A cinco minutos del final, cuando el marcador ya era un veredicto, pero no definitivo, la pelota le llegó al piurano Adrián Quiroz.
Fue un pase rasante hacia el área. El volante de 26 años, en su estreno con la blanquirroja, se perfiló para su pie izquierdo como quien prepara un beso. Y entonces soltó el golpe. La pelota tomó comba, ese efecto que los futbolistas saben que es caprichoso: se acerca a su destino con una parábola que parece desafiar la gravedad. Todos calculan la trayectoria y ven que va directo al ángulo.
El Perú, en ese instante, fue una sola respiración contenida.
Pero el fútbol, a veces, es cruel con los guiones perfectos. El arquero de Senegal se estiró tanto que rasgó el balón. Lo desvió al córner. El golazo que pudo ser el bautismo de fuego de una nueva era se quedó en un suspiro.
Pero aquí viene lo interesante o la trampa.
Porque ese remate de Quiroz —y los dos destellos de Joao Grimaldo que lo precedieron, y esos minutos finales cuando Perú pareció, por fin, un equipo que sabía lo que quería— amenaza con convertirse en el único recuerdo de un partido que, durante ochenta minutos, fue todo lo contrario.
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La sicología cognitiva lo explica con una fórmula que debería ser obligatoria en cada análisis pospartido. Se llama Ley del Pico-Final, la postularon el israelí-estadounidense Daniel Kahneman y el canadiense Donald Redelmeier.
Su hallazgo es simple y perturbador: las personas no evaluamos una experiencia por la suma de lo que ocurrió, sino por dos momentos puntuales: el de mayor intensidad y, sobre todo, cómo terminó.

En los noventa minutos de un partido de fútbol, la idea de Kahneman y Redelmeier se traduce en una distorsión monstruosa.
Perú jugó mal. No hay forma de decorarlo. Fue pobre en la tenencia de la pelota, frágil en la salida, desconectado entre líneas. Senegal, esa selección que pertenece a la élite mundial, manejó el partido con la indolencia del que sabe que no necesita esforzarse al máximo.
El 2-0 pudo ser más abultado si hubieran querido. La sensación durante casi todo el encuentro fue que Perú es un equipo que todavía no nace.
La duración, ese detalle que para el ‘yo que experimenta’ es la materia prima del sufrimiento o el placer, era sistemáticamente ignorada por el ‘yo que recuerda’.
Pero, entonces, llegó el tramo final.
Grimaldo forma una pared con Pretell, pisa el área, amaga a dos marcadores y su remate besa el poste. Luego con un disparo choca en un defensa y casi va a las redes. Y, finalmente, apareció Quiroz con esa zurda que dibujó una comba perfecta.
Goles que no fueron y una historia que empieza a escribirse retorcida.
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Y ahí está el riesgo. Porque el ‘yo que recuerda’ —ese narrador interno que archiva las experiencias y toma las decisiones futuras— ya está etiquetando ese partido como ‘prometedor’. «Terminó bien”, dirá. “Hubo chispazos”, “los jóvenes respondieron”, “con un poco más de puntería, la historia era otra”.
Kahneman descubrió que los pacientes preferían prolongar un procedimiento médico doloroso, si eso significaba que el final sería menos intenso. Preferían más dolor con un alivio final que menos dolor total, pero con un cierre agudo.
La duración, ese detalle que para el ‘yo que experimenta’ es la materia prima del sufrimiento o el placer, era sistemáticamente ignorada por el ‘yo que recuerda’.

En el fútbol, esto se llama “irse con buena sensación”. Y es una de las trampas más peligrosas que existen.
Porque esos ochenta minutos —y más— de desconexión no desaparecen porque el arquero de Senegal haya estirado la mano a tiempo o los disparos de Grimaldos se fueron diciéndole algo al arco.
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La fragilidad en la salida, la incapacidad para sostener la pelota bajo presión, los espacios entre líneas que parecían océanos: eso fue real, eso duró casi todo el partido, y eso es lo que Mano Menezes tiene que corregir y evitar.
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El técnico brasileño, en su estreno, recibió un mensaje contradictorio. Por un lado, la evidencia cruda: este equipo todavía no tiene identidad, todavía no sabe a qué juega, todavía necesita encontrar una estructura que le dé seguridad.
Por otro lado, la emoción del final: tres jugadas que ilusionan, dos jóvenes que desequilibran, un remate de zurda que casi se convierte en el símbolo de un renacer.
El riesgo, para Menezes y para todos nosotros, es confundir el final con el todo.

Porque la Ley del Pico-Final es el planteamiento que nos ayuda entender porque un hincha peruano diga “lo vi bien” cuando se jugó mal.
Es el sesgo que lleva a un periodista a titular “destellos de ilusión” cuando el partido fue, en su abrumadora mayoría, un despliegue de limitaciones. Es la trampa narrativa que puede hacer que un proceso de reconstrucción empiece con un diagnóstico edulcorado, con el foco puesto en el espejismo y no en la estructura.


