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Los demonios que persiguen a Cliver Huamán: cuando el talento no pidió permiso para existir

Pol Deportes no se volvió noticia por casualidad ni por figuretería. Lo fue porque, bajo cualquier criterio periodístico serio, lo que hizo merecía ser contado. Lo demás —el silencio, el desdén y la indiferencia— dice mucho más de los medios y de una cultura enamorada de la banalidad.

“Claro, pues. Fácil es subirse a un cerro y hacerse viral”. Así piensan algunos. Así murmuran, con desdén, ciudadanos de a pie que no conocen ni tienen porqué conocer criterios periodísticos y, lo peor, algunos ‘periodistas’ que llevan años en el oficio y que, aun así, siguen pateando latas; pero hablan con mala leche o con envidia mal disimulada.

Como si la viralidad fuera una casualidad infantil. Como si el talento fuera un golpe de suerte. Como si lo ocurrido con Cliver Huamán no mereciera ni siquiera una línea de atención profesional.

Pero el caso del chico que narró desde los cerros la final de la Copa Libertadores 2025 y se volvió viral no es humo. Tampoco es una anécdota simpática para redes sociales o un accidente digital.

Es, más bien, un caso de estudio. Y no desde la emoción barata, sino a partir del periodismo serio —ese que muchos dicen ejercer—, y no porque “las redes lo hayan decidido”, sino porque cumple criterios que el propio periodismo reconoce desde hace décadas, aunque a veces finja olvidarlos.

Cliver Huamán: el cerro como cabina de resistencia

Aún queda grabada la estampa: un adolescente peruano, quechuahablante, sin credenciales ni recursos, narrando la final entre Flamengo y Palmeiras —jugada en el Estadio Monumental de la U en noviembre de 2025— desde un cerro, con un celular, fuera del sistema; pero dentro del pulso real del fútbol.

Pero el caso del chico que narró desde los cerros la final de la Copa Libertadores 2025 y se volvió viral no es humo. Tampoco es una anécdota simpática para redes sociales o un accidente digital.

Eso no es solo creatividad. Es novedad, es interés humano, es actualidad, es proximidad emocional. Es una historia que conecta con miles porque habla de pasión, desigualdad, ingenio y contexto social.

Detrás de ese video hay una travesía que el algoritmo no siempre cuenta. Cliver Huamán, conocido como Pol Deportes, viajó unas 18 horas desde su natal Andahuaylas trayendo no solo su sueño, sino la voz de un Perú serrano que rara vez encuentra espacio en las cabinas de transmisión.

Tras realizar entrevistas en las afueras del Estadio Monumental y chocar con las barreras lógicas de acreditación —derechos de televisión y minoría de edad—, no se dio por vencido. Subió al cerro Puruchuco, en Ate, para convertir la exclusión en su cabina de transmisión. Desde esa cima, le devolvió al periodismo su esencia más cruda: la capacidad de contar una historia contra todo pronóstico.

Bajo los criterios clásicos de noticiabilidad, recogidos por autores fundamentales del periodismo, la historia de Cliver cumple —y con holgura— los requisitos para ser noticia. Johan Galtung y Mari Holmboe Ruge, sociólogos y teóricos de la comunicación, consideran valores como la novedad, la relevancia, la significación social y el impacto de un hecho para ser considerado como noticia. Estos criterios se cumplen en este caso.

Además, Walter Lippmann, pensador estadounidense, insistía en que la noticia no es solo lo que ocurre, sino lo que afecta simbólicamente a la sociedad. Y eso fue lo provocó Cliver, quien, tras su viralización, remeció a la sociedad peruana e internacional.

La lectura cultural y el silencio de la ‘argolla’

Y aquí entra un elemento que muchas veces no se enumera como criterio formal, pero que el periodismo latinoamericano conoce bien: el contexto social. Lo que Jesús Martín-Barbero, comunicólogo español, llamó la lectura cultural de los fenómenos mediáticos. La noticia no flota en el aire: nace de una realidad concreta, de desigualdades, de brechas, de símbolos.

Cliver no narró desde una cabina: narró desde el margen. Y eso, en sí mismo, ya es noticia, le arda a quien le arda. Entonces, ¿por qué algunos medios y periodistas miraron para otro lado y algunos intentaron minimizar abiertamente al adolescente?

