Eduardo Urquiaga Murillo nació en los años en que el mundo ardía bajo la sombra de la Segunda Guerra Mundial (10 de diciembre de 1941). Mientras Europa se desgarraba, en Santiago de Chuco comenzaba silenciosamente la historia de un artista destinado a pintar la memoria.
Con el tiempo, su vida se trasladaría a Trujillo, ciudad a la que llegaría siendo niño junto a sus padres, humildes vendedores de frutas que, en algunas ocasiones, alcanzaban la plaza mayor para ofrecer sus productos.
Eduardo recuerda esa etapa con alegría y una ternura intacta. Tenía apenas cuatro años cuando ocurrió un episodio que marcaría su destino: una travesura infantil lo llevó a perderse entre las calles trujillanas. Deambuló llorando, sin rumbo, hasta que fue encontrado.
Años después, con la lucidez que solo otorga la memoria madura, el maestro cree que aquella calle que lo acogió en su desamparo pudo haber sido el jirón Independencia, precisamente la artería que más veces ha pintado a lo largo de su vida. No como casualidad, sino como destino.
Tenía apenas cuatro años cuando ocurrió un episodio que marcaría su destino: una travesura infantil lo llevó a perderse entre las calles trujillana. Deambuló llorando, sin rumbo, hasta que fue encontrado.
Ese niño perdido reaparece, de algún modo, en su obra. En el Salón José Sabogal de la Dirección Desconcentrada de Cultura de La Libertad se expone una de sus pinturas donde destaca la figura de un niño.
Por contraste, Urquiaga suele representar a la figura humana en tonos rojos y negros, colores que dialogan con la intensidad emocional de sus escenas. Tal vez ese niño sea él mismo, reencontrándose con la calle donde alguna vez se extravió; una reconciliación íntima entre el pasado y la pintura.
Eduardo Urquiaga y Pedro Azabache
Formado con rigor y convicción, Eduardo Urquiaga desafió los caminos impuestos. Tras abandonar una carrera universitaria que no sentía suya, siguió el llamado irrenunciable del arte.
Fue discípulo del maestro Pedro Azabache en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Trujillo, donde no solo se formó como alumno, sino que más adelante se convirtió en profesor, contribuyendo activamente al crecimiento y consolidación de esta institución.

A lo largo de su vida, el maestro ha pintado más de ocho mil obras. Su estilo es inconfundible: balcones que observan, jirones que serpentean, luces que vibran.
Sus composiciones avanzan en zigzag, embellecen las formas y dominan la perspectiva con una libertad expresiva que es ya su impronta personal. Las casonas, iglesias y balcones de Trujillo no solo son escenarios, sino personajes vivos, cargados de misterio y memoria.
A lo largo de su vida, el maestro ha pintado más de ocho mil obras. Su estilo es inconfundible: balcones que observan, jirones que serpentean, luces que vibran.
En su infancia, recuerda que la plaza mayor se iluminaba con mechones, una luz precaria pero suficiente para encender la imaginación del niño que observaba. Esa misma luz parece persistir en su obra, filtrándose entre sombras y colores intensos, como un resplandor antiguo que se niega a desaparecer.
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Hoy, Eduardo Urquiaga conserva una lucidez y una energía admirables. Su pintura no es nostalgia inmóvil, sino un diálogo constante con el tiempo. Cada cuadro es una forma de volver, de buscar al niño que se perdió una tarde cualquiera y que, sin saberlo, encontró en el arte el camino de regreso.
Dato: Puede apreciar el trabajo de Eduardo Urquiaga y otras 20 obras más hasta el 20 de enero en la sala José Sabogal ubicada en el jirón Independencia 572 (sede regional del Ministerio de Cultura).

La muestra colectiva de obras creadas con técnica mixta integra a otros artistas de Trujillo, nororiente y Lima es promovida por la Red de Artistas y Gestores Culturales de La Libertad y la Dirección Desconcentrada de Cultura de La Libertad.
Un texto de Roger Montealegre Barrientos.


