¿Qué pasaría si Trujillo se planificara con la misma visión con la que se ha construido la Universidad Privada Antenor Orrego?
Es una comparación odiosamente necesaria.
La UPAO tiene apenas 38 años. Trujillo, en cambio, carga con siglos de historia. Una es una institución relativamente joven; la otra, una ciudad que ha sobrevivido a terremotos, fenómenos naturales, crisis políticas, transformaciones económicas y sucesivas generaciones.
Y, sin embargo, hay algo que las puede poner frente a frente: la capacidad de imaginar el futuro.
La UPAO no apareció por casualidad. Como ocurre con toda institución que logra trascender, fue consecuencia de una necesidad, de una época y, sobre todo, de un grupo de personas que decidió apostar por una idea que todavía no existía.
Ese es quizá el primer aprendizaje.
Las grandes obras no empiezan cuando se coloca la primera piedra. Empiezan mucho antes, cuando alguien consigue convencer a otros de que un futuro diferente es posible.
“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”
Gabriel García Márquez
Y una institución también se construye con memoria: con las historias de quienes la imaginaron, de quienes la hicieron posible y de quienes, generación tras generación, fueron convirtiendo aquel sueño en una realidad.
Treinta y ocho años después, esa visión se expresa en una institución que ha sabido crecer y planificarse. Un teatro que honra la memoria de uno de sus fundadores, una moderna biblioteca central, auditorios, laboratorios, clínicas, jardines, la Plaza Orrego y espacios de encuentro forman parte de una arquitectura que no parece concebida como una suma de edificios aislados, sino como un conjunto.

Casi como una pequeña ciudad.
Y aquí aparece en mi memoria Antenor Orrego.
No solamente porque su nombre identifica a la universidad, sino porque su pensamiento ofrece una clave para mirar también a Trujillo.
“La cultura hay que vivirla en principio y vivirla en acción.”
Antenor Orrego
La frase parece escrita para nuestro tiempo.
Porque la cultura no puede quedarse en los libros, museos, monumentos o discursos. Tiene que convertirse en acción. Tiene que expresarse en la manera en que una ciudad protege su patrimonio, educa a sus ciudadanos, diseña sus espacios públicos, conserva su memoria y decide su futuro.
Pero hay otra idea de Orrego que resulta todavía más provocadora.
En Pueblo-Continente, imaginó a América Latina como una comunidad histórica capaz de superar sus fragmentaciones y encontrar una conciencia común. No se trataba simplemente de unir territorios, sino de reconocer que detrás de las fronteras existía una historia compartida y, sobre todo, la posibilidad de construir un destino común.
Un pueblo no es solamente la gente que vive en un territorio.
Es la capacidad de reconocerse como parte de algo mayor.
Y quizá allí esté una de las grandes tareas pendientes de Trujillo.
Volver a reconocerse.
Reconocerse en su historia, en su patrimonio, en sus barrios, en sus universidades, en sus artistas, en sus empresarios, en sus trabajadores, en sus jóvenes y en todos aquellos que, de una u otra manera, construyen la ciudad todos los días.

Quizá Trujillo necesite hoy precisamente eso. Volver a imaginarse.
No solamente administrar lo que tiene, sino decidir qué quiere ser.
Y aquí la UPAO vuelve a convertirse en un espejo.
¿Qué pasaría si nuestra ciudad tuviera una planificación de largo plazo?
Si los parques y plazas fueran diseñados pensando primero en las personas.
Si el patrimonio histórico conviviera con la arquitectura contemporánea.
Si nuestras calles fueran espacios de encuentro y no solamente vías de tránsito.
Si cada nuevo proyecto estuviera integrado a una visión de ciudad.
Si universidades, empresarios, colegios, instituciones públicas, organizaciones culturales y ciudadanos pudieran sentarse alrededor de una misma mesa para responder una pregunta sencilla, pero decisiva: ¿Qué ciudad queremos dejarles a nuestros hijos?

La respuesta no debería limitarse a cuántos kilómetros de pistas construiremos, cuántos edificios levantaremos o cuántas obras inauguraremos.
Una ciudad también se construye con identidad.
Con memoria, educación, cultura, planificación y afecto.
Eso también está en el pensamiento de Orrego. La necesidad de superar la fragmentación para construir una conciencia más amplia, una comunidad capaz de reconocerse en un proyecto común.
A escala latinoamericana, él habló de un Pueblo-Continente. A escala de nuestra ciudad, podríamos preguntarnos si Trujillo puede convertirse en algo parecido. Un pueblo capaz de reconocerse como una sola comunidad, aun con sus diferencias; capaz de convertir su diversidad en una fuerza y su historia en una plataforma para el futuro.
Una ciudad que conserve su memoria, que planifique su futuro y que sea capaz de reconocerse como una comunidad con un destino común.
Un pueblo continente llamado Trujillo.
Una opinión de Roger Montealegre Barrientos.


