Los humedales de Huanchaco están heridos. Las pozas que antes rebosaban de vida, hoy son cubiertas por aguas sucias y estancadas. El líquido que alimentaba la totora ahora la enferma. En lugar de ese olor a vegetal marino que anunciaba la cosecha, flota en el aire el repulsivo hedor de la desolación.
El paisaje ha cambiado. Antes crecían los tallos que dan vida a los caballitos de totora, ahora se extiende un terreno en peligro por los desagües que llegaron como consecuencia de años de advertencia ignorada.
En lo que val del 2025, cuatro desbordes de aguas servidas, líquido altamente contaminante, se han vertido contra este frágil ecosistema. Es un gravísimo atentado medioambiental, que solo pocos le han dado la importancia que merece.
Las balsas o caballitos de totora no son simples embarcaciones. Son una herencia milenaria. Son el símbolo de Huanchaco y del norte del Perú.
El paisaje ha cambiado. Antes crecían los tallos que dan vida a los caballitos de totora, ahora se extiende un terreno en peligro por las aguas servidas que llegaron como consecuencia de años de advertencia ignorada.
Su origen se remonta hace más de 3500 años en las antiguas culturas mochica y chimú, donde se les llamaba ‘tup’ y servían para la pesca en mar abierto gracias a su diseño aerodinámico y ligero.
Estas balsas elaboradas con cuatro manojos fuertemente atados, se caracterizan por sus cuatro metros de largo y hasta un metro de ancho, con un peso de 50 kg.
Poseen una forma curva con una proa elevada y puntiaguda que permite a los navegantes cortar las olas con facilidad, mientras que la parte trasera cuenta con un pequeño espacio, conocido como caja, donde se guardan las redes y la pesca.
Su nombre ‘caballito’ se lo ganó en la época colonial, cuando los españoles vieron a los antiguos pescadores montarse a horcajadas, como si estuvieran cabalgando sobre el mar.
Así nacen los caballitos
El proceso de cultivo de la totora es en los llamados wachaques, los cuales son humedales costeros donde crece la planta que da vida a los caballitos. Su ubicación está a unos 2.5 km de la playa de Huanchaco.
Allí, desde tiempos milenarios, los pobladores han excavado pozas hasta alcanzar el nivel de agua idóneo. El tallo de la planta crece sumergida en la filtración subterránea, la cual es una mezcla de líquido salino proveniente del mar y agua dulce, que crea un ecosistema costero ideal para la producción de esta materia prima.

