Todos debemos tener claro que el derecho a la libertad de opinión y expresión es un derecho humano fundamental que permite a toda persona buscar, recibir y difundir ideas e información sin interferencias, consagrado en el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Este derecho es esencial para una sociedad democrática, pues garantiza el pluralismo y la participación ciudadana, permitiendo el debate público e influyendo en la toma de decisiones.

Libertad de expresión: por qué es necesario respetarla
Este derecho fundamental, inherente a nuestra naturaleza humana tiene, en teoría, un mínimo de cuatro componentes: libertad de opinión, libertad de expresión, derecho a recibir una información veraz, no sesgada ni manipulada, y ausencia de censura previa.
Por supuesto, como todo derecho tiene límites o restricciones, evitando su desproporcionalidad, promoviendo el respeto a la libertad de expresarse, pero, no necesariamente, a la opinión en sí misma, la cual, puede ser rebatida frontalmente mediante el intercambio de ideas, discusión pública, debate de planteamientos teóricos, de pensamiento e ideologías.

Estas discusiones pueden adquirir tonalidades de todo tipo, convirtiendo un debate en acalorada discusión, pero, siempre con el respeto y tolerancia frente a un pensamiento diferente al nuestro, comprendiendo la diversidad de perspectivas y formas de ver y analizar el mundo que nos rodea y sus innumerables problemas.
Sin embargo, lo desarrollado en los párrafos anteriores, que a simple vista de cualquier lector parece algo natural, usual y común en cualquier sociedad de cualquier país influenciado por la cultura occidental, en pleno siglo XXI, es ya una quimera, un fantasma del pasado, un absurdo, algo que debe eliminarse y vetar para aquellos que luchan o libran la batalla cultural contra el pensamiento único impuesto por la agenda del socialismo posmoderno.
Intolerancia socialista
Aquellos que alzan su voz en defensa de la tolerancia, la diversidad, la libertad de pensamiento y aceptación general; del pacifismo y hermandan, derraman su brutalidad e intolerancia contra aquellos que no piensan igual.
Su fanatismo y adoctrinamiento, su falta de conocimiento general, cultura e inteligencia mínima, han convertido nuestra época en un huracán de intolerancia violenta y cruda, sin medias tintas, dudas o aspavientos, llegando inclusive a matar sólo por exponer un pensamiento distinto; inclusive, justificar dicha muerte como consecuencia de expresar libremente el pensamiento diferente.
Aquellos que alzan su voz en defensa de la tolerancia, la diversidad, la libertad de pensamiento y aceptación general; del pacifismo y hermandan, derraman su brutalidad e intolerancia contra aquellos que no piensan igual.
Tenemos los casos mas sonados como el de Miguel Uribe en Colombia o Charlie Kirk en Estados Unidos, asesinados de manera cobarde y vil, cuyo única falta fue hacer uso de su derecho de expresión y difundir sus pensamiento a quien los quiera escuchar.


La intolerancia del siglo XXI nos está guiando a un túnel sin salida, exacerbando las diferencias culturales y de pensamiento, adoctrinando y alimentando un fanatismo desmedido e incontrolable.
Esto surge por algo muy sencillo, irónicamente la izquierda mundial y nacional se irroga el derecho exclusivo de la moralidad e intelectualidad; por lo que, aquellos que piensan como ellos, serán bienvenidos en el paraíso, aquellos que manifestamos corrientes contrarias, somos fascistas, cavernícolas y extremistas, y merecemos todo el oprobio posible. Por ejemplo, ser provida hoy es el resultado de una cultura supremacista blanca heteropatriarcal, un machista sin perdón de Dios.
La libertad de expresión y pensamiento solo es para aquellos izquierdistas de café, tenis y whisky que piensan que solo ellos conocen los problemas reales de un Perú profundo y olvidado, para los demás, la cancelación o desaparición orwelliana.
Irónicamente, hoy ser de derecha es ser reaccionario, subversivo, políticamente incorrecto y antiestablishment. Si, ser derecha es todo esto; pero, sobre todo, es creer, por sobre todas las cosas, en la libertad.
Abogado Constitucionalista



