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‘El mismo guion’: segundo premio del concurso Vivir ya es Especial, sobre la tragedia del Real Plaza

El escritor limeño Juan José Cavero Benites presenta una obra que aborda los arreglos económicos tras la caída del techo del centro comercial.

Mientras regresaba al domo se escuchó el estruendo. Domingo Ipanaqué corrió hacia lo que minutos antes había sido el patio de comidas del centro comercial. En medio de la polvareda y los escombros gritó el nombre de Flavia y el de sus dos hijos. Llevándose las manos a la cabeza, sin saber qué hacer, en medio de los lamentos de los heridos, recordó el momento aciago vivido años atrás. Su padre, chofer a cargo de un tráiler propiedad de una corporación gasífera, se estrelló estrepitosamente contra unas viviendas. El vehículo estalló, envolviendo todo en un manto ígneo que quemaba todo a su paso.

Notificados de la tragedia, fueron a ver. Samuel, su padre, había fallecido instantáneamente, y las víctimas y heridos habían sido trasladados a diversos hospitales. Los periodistas de los noticieros radiales y televisivos ya tenían una opinión unánime: Samuel era el culpable. Y recordó que cierto día, mientras almorzaban, su padre se quejó de la falta de mantenimiento de las unidades que conducían. «Los dueños ganan un chupo de plata, pero vaya a ver si mejoran nuestras condiciones laborales y la de los vehículos…». Recordó que él, con cierto halo de incredulidad, le retrucó: «Pa, pero si se ven modernos los camiones». «Por fuera flores, por dentro temblores, hijo», reafirmó Samuel.

Al cabo de unos días llegaron los del seguro, y también un representante de la empresa. En una reunión con la madre de Domingo, el representante le habló claro: «Ya la culpabilidad ha sido establecida, y su esposo lamentablemente es el responsable de este aparatoso accidente». La madre de Domingo entornó los ojos, mientras recordaba lo dicho por Samuel en aquel almuerzo.

Domingo reconoció ese tono agudo de voz. Cubriéndose la cara con su mismo polo, avanzó en medio de la polvareda. Apenas si podía ver, pero reconoció la silueta regordeta, así como el pelo largo, aunque lleno de polvo de Flavia.

—Mi esposo me dijo que no se le da mantenimiento a sus unidades. En buena cuenta pudo ser un desperfecto mecánico, y quizás solo le quedó estrellarse, antes de provocar más daño —viendo que el representante quería interrumpirla, exclamó—. ¡Y el video del accidente hace ver que el camión se quedó sin frenos!

El rostro rojo del representante lo decía todo. En otra reunión, en compañía de un abogado, no tardó en ofrecerle una suma dineraria nada despreciable. «Con eso podrá ayudar a su familia, piénselo, ahora que está sola. Pero antes deberá firmar algunos papeles», concluyó el representante. Ella lo miró con rabia, y luego con oprobiosa resignación.

Un grito vino a sacarlo de sus pensamientos. Domingo reconoció ese tono agudo de voz. Cubriéndose la cara con su mismo polo, avanzó en medio de la polvareda. Apenas si podía ver, pero reconoció la silueta regordeta, así como el pelo largo, aunque lleno de polvo de Flavia. A duras penas, en medio de los escombros y los lamentos de los heridos, pudo sacar a su mujer, al igual que a uno de sus hijos. No tardaron en llegar los bomberos, policías y ambulancias, procediendo a rescatar a los heridos.

La noticia corrió como chispa en reguero de pólvora, y no tardó en aparecer la prensa. Periodistas indagaban en lo sucedido, preguntando a los bomberos acerca de la cantidad de víctimas y heridos. Tras obtener una respuesta del oficial a cargo, empezaron a tomar el testimonio de los que habían estado en el domo, donde funcionaba el patio de comidas.

Mismo guion, Real plaza, Trujillo

Una periodista se acercó a Domingo. Preguntándole qué estaba haciendo cuando cayó la estructura.

—Regresaba de los servicios higiénicos —respondió visiblemente afectado.

—¿Y estaba con su familia?  —indagó la periodista.

—Sí, pude rescatar a mi esposa y a uno de mis hijos, vengo de dejarlos en la ambulancia para ser atendidos. Al otro no lo encuentro, y no sé si estará bien.

Apenas terminó de decir aquello, como si no le importara otra cosa en el mundo, se internó dentro de la polvareda.

           ***

Los días fueron sucediéndose. Los programas dominicales y noticieros televisivos hicieron largas notas sobre la caída del domo. Ingenieros y arquitectos de reconocido prestigio, entrevistados por los panelistas, daban sus opiniones y más de uno se aventuró en soltar alguna conclusión: «No hay duda, los materiales no han sido los idóneos y el techo no soportó la sobrecarga, pero eso lo establecerá el peritaje». Reporteros hablaron con las víctimas, algunas convalecían en sus casas, otras permanecían todavía en las camas de los hospitales, las menos con pronóstico reservado.

Y, tras la pérdida del menor de sus hijos, en el corazón de Domingo se alojó una sospecha. Su intuición le decía que debía esperar pacientemente. No tardó en hacerse presente un representante del seguro y luego uno del centro comercial, en compañía de un abogado. Como si se repitiera el guion de una infame película vista años antes, el representante del centro comercial le lanzó la oferta dineraria. Domingo, tal como hizo su madre, entornó los ojos y apretó los puños. Más de una vez pasó por su cabeza la idea de propinarle una andanada de golpes al atrevido. Y, tal como escuchó hacía años, se repitió el mismo diálogo. «Con eso podrá ayudar a su familia, piénselo, no es nada despreciable lo que la empresa le ofrece».

Domingo, después de decirle al representante que debía conversarlo con su esposa, lo invitó a retirarse de su domicilio. Antes de cerrarle la puerta en sus narices, lo escuchó decir.

—Me llama lo más pronto posible, señor. Porque estoy visitando a todos los afectados… No vaya a ser que la empresa se haga para atrás…

A solas con Flavia conversaron sobre el tema. De boca de su esposa salió a relucir la falta de tal o cual cosa en casa. Y escuchándola en silencio, presa de la ira por la pérdida del menor de sus hijos, se vio en esas pupilas, en las cuales se reflejaba el oprobio en las facciones del rostro de su madre.


Juan José Cavero Benites (Lima, 1972). Estudios en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ganador de la V Bienal de Novela, Premio Copé 2015, con la obra En la ruta de los hombres silentes.
Premio Norma 2017, con la novela El océano interior que se distribuye en varios países de Latinoamérica. Ganador de la IX Edición del Premio El Barco de Vapor con la novela Un manantial en el desierto, y mención honrosa en el V Premio de Novela Breve, organizado por la Cámara Peruana del Libro en el 2013, con la novela Las tentaciones de Contreras.
Además, es mención especial en el Premio Nacional de Literatura 2019, y segundo puesto en el Concurso del Cuento de las 1000 Palabras, de la revista Caretas, en el año 2021. Ganador también de los Estímulos Económicos para la Cultura, para la creación de obras literarias. El año 2022 quedó finalista en el II Concurso Latinoamericano de Novela Fabla Salvaje.