Cuando la cosecha ha alcanzado su madurez, se ciega, y se la pone a secar entre 15 a 20 días para después seleccionarla y empezar a confeccionar dos manojos largos, conocidos como ‘madre’ y dos manojos pequeños, ‘hijos’, que mediante la técnica de amarre se unen y forman la legendaria balsa.
Su fabricación y práctica pesquera se transmite de padres a hijos para fortalecer el vínculo que el hombre huanchaquero ha forjado con el mar.
Los caballitos viven en el balneario no solo por su atractivo, sino por respeto a una tradición milenaria que ha resistido el tiempo, y ahora, lucha contra un enemigo que tiene muchos aliados: la contaminación.
Problemática: ¿qué está pasando realmente?
La advertencia de la posible desaparición de este símbolo no es una distopía, sino una realidad evidente.
Desde enero del 2025, los humedales han sufrido al menos cuatro desbordes de aguas residuales provenientes de las pozas de oxidación administradas por Sedalib y ubicadas en la zona conocida como el Tablazo. La última emergencia ocurrió el 19 de julio:
Respecto al último derrame en las lagunas de oxidación, el alcalde de Trujillo, Mario Reyna, señaló, el lunes 21 de julio, que había conversado con la representante del Ministerio de Vivienda y ella le comunicó que estaban monitoreando las lagunas y que no había motivo para rebalses.
«La encargada de esas lagunas es Sedalib. (Ministerio de) Vivienda estaba haciendo un monitoreo y nos señalaron que había espacio o capacidad para seguir almacenando las aguas negras. ¿Habrá que averiguar bien por qué ocurrió este nuevo desborde?», se preguntó la autoridad.
Esta situación ha contaminado más de 80 pozas de totora y afectado directamente a más de 70 pescadores y sus familias.
“Lo que pasó no fue una rotura, fue un colapso. Ya estaba al límite. Rebasó solo”, declaró Jesús León Aibar Terrones, un agente de Seguridad Ciudadana de la Municipalidad de Huanchaco, quien patrulla regularmente por la zona.
Sin embargo, el problema no es nuevo. La advertencia del colapso de las aguas residuales venía de años atrás.
Según el presidente de la Casa de Cultura y Turismo de Huanchaco, Percy Valladares, en una entrevista al medio informativo SolTV, el vertido de aguas viene ocurriendo desde hace más de una década, pero este 2025 alcanzó un nivel crítico.
En enero, sin lluvias que lo justifiquen, se desbordaron 47 pozas de totora e, incluso, un pescador cayó gravemente enfermo tras entrar en contacto con el agua contaminada.
Los pescadores, quienes conocen cada metro del humedal, aseguran que el daño es evidente: la totora está enferma, las hojas crecen más delgadas, de color débil y, en muchas zonas, ya no brotan más.
Lo más grave es que solo quedan 30 pozas activas, y la totora, al tardar casi un año en madurar, no podrá recogerse ni para lo que resta del 2025 ni probablemente para el siguiente.
“Ya no tenemos para cosechar. Las pozas que teníamos listas están contaminadas. Y eso no es solo perder totora, es perder trabajo, cultura, turismo”, lamenta Luis Arroyo Bordío, uno de los pescadores afectados.
Pozas de oxidación:la madre de las desgracias
La causa del desastre se concentra en un punto: el colapso de las lagunas de oxidación de Sedalib, que ya no logran almacenar ni tratar el volumen de aguas residuales de una ciudad que ha crecido sin planificación.
Según Víctor Daniel Palacios Vásquez, estudiante de Ingeniería Ambiental, el sistema de tratamiento está rebasado por la expansión urbana, y las lagunas de oxidación ya no tienen capacidad técnica para procesar el caudal de desechos que recibe.
“Ya no tenemos para cosechar. Las pozas que teníamos listas están contaminadas. Y eso no es solo perder totora, es perder trabajo, cultura, turismo”, lamenta Luis Arroyo Bordío.
“La planta fue construida para un Huanchaco de hace muchos años. Hoy el crecimiento urbano ha superado su capacidad. Al no haber renovación ni ampliación del sistema, se produce el colapso. Y eso termina en el mar… y en los totorales”, explica.
Sedalib, la empresa encargada de administrar el servicio de agua y alcantarillado en Trujillo, nunca adoptó acciones para evitar este problema que fue creciendo como una bola de nieve.
Los pescadores han visto cómo el agua se filtra desde las pozas de oxidación ubicadas “más arriba” del humedal, se cuela lentamente y termina envenenando las cosechas de totora.
“Ya no se puede ni entrar. Cuando uno ingresa a esas pozas que ya están con aguas contaminadas, salimos con granos, daña la piel. Sentimos cólera porque uno las cuida, protege los totorales, para que una empresa irresponsable venga y los dañe”, reclama Josmer Salo Cañán, con impotencia.
Caballitos de totora: daño total
El impacto no es solo ambiental, también ha alcanzado la esfera cultural y económica.
Este año, por primera vez en décadas, no se pudo confeccionar el tradicional patacho, una gran balsa de totora de doce metros, para las celebraciones de San Pedrito, patrón de los pescadores, cada 29 de junio.
Tampoco pudieron vender totora a Santiago de Cao y a Chiclayo, como segunda fuente de ingresos.

Y mientras los totorales se mueren lentamente, el turismo también sufre. Para Timoteo Maza, presidente de la Asociación de Hoteles y Restaurantes de La Libertad, el desborde ha espantado a los visitantes.
“El turista se entera y ya no viene. Y si no hay caballitos de totora, no hay turismo. ¿A qué vienen entonces?”, declaró en una entrevista con Exitosa.
Las pozas son gestionadas de forma directa por los pescadores. Lo más alarmante es que no hay un plan de limpieza urgente ni una respuesta concreta de Sedalib, según los afectados.
El rostro humano del problema
Luis Arroyo: “En esos humedales no solo trabajo yo. Trabajaba mi sobrino, mi hijo, mi vecino…”
Don Luis Arroyo Bordío es un pescador huanchaquero de 65 años que aprendió desde los 14 a vivir del mar.
Le enseñó su padre, también hombre de mar, como lo fue su abuelo. “Es una tradición de familia”, dice.
Aunque hoy ya no se adentra en las olas, arma redes y aparejos con los recuerdos intactos de cuando surcaba el Pacífico.