La respuesta incomoda porque mientras ciertos comunicadores —mequetrefes con credencial, pelafustanes de redacción, advenedizos con ego de estrella— se desviven por sobarle el lomo a deportistas amigos, por felicitar transferencias con tono de padrino orgulloso o por repetir comunicados disfrazados de primicia; pero, cuando el talento aparece fuera de su circuito de favores, se hacen los locos.

Detrás de ese video hay una travesía que el algoritmo no siempre cuenta. Cliver Huamán, conocido como Pol Deportes, viajó unas 18 horas desde su natal Andahuaylas trayendo no solo su sueño, sino la voz de un Perú serrano que rara vez encuentra espacio en las cabinas de transmisión.

Ahí no hubopost. No hubo historia. No hubo ni una línea. Silencio. Un silencio que suena a envidia y a esa soberbia rancia de quienes no soportan ver como un novato conquista, por peso propio, la fama que ellos, en su patética figuretería, no alcanzarán ni en cien vidas.

No es necesario que el personaje sea del agrado de todos; el periodismo no es un club de fanes. Sin embargo, resulta vergonzoso ver cómo ciertos sectores se dedicaron a desmerecer y minimizar un logro evidente, ignorando que su viralidad y relevancia estaban respaldadas por criterios de noticiabilidad.

Pero si el protagonista hubiera sido un deportista conocido, ahí sí: doble publicación, palmada pública y beso volado. Puro floro. Puro humo.

La academia responde: más allá del viral descartable

Algunos dicen que Cliver no debería tener pantalla porque “todavía no ha estudiado”. Curioso argumento, viniendo de periodistas que sí pasaron por la academia y aun así ignoran, cuando les conviene, el ABC de la noticia.

La universidad no es una medalla vitalicia ni un filtro moral. Es una herramienta. Y el talento, cuando aparece, aparece donde quiere. La academia, si algo debe hacer, es pulirlo, no negarlo.

Y la realidad terminó por atropellar el silencio y el desmerecimiento de los mediocres. Hoy, Pol Deportes ya no narra solo para su celular: formará parte de un ambicioso proyecto de streaming junto a exfutbolistas y periodistas de largo recorrido; una vitrina que, si sabe caminar con pies de plomo, será solo el despegue. Pero el verdadero triunfo no es el clic de una pantalla, sino el futuro.

Cliver Huaman Poldeportes

La Universidad Jaime Bausate y Meza ya le puso nombre a su destino con una beca integral que lo espera para el 2027, apenas cuelgue el uniforme del colegio. Mientras unos seguían pidiendo credenciales para reconocerle el talento, otros decidieron darle las herramientas para que, mañana, nadie tenga la excusa de llamarlo ‘advenedizo’.

Es la academia respondiendo al llamado del cerro; es el sistema abriéndole la puerta al que intentaron dejar afuera. Más aún: el caso de Cliver Huamán posee algo que la mayoría de los contenidos virales ignoran: contexto social.

Aunque no siempre figure como un criterio aislado en las redacciones, el contexto es el valor central del periodismo moderno. Autores como Stella Martini han insistido en que la noticia es una construcción social, mientras que teóricos como Denis McQuail sostienen que un hecho adquiere peso real cuando ayuda a comprender procesos colectivos, no solo cuando entretiene.

Aquí hay mucho que entender: centralismo, acceso desigual y una periferia que se ve obligada a mirar el espectáculo desde afuera, desde la cima de un cerro.

Narcisismo digital vs. la pasión por el oficio

Pero el problema de fondo es otro. Vivimos en una cultura digital profundamente trivializada. En el Perú, con una penetración de internet que alcanza el 87 % en sectores urbanos, las redes sociales se han convertido en el ecosistema dominante.

Según el Digital News Report 2024, elaborado por el Instituto Reuters de la Universidad de Oxford, el 95 % de los usuarios peruanos consume noticias en formato video, pero bajo una dictadura del algoritmo que prioriza lo breve, lo visual y, sobre todo, lo superficial.

¿Qué es lo que domina hoy la pantalla? El narcisismo de quienes se miran a la cámara bajo una canción de moda sin articular una sola idea. Streamers histriónicos que degradan el oficio con estupideces para mendigar un canje; mamarrachos que confunden la exposición del cuerpo o el café del día con la generación de valor.

