Hablar de poesía escrita por mujeres en el Perú equivale a aludir a una de las transformaciones más fecundas, pero también más subalternizadas de nuestra literatura. Desde las voces fundacionales de Magda Portal, Blanca Varela y María Emilia Cornejo, pasando por Magdalena Chocano hasta las diversas poéticas que hoy recorren nuestro país, las mujeres han ido ampliando no solamente el territorio de la poesía peruana, sino también las maneras de mirar y representar distintas formas de la experiencia humana.
La poesía escrita por mujeres ha dejado de ocupar un espacio marginal o complementario para convertirse en una de las zonas más intensas y renovadoras de nuestra literatura. Y esto no ocurre simplemente porque hoy existen más mujeres escribiendo y publicando poesía, sino porque muchas de ellas han conseguido transformar aquello que durante mucho tiempo fue destinado a la esfera privada —el cuerpo, la intimidad, la maternidad, el amor, la memoria, el deseo, la soledad, el sexo— en materia universal de la poesía.
Jimena Santa María pertenece a una novísima generación que escribe desde esa libertad: no necesita pedirle permiso a la tradición para entrar en ella ni necesita renunciar a ella para construir un estilo propio.
Pero hay algo más interesante todavía: la poeta no necesita construir una retórica excesiva para alcanzar profundidad. Esa economía verbal es uno de los principales aciertos estilísticos del libro
Hay libros que pretenden explicarnos la existencia. Secretos para no morir nos invita a contemplarla. Y esa contemplación se presenta condensada a través de poemas breves, de versos despojados, de imágenes que parecen sencillas cuando se leen por primera vez, pero que empiezan a crecer dentro de nosotros después de cerrar el libro, a tal punto que luego nos urge abrirlo nuevamente para comprobar su belleza y profundidad connotativa. Usted dirá que claro, eso ocurre con la poesía, pero en los versos de Jimena acontece con mayor notoriedad. Por ejemplo, en uno de los poemas dice: “Mi verso no es mi verso / es un verso / atrapado en el aire / buscando por dónde / escapar de la muerte”.
Pero hay algo más interesante todavía: la poeta no necesita construir una retórica excesiva para alcanzar profundidad. Esa economía verbal es uno de los principales aciertos estilísticos del libro. Jimena Santa María nos alcanza reflexión, estética y ética en racimos de imágenes breves pero profundas. Una muestra: “Qué será de mi corazón / oscuro abismo / de besos / al que picotean / terribles aves blancas”. Otro ejemplo: “Miro el cielo / y conozco la inmensidad / desde mi pequeña estatura. / ‘Ya puedes ser grande’, / me dicen las estrellas.”
En este último poema el ser humano se enfrenta a la inmensidad del universo. Se alude a la pequeñez, pero también a la posibilidad de grandeza. La imagen es sencilla, casi transparente, pero el cuestionamiento es enorme: ¿cómo puede un ser pequeño sentirse grande frente a la inmensidad? El polvo al que se reduce el traje de simples mortales, es ahora polvo incandescente, interestelar. El origen y medida del universo.

Ese es uno de los procedimientos más eficaces del poemario: partir de una experiencia aparentemente mínima hacia una dimensión filosófica. Cuando Jimena escribe: “Soy la hoja / que se detiene en el bosque / para contemplar la grandeza / formada por muchas como ella”, no está hablando solamente de ese elemento vegetal; está hablando de nosotros, del individuo que se descubre parte de algo mucho más grande.
Y esa relación entre el individuo y el universo constituye uno de los grandes ejes del libro. La poeta parece preguntarse constantemente: ¿qué lugar ocupa el ser humano dentro de la inmensidad? Y la respuesta nunca es definitiva. Por ejemplo: “Hay un universo infinito / donde todo cabe / y no hay espacio para mí”. Y unas líneas después pregunta: “¿Dónde cabe el hombre aquí?”.
Esta pregunta puede responderse desde alguna categoría dura de la filosofía, pero Jimena la busca desde el corazón mismo de la poesía. Y ahí reside una de las mayores fortalezas del libro: conseguir que una pregunta filosófica conserve su misterio cuando se transforma, gracias al lenguaje, en imagen.
El tratamiento de Dios también resulta particularmente interesante. La poeta no se acerca a lo divino desde una respuesta religiosa cerrada, sino desde la interrogación, la paradoja y el asombro. Uno de los versos más provocadores del libro dice: “Dios nos creó / con la divina / misión / de crearlo a Él”. Es una inversión extraordinaria: si Dios crea al hombre, ¿puede también el hombre crear a Dios? La pregunta nos devuelve al problema de la fe, pero también dirige la mirada a la ética de la imaginación.
Hay en esta poesía una recuperación del asombro. Y es que Jimena sabe mirar. Y quizá la poesía consista, antes que nada, en eso: en aprender a mirar aquello que alguna vez nos fue revelado, pero que perdimos la oportunidad de contemplar
¿Cuánto de lo que llamamos Dios nace de nuestra necesidad de encontrarle sentido a algo? En otro texto, la poeta escribe: “Un sonido que podría llegar / a todos los oídos del mundo / un sonido que nos haría vivir / en el más completo silencio. / Eso debe ser Dios.”
Es una imagen que aborda la orfandad de lo divino, pero que trae consigo uno de los procedimientos fundamentales de Jimena: la contradicción. Un sonido que conduce al silencio. Una presencia que tiene tintes de ausencia. La vida que se incuba dentro de la muerte. La luz que necesita la sombra para revelarse. El poemario está construido sobre estas tensiones, las cuales toman distancia del puro artefacto literario, pues constituyen la estructura misma de la existencia.
Otro de los grandes aciertos temáticos del libro es la memoria familiar, la cual no se aborda solamente desde la nostalgia. Los abuelos se convierten en una puerta hacia el origen, hacia la muerte, hacia la continuidad de la vida. Recordemos que el libro está dedicado a la memoria de sus abuelos: “porque cuando quiero ser poeta, pienso en mis abuelos”. Entonces la memoria se transforma en herencia, en espíritu. Por eso resultan conmovedores los siguientes versos: “Pisé el agua / que es la gran lágrima / de mis antepasados / y me curé la sombra / y me curé los miedos”.
Luego aparece una de las voces más misteriosas del libro: “‘Os curo’, dijo lo Oscuro.” Aquí la oscuridad se despoja de su connotación negativa para convertirse en aquello que nos sana. Otra hermosa contradicción. Y es que, a lo largo de Secretos para no morir, Jimena Santa María parece decirnos que no podemos disfrutar de la luz si no aceptamos la existencia de la sombra.

