando los mismos actores que han sido parte del problema se reciclan sin costo político, lo que se consolida no es la democracia: es el desgaste. Si no elevamos el criterio, vamos a seguir en lo mismo: rotando nombres en la superficie mientras el sistema sigue intacto y pestilente por dentro.

El debate reciente, lejos de ordenar la discusión, confirmó el diagnóstico: más confrontación que propuestas, más espectáculo que contenido. Y sin embargo, ese mismo show sigue teniendo eco. Porque no solo hay una oferta deficiente; también hay una demanda que no castiga la mediocridad, sino que muchas veces la celebra con un entusiasmo preocupante.

Es la famosa trivialización del espectáculo que tanto criticaba Mario Vargas Llosa, donde la forma termina devorándose al fondo y el entretenimiento reemplaza a las ideas.

Estas nuevas organizaciones que llegaron al Congreso no fueron sostén de la democracia, sino protagonistas de su desgaste. En la última década, el Perú ha tenido ocho presidentes: cuatro fueron destituidos por el Congreso y dos renunciaron. No es un accidente político; es un nefasto patrón.

El Perú se ha convertido en esa pista de baile que todos pisan: autoridades, políticos y también ciudadanos. Un país reducido a la última rueda del coche, al que pocos miran cuando toman decisiones y muchos avaros usan cuando les conviene.

Por eso, cuidado también con cómo votamos para senadores y diputados. A la larga, pueden terminar siendo el principal factor de bloqueo del país. Porque en política, más de uno se disfraza de oveja… pero apenas llega al poder, muestra los colmillos.

La política no se deteriora sola. Se deteriora también cuando la ciudadanía normaliza el atajo, la viveza y la elección sin criterio. Cuando se exige poco, se recibe poco. Y eso es lo que tenemos: un sistema político famélico, desgastado, que ya no aguanta más. En un país que ha tenido cerca de ocho presidentes en menos de una década, la inestabilidad no es mala suerte: es un sistema que produce crisis como si fueran pan caliente.

El problema no es que haya muchos candidatos. El problema es que el sistema permite que cualquiera llegue sin filtros reales, que los partidos funcionen como franquicias y que el Estado termine financiando, a través de la franja electoral, un mercado político que ya venía podrido desde su origen.

Un país que ya no aguanta más

El Perú se ha convertido en esa pista de baile que todos pisan: autoridades, políticos y también ciudadanos. Un país reducido a la última rueda del coche, al que pocos miran cuando toman decisiones y muchos avaros usan cuando les conviene.

Es un país que ya no da para más. No da para otro quinquenio de improvisación, ni para seguir girando en este torbellino caótico donde todo se desgasta y nada se resuelve. No da para presidentes de paso, congresos en guerra permanente, gabinetes que duran un suspiro ni para instituciones capturadas por mediocres con hambre de poder.

No da para seguir normalizando la corrupción, los escándalos reciclados ni la inseguridad que nos come por dentro. No da para más. Por eso, antes de marcar la cédula, la pregunta no es quién es perfecto —porque no lo hay—, sino quién, dentro de este menú limitado, está realmente en mejores condiciones de sostener el timón en medio de la tormenta.

No es una elección ideal. Es una decisión urgente.

Y si algo debería pesar más que la simpatía o la costumbre, es la memoria. Porque ya vimos a varios de los que hoy vuelven a tocar la puerta. Y también sabemos, con evidencia, a dónde nos llevaron… y de dónde todavía no salimos.

Favio Zerpa Novoa
Favio Zerpa Novoa
Comunicador egresado de la Universidad Privada Antenor Orrego, con experiencia en radio y televisión. Su periodismo es el resultado de la calle y la academia. Le aburre el lenguaje cuadrado y de pose. Su estilo es conocido por romper el discurso plano, mezclando análisis y crítica con elegancia, 'calle' y sin miedo a golpear con rigor. Sostiene que el periodismo debe ejercerse con independencia y libertad, cueste lo que cueste. Fuera del micrófono y los párrafos, es esposo y un amante empedernido del rock, el arte y el deporte, especialmente, del fútbol.