En una casa de Ica, una madre guarda en una caja de cartón las fotos de cuando su hijo era niño, antes de que se fuera a una guerra que escuchaba en las noticias.
Jean Cristopher Espino Ramírez, pisqueño de 26 años y exmilitar del Ejército del Perú, partió en 2022 a Ucrania tras un contrato de trabajo que prometía salarios en dólares.
“Él dijo que solo estaría un año, que iba por un trabajo peligroso pero bien pagado… lo que no nos dijo fue que se quedaría allá para siempre”, confiesa su madre a un medio local.

La historia que se repite
Un año y miles de kilómetros más al este, la historia se repite en Tarapoto. José Luis Ávila Tuanama, de 29 años, también pasó por el Ejército del Perú y recibió entrenamiento de combate.
En 2024, se enroló como voluntario en el Ejército ucraniano, con la idea de cumplir un contrato y regresar antes de que terminara su servicio. Pero una emboscada rusa lo mató apenas días antes de que su contrato culminara.
“Él hablaba de que iba a ganar dinero y reconocimiento, que iba a ser un soldado internacional; nosotros no entendíamos que se iba a convertir en un muerto más en una guerra que no era la suya”, dice su hermana en declaraciones a un diario regional.

Dinero prometido, cuerpos ausentes
Ambos casos comparten un dolor que se ha vuelto moneda corriente entre familias de peruanos que se van a Ucrania: la promesa de dinero y la ausencia de un cuerpo para sepultar.
“El problema es que muchos jóvenes ven al frente como un empleo mejor pagado que un trabajo en el país, pero no miden el riesgo real; el resultado es que terminan en tumbas extranjeras”, afirma Carlos Tapia, analista de seguridad y coordinador del Observatorio de Seguridad Regional, en entrevista publicada por La República.
Expertos en derechos humanos señalan que el fenómeno tiene un componente social profundo: “Estos son jóvenes preparados, formados en el Ejército del Perú, que salen a la guerra porque aquí no hay empleo ni futuro digno para ellos”, explica Luisa Requena, investigadora del Centro de Estudios de Derechos Humanos en Lima.
Repatriación lenta y compleja
En el plano político, el excanciller Elmer Schialer ha señalado que el Perú coordina con las autoridades ucranianas para la repatriación de los cuerpos , pero admite que el proceso es lento y complejo.
“El Estado peruano cumple con sus obligaciones consulares, pero el resto depende de la cooperación de Ucrania y de los costos de traslado, que muchas veces son elevados”, declaró en entrevista a RPP.

Vacíos legales y carga económica
Un abogado de derechos humanos explica que la ley peruana no obliga al Estado a pagar de forma automática la repatriación de cuerpos de ciudadanos fallecidos en el extranjero.
Luis Alvarado, defensor de derechos humanos e integrante de la Asociación Pro Derechos Humanos (Aprodeh), señala que “el Estado puede apoyar, pero la carga económica suele caer sobre las familias, que muchas veces viven en provincias y no tienen recursos para cubrir los costos de traslado, que pueden superar los 10 000 dólares”.
En el caso de Espino Ramírez, la familia asegura que ha intentado recolectar donaciones para poder costear el traslado, pero sin resultados claros.
En el Congreso, el tema de los peruanos mercenarios en Ucrania suele aparecer solo cuando se confirma un nuevo fallecido.
Oscar Mendoza, congresista de la Comisión de Defensa, advierte que “el Perú está formando soldados y luego los está perdiendo en guerras de otros países porque no hay políticas que generen empleo digno para quienes tienen formación militar”.
“Si el Ejército del Perú prepara a un joven, pero luego el país no le ofrece un horizonte laboral ni social, no es sorpresa que se vaya a pelear en Ucrania por un salario que aquí no le dan”, agrega.
El duelo sin cierre
Las familias de Espino y Ávila repiten que lo que esperaban era un regreso decoroso, no un informe consular que les confirme que su hijo se quedó en el extranjero como mercenario.
La madre de Jean Cristopher Espino asegura que cada vez que ve un noticiero sobre Ucrania, recuerda que su hijo no es solo un número más.
«Mi hijo se fue peruano, se formó en el Ejército del Perú, pero murió en una guerra que no era la suya y se quedó allá porque nadie lo trajo de vuelta”, dice en una entrevista publicada por La República.
En Tarapoto, la hermana de José Ávila Tuanama dice que la familia construyó un altar sencillo en su casa, con la bandera peruana que recibió en su servicio militar.
“La bandera llegó, pero el cuerpo no; eso duele más que cualquier noticia”, comenta en un reportaje de un diario regional.


