Me llamo A36.
No es un nombre humano. Es un código frío, técnico, estampado en acero común. No el acero que debió sostener este techo. Yo no debía estar aquí.
Me colocaron hace años, cuando la infraestructura aún olía a nuevo. Recuerdo las manos que me ajustaron, el sonido seco del metal encontrando su sitio, la pausa mínima antes del giro final. Alguien dudó. Lo sentí. Miró los planos, me miró a mí, volvió a mirar arriba.
—¿Es suficiente? —preguntó una voz. El silencio respondió por él.
Yo quise decir que no. Que había otros más fuertes, diseñados para soportar lo que yo apenas podía tolerar. Que el peso no perdona errores. Pero los pernos no hablan. Los pernos obedecen. Y así comenzó todo: con una duda tragada y una decisión apresurada.
Desde entonces sostuve lo que no me correspondía.
Pasaron los años. Sobre mí crecieron capas de rutina. Gente entrando y saliendo, risas, pasos, platos chocando, niños corriendo. Nadie mira hacia arriba cuando todo parece firme. Nadie piensa en el acero cuando el día transcurre sin sobresaltos.
Alguien gritaba un nombre. Alguien buscaba a su madre. Desde algún punto oscuro, una voz pequeña decía que estaba atrapada, que no era un ataque, que seguía viva. El mensaje viajó más rápido que la ayuda.
El agua fue llegando poco a poco. No de golpe, sino como llegan las cosas que dañan: lentamente. Se acumulaba donde no debía, se filtraba donde nadie revisaba. El óxido apareció como una sombra discreta. Primero pequeño, luego insistente. Algunos lo vieron. Lo comentaron. Prometieron avisar.
Nada pasó.
Hubo un momento —breve, incómodo— en que alguien decidió cerrar. Se habló de peligro, de grietas, de riesgo. Por primera vez sentí alivio. Pensé que vendrían a revisar, a reemplazar, a corregir. Pensé que alguien, al fin, escuchaba.
Pero la pausa fue corta. Demasiado corta. Las puertas volvieron a abrirse y la vida regresó como si nada. La gente confía rápido cuando necesita confiar. Es más fácil creer que todo está bien que aceptar que no lo está.
Y yo seguí ahí. Cada día un poco menos capaz.
La noche llegó sin anunciarse. Como llegan casi todas.

Desde temprano sentí el peso distinto. No más grande de golpe, sino más denso. El agua no tenía por dónde ir. Se quedaba arriba, acumulándose, sumándose. Yo resistía como podía, estirando lo que me quedaba.
Escucharon ruidos. Crujidos. Quejas metálicas. Avisaron. Nadie cerró. Nadie evacuó. Abrieron igual.
A esa hora entraron familias. Una pareja joven con una niña pequeña que reía por cualquier cosa. Un hombre cansado que buscaba sentarse después del trabajo. Una muchacha que pensaba cenar rápido antes de irse a casa. Un niño que esperaba un postre prometido.
Se sentaron debajo de mí.
Yo sentí cómo el límite se acercaba. No fue súbito. Fue exacto. El instante en que el cuerpo entiende que ya no puede más. Quise sostener un segundo adicional. Solo uno. Para que alguien se levantara. Para que alguien mirara arriba.
No ocurrió. Cedí.
El sonido no fue limpio. Fue un rugido desordenado de metal rompiéndose, concreto cayendo, gritos cortados. Vi miradas alzarse en el último instante. Vi manos intentar cubrir, abrazar, proteger. El peso no distingue intenciones.
Después vino el polvo. Y luego un silencio espeso, interrumpido por gemidos y llamadas sin respuesta.
Alguien gritaba un nombre. Alguien buscaba a su madre. Desde algún punto oscuro, una voz pequeña decía que estaba atrapada, que no era un ataque, que seguía viva. El mensaje viajó más rápido que la ayuda.
Los primeros en llegar no llevaban uniformes. Dejaron lo que hacían y corrieron. Luego llegaron otros, con linternas, con órdenes, con prisa. Buscaron, cavaron, levantaron restos calientes aún.
Yo quedé entre los restos, doblado, oxidado, manchado. No por maldad. Por estar donde no debía. Por sostener lo que no podía.
Pero alrededor, no todo se detuvo. A pocos metros, la música seguía. Las luces no se apagaron. El ruido era más fuerte que el llamado de los que aún esperaban bajo los escombros.
Aprendimos hace tiempo a separar tragedias. A convivir con ellas mientras no nos alcancen.
Los días siguientes trajeron flores, velas, palabras grandes. Promesas de revisión. De justicia. De que esto no volvería a pasar. Se habló mucho. Se firmaron papeles. Algunos recibieron ayuda. Otros recibieron silencio.
Con el tiempo, el altar se fue marchitando. La indignación también. La vida es insistente: empuja, ocupa, tapa.
Las puertas volvieron a abrirse en otros lugares. La gente regresó a sentarse bajo otros techos. Techos parecidos. Sostenidos por piezas que nadie mira.
Yo quedé entre los restos, doblado, oxidado, manchado. No por maldad. Por estar donde no debía. Por sostener lo que no podía.
No escribo para acusar. No puedo. Soy solo un perno. Pero observo.
Y me pregunto cuántos como yo siguen arriba ahora mismo. Cuántas dudas se están tragando.
Cuántas señales se están normalizando.
Porque el problema no es que yo fallara.
El problema es que todos sabían que podía fallar. Y aun así, se sentaron debajo.
Rogger Germán Pineda Vite nació en Piura en 1975 y desde muy joven reveló una temprana vocación literaria, pasión que consolidó durante su ejercicio como docente.
Ingeniero Agrónomo, ha recorrido diversos lugares del país, especialmente zonas rurales de la región Piura, experiencias que nutren su narrativa costumbrista y de ficción.
En 2025 inició su trayectoria como autor publicado en Amazon con los cuentos Salvados por ángeles, incluido en Cuentos del Alma, y Amor a distancia, publicado en la antología Amor y deseo, textos seleccionados entre cientos de escritores de Latinoamérica.
Además, ha cultivado la poesía, consolidándose como un autor novel dentro del ámbito literario latinoamericano.
A36: confesiones de un testigo silencioso fue seleccionado en el concurso Vivir ya es Especial como ganador por su apuesta narrativa: contar la historia desde la perspectiva de un objeto inanimado, ese «responsable involuntario».