“La pesca de caballitos es muy bonita, porque vives una experiencia que no te imaginas… Es una experiencia muy bonita y también sacrificada y peligrosa”, advierte.
Esa costumbre, sin embargo, se marchita por la contaminación. Don Luis recuerda cómo antes cuidaban los totorales “como una herramienta” de trabajo.
“Era normal nosotros entrar a cortar la totora”, cuenta. Pero ahora, “a la altura de los totorales, han hecho unas pozas de Sedalib y esa agua se ha filtrado y ha contaminado todos los sitios”.
La consecuencia ha sido directa: ya no hay totora suficiente. “Yo, por ejemplo, tenía mi reserva como 20 caballitos, 30 caballitos para el año. Ahora ya no. Con las justas tendré para un mes, dos meses”, afirma.
La escasez ha afectado el ingreso familiar y el sustento de varias personas: “No solamente en esos humedales trabajo yo. Trabaja, por decirles, mi sobrino, mi hijo, mi vecino. Yo les doy trabajo”.
“La pesca de caballitos es muy bonita, porque vives una experiencia que no te imaginas… Es una experiencia muy bonita y también sacrificada y peligrosa”.
También se ha detenido la venta de totora a otras ciudades. “La totora la vendemos a Santiago de Cao, le vendemos a Chiclayo… y todo esto hemos dejado de ganar”, lamenta. “Es una pérdida cuantiosa, como se dice”.
Don Luis insiste en que la totora no es cualquier planta. Posee un valor simbólico profundo: “Tiene mucho significado porque esto viene (antes) del tiempo de los Incas. Como de más de 3000 años. Y esa costumbre la seguimos llevando. Esa cultura, una cultura viva. La única, me imagino que aquí en Huanchaco.”
Caso Josmer Salo: “Sin la totora no hay caballito. Huanchaco está muerto”
Josmer Salo Cañan tiene 74 años y es un maestro del mar. Aprendió a pescar desde los ocho años, mirando a su padre y a su abuelo.
De adolescente fue en busca de mejores oportunidades al Callao, donde trabajó en la pesca industrial; pero regresó a su origen: Huanchaco y sus caballitos de totora.
La contaminación ha interrumpido su rutina, pero también la de muchos. “Nosotros somos el sostén de la familia en cuestión con la totora. Si no hay totora, no salimos a pescar”.
Su voz se quiebra cuando habla del daño que ha visto con sus propios ojos. “Esas aguas servidas que ellos botan por allá, penetran los canos totorales. Se filtra… Se ha rebalsado”. La afectación llega incluso a la salud: “Cuando uno ingresa a esas pozas que ya están con aguas contaminadas, también salimos con granos”.

El panorama es desalentador, pero su vínculo con la cultura pesquera sigue intacto. “El caballito de Totora es una herencia que nos dejaron nuestros ancestros, y hemos seguido, no se ha perdido”.
Sin embargo, también es consciente que el tiempo apremia: “Ahorita ya son pocos los que quedamos. Ya los hijos que ya agarraron la profesión… dejan esto”. Y termina sentenciado: “Sin la totora no hay caballito. Huanchaco está muerto”.
El plano legal: ¿y las autoridades?
Ante las consecuencias que conlleva la pérdida de los totorales, pescadores y artesanos no se han quedado callados. Pero esas voces, en su mayoría, no han sido del todo escuchadas.
Don Osmer Salo Cañan, pescador desde los ocho años, fue directo: “Ellos mismos han ido a ver. Ellos tienen conocimiento de eso. Y no han hecho nada al respecto”.
«Ellos» son Sedalib, la empresa responsable de las pozas de oxidación que han colapsado en varias ocasiones.

Asimismo, los reclamos no han sido solo verbales, se han realizado reuniones en la plaza de armas e, incluso, se ha presentado una denuncia penal contra Sedalib.
No obstante, pese a las pruebas y al daño evidente, los pescadores siguen esperando una reparación real. “Todo se queda en palabras”, lamenta don Josmer.
Don Luis Arroyo Bordío, por su parte, confirma lo mismo: la falta de acción. Él asegura que tuvieron que recurrir al gobernador regional para obtener apenas un certificado de posesión de sus terrenos.
Ahora ese documento es su única arma legal para enfrentar a Sedalib y exigir una compensación por las pérdidas.
“Hasta por periódico y televisión lo hemos pasado ya”, recuerda con indignación. Pero las promesas siguen sin convertirse en soluciones.

