Hay un crimen que no deja huellas dactilares, pero priva a la población de una mejor calidad de vida.
Ocurre cada año, en silencio, con firma y sello. Sucede cuando un alcalde de una región minera que recibe millones de soles decide que su pueblo no necesita agua potable, sino otra plaza con luces led. Cuando un gobierno regional cambia de gestión y abandona el hospital a medio construir para empezar su propia losita deportiva.

Es un delito presupuestado y aplaudido en la inauguración. Y está por repetirse, a lo grande.
Hasta julio de este año, los gobiernos regionales del Perú han recibido más de 2.500 millones de soles por canon y regalías mineras. Los municipios, más de 9.000 millones. Es plata que cae del cielo cada vez que el cobre y el oro suben. Y seguirán subiendo: estamos entrando a un nuevo superciclo de precios de minerales.
El problema no es que no haya plata. El problema es que no llega a donde debe.

Luis Miguel Castilla Rubio, exministro de Economía y director ejecutivo de Videnza Instituto, lo dice claramente: «Hay un divorcio muy grande entre los recursos transferidos por canon y regalías y el cierre efectivo de brechas sociales».
El divorcio se ve en las cifras y en el barro. Mientras los municipios mineros nadan en canon, sus comunidades siguen tomando agua de cisterna, sin postas equipadas, con colegios donde el techo es de calamina.

¿A dónde se va el dinero del canon minero?
Castilla traza el mapa del despilfarro. Primero, la autonomía mal entendida. La ley permite que cada alcalde y gobernador decida dónde poner el dinero. Y deciden mal. O deciden con cálculo electoral.
Gran parte del presupuesto termina convertido en lo que Castilla llama “obras de bajo impacto”: estadios donde no juega nadie, plazas remodeladas por tercera vez, losas deportivas pintadas de colores chillones, monumentos al cemento. Obras que se inauguran con banda y se olvidan al mes.
Segundo, la atomización. En lugar de un gran proyecto que transforme una provincia —una planta de agua potable, una carretera que conecte al mercado— se prefieren 50 obritas de 200 mil soles cada una. Se gasta todo, no se cambia nada.
Tercero, y el más grave: el clientelismo por administración directa.

Bajo esta modalidad, los municipios no licitan. Ellos mismos se vuelven empresa constructora. Contratan directamente obreros, alquilan maquinaria, compran cemento. Sin concurso. Sin control.
“Diversos estudios muestran que este mecanismo favorece el empleo temporal con fines políticos, alimenta redes de clientelismo y eleva los riesgos de corrupción”, advierte Castilla. Es la caja chica perfecta para la próxima campaña. Mano de obra que dura tres meses y voto que dura cinco años.
El quinquenio que no podemos perder
Las autoridades que asuman en enero de 2027 heredarán una billetera más gorda que nunca. Si no se cambia la regla, heredarán también la misma tentación.
Castilla propone tres cortes radicales:
1. Revisar la Ley del Canon. Que el dinero no pueda usarse para cualquier cosa, sino que esté atado al cierre de brechas reales: agua y saneamiento, salud y nutrición infantil, educación de calidad, conectividad vial y digital, electrificación.
2. Prohibir que el canon financie burocracia. «Los ingresos volátiles deben financiar inversiones temporales y no gastos permanentes», recuerda. No más planillas eternas pagadas con oro que mañana puede caer.
3. Pensar en productivo, no solo en cemento. Carreteras y hospitales son necesarios, pero ya no bastan. El canon debería ir a proyectos que mejoren la competitividad regional: cadenas agrícolas, industriales y de servicios que generen empleo privado y no dependan del alcalde de turno.
Y sobre todo, planeamiento. Que cada nueva gestión no llegue a borrar lo que hizo la anterior. Que haya una estrategia regional de largo plazo que reduzca desigualdades y nos haga menos dependientes del precio de un mineral que no controlamos.
El próximo quinquenio, dice Castilla, es una oportunidad difícil de repetir. O convertimos los miles de millones del subsuelo en colegios, agua y empleo, o volvemos a enterrar la plata en cemento, como ya lo hicimos tantas veces.
El canon no falta. Falta vergüenza para usarlo bien.
Más noticias:
– Revisa la información aquí.



