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Perú no merece la Dina mandataria que nos desgobierna, por César Ortiz Anderson

El actual gobierno empezó con el limitado mental que fungía de profesor de primaria Pedro Castillo Terrones (títere de Vladimir Cerrón, delincuente comunista sentenciado, hoy prófugo de la justicia) que está siendo procesado por el fallido Golpe de Estado.

Esta conducta criminal fue la que le abrió el paso a la empleada de la Reniec, Dina Boluarte, tesorera del partido marxista leninista castro-chavista Perú Libre, que cogobierna con conspicuos adeptos a Sendero Luminoso, bajo el mando en la sombra de Vladimir Cerrón, prófugo consentido del gobierno.

Dina Boluarte en sesión de Consejo de Ministros.

Dina Boluarte, presidenta por accidente

La mandataria ha demostrado una desconexión total con la realidad y el sentir de los peruanos; ostenta la aprobación más baja que ha tenido un presidente de la Republica en tiempos recientes, de apenas un tres por ciento.

En abierta demostración de su carencia absoluta de criterio, tino y sentido de pertinencia, en un claustro educativo, con motivo de la inauguración del año escolar, habló sobre la «pena de muerte» delante de los alumnos, abordando el álgido tema de la inseguridad ciudadana que hoy vive el  país.

Como corolario, se puso a cantar frente a los alumnos, lo que evidencia una falta de conciencia situacional frente a los menores de edad que eran su auditorio inmediato y frente a los millones de sufridos ciudadanos peruanos, que eran su público mediato.

Resulta claro que tamaños dislates son producto de su real condición psicobiológica y profesional, de ser una oscura empleada de edad más que madura, de nivel medio en una entidad estatal (RENIEC), a cargo de una sucursal del distrito de Santiago de Surco en Lima, mediocre situación curricular que no la presentaba, ni la acredita como idónea para dirigir la administración de la entidad que la cobijaba, mucho menos para gobernar al Perú.

Si bien es cierto trabajó dos años como ministra de Pedro Castillo, en una de las carteras con mayores recursos dirigidos a la población desfavorecida; durante el ejercicio de ese  cargo, su actuación no ha estado exenta de oscuros manejos objeto de investigaciones por corrupción en el Ministerio Público.

Ante la vacancia de Pedro Castillo, pasó a ser la presidenta de la Republica de todos los peruanos, a todas luces un cargo para el que no estuvo, ni está preparada, dando como resultado el ejercicio de un mandato menos que mediocre; absolutamente deficiente, cuyo corolario, son numerosas imputaciones delictivas contra ella, sus hermanos y amigos o waykis, en la luz y en la sombra.

Esto ha traído el gravísimo resultado de convertir a Perú en una criminocracia, donde los criminales de toda laya han sometido a la población a un estado permanente de alarma, terror y zozobra, en el brevísimo plazo de su nefasto gobierno.

En el colmo del ladino descaro, en algunas presentaciones ante la prensa muestra las palmas de su mano diciendo que están limpias de corrupción, lo mismo que hacia su exjefe Pedro Castillo y hoy se viene conociendo que de limpias no tienen nada, sin tener en cuenta por ejemplo, que en sus muñecas tenía joyas y relojes de alta gama muy costosos.

Amistades peligrosas

Tras el escándalo, sostenía que esos relojes eran producto de su esfuerzo laboral, hasta después sostener que era un préstamo de un waiki (amigo). También se viene investigando la contratación para el Estado de parientes y amigos, el nepotismo es una forma particular del conflicto de intereses, igualmente se podría incluir el delito de colusión, pero no olvidemos que estamos en el Perú, el país del «No Pasa Nada».

La verdad que tenemos una presidenta y un gobierno, como dirían nuestros abuelos, «de medio pelo», sin clase; pero siempre acompañados de actos de corrupción como los de Qali Warma, que a raíz del escándalo cambió de nombre, hoy se llama Wasi Mikuna, otro nombre pero posiblemente con la misma corrupción.

Tengan por seguro que, en otras circunstancias, semejantes escándalos de corrupción impune, hubieran acabado en la vacancia presidencial, pero, para seguir en el inmerecido cargo, ha asegurado ladinamente, convenientes y deshonrosas lealtades en el Congreso.

Finalmente, hoy la ladina Dina Boluarte sale a defender contra viento y marea a su ministro del Interior,  la real causa de tan denodada defensa, más adelante se conocerá por qué lo defiende tanto.

Si bien es cierto, el cambio de ministro no solucionará la inseguridad ciudadana que hoy vivimos, al menos en el corto plazo, haría muy bien en retirar a un ministro contaminado con una serie de gravísimas acusaciones. Públicamente le aconsejo convocar para el cargo de ministro del Interior al teniente general Félix Murazzo Carrillo, que además ya ocupó esa cartera con eficiencia; al general José Baella, de vasta experiencia en la lucha contra la criminalidad; al general Alberto Jordán Brignole y podría seguir haciendo muchas propuestas.

Lo que no podemos tolerar es más de lo mismo, porque esta situación nos esta sumiendo en una escalada de sangre donde cada vez más ciudadanos son víctimas mortales de una criminalidad más empoderada e impune.

Basta ya de mediocridad y corrupción ladina Dina.

Por César Ortiz Anderson

Presidente de Aprosec y especialista en seguridad

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