El proyecto «Historias de cañaverales: encuentros cercanos entre generaciones» logró lo impensable: convertir el frontis de una casona colonial —testigo mudo de la época de los terratenientes alemanes— en un escenario donde la tradición oral cobró vida ante los ojos asombrados de escolares.
Bajo la tenue luz de una fogata, como en las veladas de antaño, poetas, actores y periodistas se transformaron en cronistas de un mundo que la modernidad amenaza con borrar.
David Novoa, Jorge Hurtado, Cristhian Esquivel y Fabrizio Barrenechea tejieron con palabras las historias de los antiguos trabajadores de la exhacienda, mientras los jóvenes —con cuadernos en mano— capturaban cada relato como si fueran tesoros.

El gestor cultural Hugo Valdez Navarro, impulsor de la iniciativa, subrayó la urgencia de este rescate: «Estas historias son frágiles. Si no las atrapamos ahora, se las llevará el viento como el bagazo de caña».
Su reflexión revela la esencia del proyecto: un puente entre generaciones donde los adultos mayores son los libros abiertos y los niños, sus transcriptores.
Del relato oral al libro: legado tangible
Lo extraordinario de esta jornada no fue solo la magia de las narraciones, sino su transformación en un futuro libro.

Bajo la guía del docente y escritor César Clavijo Arraiza, los estudiantes de la Institución Educativa Casa Grande trabajarán en versiones escritas de estos relatos, muchos de los cuales nunca habían traspasado el ámbito oral.
La meta es clara: que las leyendas de los cañaverales viajen más allá de La Libertad, llegando a lectores nacionales e internacionales.

El éxito de la actividad —respaldada por el Ministerio de Cultura, el programa de Comunicación y Medios Digitales de la Universidad Privada Antenor Orrego y las autoridades locales— demuestra que la preservación de la identidad es tarea de muchos.
La Municipalidad de Casa Grande y la Alcaldía Vecinal de Tres de Octubre no solo aportaron logística, sino que validaron una verdad: la cultura no es lujo, es oxígeno para las comunidades.
Esta velada de cuentacuentos no fue un simple evento. Casa Grande, al abrazar su historia, demostró que la caña no solo da azúcar: también endulza el alma de quienes la trabajan y la recuerdan.
Casa Grande: una novela histórica en fotos