La pesca ancestral en caballito de totora es Patrimonio Cultural de la Nación gracias a la Resolución Directoral Nacional N° 648 – INC.
La ley 30837 proclamó a la pesca en caballito de totora de interés nacional. La norma incluyó a la recuperación, conservación y protección de esta actividad y de los balsares de Huanchaco, los mismos que ahora mueren en la inmundicia.
Entre la omisión de Sedalib, la ausencia de municipalidad distrital y el poco apoyo de las autoridades regionales, la población pesquera de Huanchaco se siente abandonada.
El artesano, don Julio Larro Saldaña, lo resume así: “Aquí la autoridad quiere desaparecer al artesano, quiere desaparecer la totora. Si uno no reclama, no grita, nadie te hace caso. Imagine, eso es el malestar y sentir del pueblo huanchaquero”.
Mientras tanto, el mar continúa esperando, la totora sigue contaminándose y los caballitos corren el riesgo de convertirse en una figura más del pasado, no por olvido, sino por negligencia.
Propuestas de esperanza: ¿qué se puede hacer?
Los pescadores no solo reclaman por sus pérdidas, también plantean propuestas de solución.
Don Luis Arroyo pide que las aguas residuales sean derivadas a otra zona y exige leyes para que cualquier empresa o personas que quiera contaminar sea sancionada drásticamente.
Mientras que don Josmer Salo agrega: “Sedalib tiene que hacer pozos más hondos, porque una vez que se rebalsan, el agua contamina todo”.
Asimismo, el estudiante de ingeniería ambiental de Trujillo, Daniel Palacios Vásquez, sugiere ampliar la planta de tratamiento o rediseñar el sistema para evitar nuevos desbordes, pues el problema está ligado al crecimiento urbano sin planificación.
Don Luis Arroyo pide que las aguas residuales sean derivadas a otra zona y exige leyes para que cualquier empresa o personas que quiera contaminar sea sancionada drásticamente.
En los primeros días de junio, el Gobierno Regional de La Libertad informó que el proyecto Chavimochic donará un terreno de 100 héctáreas para la construcción de nuevas pozas de oxidación en el sector el Tablazo de Huanchaco para aliviar la carga de las actuales.
Esta es apenas una acción de emergencia. La solución definitiva bordea los 1400 millones de soles. Y es la siguiente:
El Ministerio de Vivienda y ProInversión impulsan una solución clave: una Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) con tecnología avanzada, bajo el esquema de Iniciativa Privada Cofinanciada (IPC). Una empresa ya ha mostrado interés en invertir en el proyecto, que permitiría reutilizar el agua tratada para actividades productivas, siguiendo modelos exitosos en el país.
Para avanzar, la iniciativa debe ser declarada de interés prioritario, lo que garantizaría su financiamiento —estimado en S/1400 millones— y agilizaría la elaboración del perfil y expediente técnico. Bajo la nueva normativa, este proceso no superaría los 12 meses.
Si se cumple el cronograma, las obras comenzarían en 2027 y finalizarían en 2030. El megaproyecto incluiría tres plantas: dos en Trujillo (Covicorti y Salaverry) y una en Chepén, para asegurar un manejo sostenible de las aguas residuales en la región.
No obstante, a pesar del panorama desalentador, aún hay fe. “Todavía están saliendo, muchachos… aunque es poco, pero están saliendo a seguir cuidando esta cultura”, expresa don Luis Arroyo Bordío.
Se está enseñando a los más jóvenes a construir caballitos, pero persiste el temor evidente de que, si no se actúa pronto, esta herencia desaparezca. Se necesitan medidas urgentes para que no quede solo como un recuerdo.

Si se van los caballitos, no solo se pierde una forma de pescar, se pierde un pedazo de historia.
En Huanchaco, el futuro de una tradición milenaria cuelga de una fibra de totora. Mientras tanto, el panorama se ve así: el agua contaminada avanza y los pescadores siguen resistiendo por sus familias y por mantener viva la identidad de un pueblo entero.
Este reportaje es una colaboración de Israel Gil Varas y Jhoe Cabanillas Romero.