La poeta lo expresa de una manera particularmente lúcida: “Yo no sé por qué / le temen / a la sombra. / Ella es señal / de que hay luz”. Este es, a mi juicio, uno de los versos que mejor sintetizan la filosofía poética del libro. La sombra no es necesariamente enemiga de la luz. Puede ser su evidencia. Otro ejemplo de ese posible antagonismo, aun cuando se trate de un verdadero complemento, es el siguiente: “Vamos a entregarnos / a las rosas / hasta ser / espinas”.
De la misma manera, la muerte no aparece solamente como negación de la vida. En muchos momentos del poemario, la muerte funciona como aquello que nos obliga a reconocer el valor de estar vivos. Y quizá por eso encontramos uno de los versos más contundentes del libro: “Lo más fugaz de la muerte / es la vida.” Estamos acostumbrados a pensar que la vida es larga y la muerte breve. Jimena Santa María altera esa percepción: lo verdaderamente fugaz, frente a la eternidad del misterio, es precisamente nuestra vida. Y si la vida es fugaz, entonces hay que mirarla, hay que tocarla, hay que respirarla, hay que vivirla, aun cuando sepamos que “Después de llorar la muerte / ninguna lágrima / ha vuelto a la vida”.
Por eso este poemario, aunque aparentemente obsesionado con la muerte, es en realidad un libro muy arraigado con la vida: “Porque prefiero / vivir de cualquier cosa / y morir solo de una: de risa”. El libro no se instala siempre en la solemnidad. Y eso es importante. Porque hablar de la muerte en muchos poemas podría convertirse fácilmente en un ejercicio sombrío. Sin embargo, Jimena Santa María introduce constantemente pequeñas grietas de luz, ternura, humor, ironía y asombro. Incluso frente a la muerte puede aparecer una sonrisa. Y esa sonrisa hace que el libro respire.
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Hay en esta poesía una recuperación del asombro. Y es que Jimena sabe mirar. Y quizá la poesía consista, antes que nada, en eso: en aprender a mirar aquello que alguna vez nos fue revelado, pero que perdimos la oportunidad de contemplar. Parafraseando a la poeta: El verso sale de los ojos cuando se mira. La poesía nos obliga a detenernos para preguntarnos qué significa estar aquí. Y en una época en la que se nos exige velocidad, productividad y respuestas inmediatas, un libro como este nos propone algo aparentemente sencillo y, sin embargo, profundamente necesario: detenernos para respirar.
En las últimas páginas del poemario, esa búsqueda alcanza una dimensión todavía más íntima. La poeta escribe: “Tras los secretos revelados, / nos queda el indescifrable, el final: / para morir es necesario aceptar / que morir es el camino / por el que se llega a uno mismo”.

Aquí parece cerrarse el círculo. A raíz del título del libro empezamos preguntándonos cómo no morir y terminamos comprendiendo que la muerte forma parte de la vida. Entonces, esta no es una publicación solamente sobre la muerte; es sobre el amor que intenta vencer a la muerte, sobre la memoria, sobre los vínculos que permanecen, sobre aquello que, aunque desaparezca físicamente, continúa existiendo en la memoria.
Por eso, Secretos para no morir, de Jimena Santa María, debe ser leído no como un libro que pretende entregarnos respuestas, sino como un ente que nos devuelve preguntas ocultas y olvidadas. Porque algunos libros se leen una vez y se olvidan. Otros nos acompañan durante momentos importantes de nuestra existencia. Y Secretos para no morir es uno de ellos. Bien por su autora, bien por la poesía. Muchas gracias.
Una presentación de César Olivares Acate.