Es un contenido sin fondo, sin narrativa y sin humanidad; un estímulo rápido para un pulgar que ya no sabe detenerse a pensar.

Es necesario precisar que el entretenimiento es una dimensión válida y natural del consumo humano; el problema no es la distracción, sino la dieta. Al final, queda en la responsabilidad de cada quien la cantidad de este contenido histriónico y vacío que decide inyectarle a su cerebro. Sin embargo, lo que hoy enfrentamos es una saturación que asfixia lo relevante.

Esa es la cultura de la trivialización que denunciaba Mario Vargas Llosa: el triunfo de la forma sobre el fondo, del espectáculo sobre la idea. Y, sin embargo, esa nada es la que tiene pantalla. Eso es lo que se viraliza y se aplaude mientras el talento real, el que nace del esfuerzo y la carencia, tiene que escalar un cerro para ser escuchado.

Es la academia respondiendo al llamado del cerro; es el sistema abriéndole la puerta al que intentaron dejar afuera. Más aún: el caso de Cliver Huamán posee algo que la mayoría de los contenidos virales ignoran: contexto social.

Entonces, si hay espacio, likes y viralización para la banalidad, ¿por qué no recibe lo mismo un chico que demuestra talento real, convicción y pasión por lo que hace? La pregunta no es moral. Es profesional.

Y aquí conviene zanjar una distinción que muchos omiten: figuretería no es lo mismo que pasión. El figureti actúa con intención de exposición; busca el like, la mirada, la validación.

Cliver Huamán no subió al cerro para ser visto: subió porque ama narrar fútbol. La viralidad fue consecuencia, no objetivo. Eso se nota. Se siente. Y cualquiera que haya hecho algo por vocación —no por pose— lo reconoce de inmediato.

La ética de la visibilidad: ni mascota ni mercancía

Claro, el otro extremo también existe y hay que decirlo sin hipocresía: Cliver Huamán no debe convertirse en mascota mediática ni en mercancía emocional, pues puede haber quienes intenten utilizar al niño para convertir su talento en mercancía desechable.

La visibilidad sin ética es otra forma de abuso. Si se le abre un espacio, debe ser con responsabilidad: formación, acompañamiento y tiempo; no como un viral descartable ni como el trofeo de turno para las redes. El riesgo es real.

La historia está llena de talentos mal guiados que se despilfarran en el endiosamiento y terminan ‘pisando huevos’. Por eso, su caso no puede convertirse en explotación ni en circo. Ahí también reside la responsabilidad de los medios: en no ser los arquitectos de su caída.

Pero el silencio, la indiferencia o el desprecio no son prudencia editorial. Son comodidad. Y, en algunos casos, mala leche.

El periodismo no es un club privado para cuidar amistades ni un muro para proteger egos. Su única función es poner luz sobre lo que es importante para la ciudadanía, aunque eso signifique reconocer el éxito de alguien que no estaba en la lista de invitados de los dueños del micro. Cuando el medio calla o desmerece lo evidente solo porque el protagonista le cae mal, no está castigando al personaje: está estafando a su audiencia.

El caso Cliver Huamán no dice tanto de él, sino del periodismo que decide no mirarlo. Y ahí, más que un problema de redes, hay un problema de oficio. Cliver Huamán no es el problema.

No se trata de romantizar ni de endiosar. Se trata de reconocer. De entender que el talento existe, que la pasión precede al estudio, y que la academia —cuando llegue— puede pulir lo que ya está ahí. Negar eso no es rigor: es mezquindad.

El problema no es que Cliver haya tenido que subir un cerro. El problema es que el periodismo lleva años cómodo abajo.

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Favio Zerpa Novoa
Favio Zerpa Novoa
Comunicador egresado de la Universidad Privada Antenor Orrego, con experiencia en radio y televisión. Su periodismo es el resultado de la calle y la academia. Le aburre el lenguaje cuadrado y de pose. Su estilo es conocido por romper el discurso plano, mezclando análisis y crítica con elegancia, 'calle' y sin miedo a golpear con rigor. Sostiene que el periodismo debe ejercerse con independencia y libertad, cueste lo que cueste. Fuera del micrófono y los párrafos, es esposo y un amante empedernido del rock, el arte y el deporte, especialmente, del fútbol.